Anteriormente en El Día en que Conocí Twitter…

El protagonista se metió en un buen lío en el que los principales implicados son el Director de Cine y El Actor Perfecto. La Hija del Director está desmadrada y en mil marrones que su padre tiene que ir limpiando por ahí. Xoxanna está recibiendo clases de interpretación porque va a ser protagonista de la película El Día en que Conocí Twitter.

Si todo esto te parece Spoiler, es porque no estás al día.

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Créditos de apertura de El día en que Conocí Twitter…

#ElDiaEnQueConociTwitter

 

1×07

Esa sí que ha sido buena.

 

Estoy algo preocupado. Bueno, “algo” no sería el término adecuado.

Da igual, no sé cómo transmitir correctamente el grado de mi alarma, así que no perderé el tiempo divagando.

Xoxanna lleva varios días comportándose de forma extraña. Yo también. El mundo entero.

Me cuesta escribir; eso es algo obvio. Soy consciente de mi propia sequía.

Desde aquel día en que salimos a beber los cuatro todo ha cambiado. Es como si hubieran pasado años, y fue… ¿Hace cuánto? ¿Dos o tres semanas? El punto de inflexión no fue el asalto a la casa de los frikis del porno. Que aquellos pobres diablos fueran torturados delante de mis ojos para que eliminaran por completo el rastro del vídeo de la Hija del Director chupándosela a dos negros con máscara me impactó, pero mi pesar es por Xoxanna, por cómo ha cambiado desde que acude a esas clases de interpretación. Cuando llega a casa no es capaz ni de quitarse los zapatos. Se tira en la cama y se queda dormida. Los horarios varían de un día para otro.

Por la mañana, por la tarde, por la noche… La semana pasada no tuvo clase el jueves; se lo pasó entero bajo unas sábanas en las que no había espacio para mí, y el domingo tuvo que ir a la academia a toda prisa después de comer. Le informan de los cambios por teléfono. El móvil suena, ella se asusta –ahora siempre se asusta cuando suena el teléfono–, luego pone esa cara, se queda mirándolo dos segundos y atiende la llamada. Tan sólo dice: “¿Sí?“, y luego permanece callada para después añadir: “de acuerdo”. Eso es todo. Yo pregunto qué pasa y ella se va por las ramas. Siempre está cansada y ausente, con la actitud de quien recibe medicación por alguna patología mental severa. Pero soy yo el que se está volviendo paranoico.

¿Qué tal las clases?“, le pregunté el otro día. “Bien“, me dijo ella con la cara aplastada por la almohada. “¿Crees que te podrán dar un papel en la película?”, añadí. “Tenemos que comprar servilletas de papel, nunca hay suficientes servilletas de papel”, contestó ella, y se quedó dormida. No cenó. No se levantó de la cama; la tuve que desnudar yo mismo a las dos de la mañana cuando volví del bar de estar con Marcus y Alegoría bebiendo y desfogándome un poco. Ellos me animan, me alivian y me dicen que no me preocupe, mostrándome la cara amable y divertida de las cosas. Funciona mientras disfruto de su compañía y el efecto analgésico de la cerveza nubla mi mente. Pero en cuanto llego a casa… vuelven los fantasmas.

Anoche soñé que estaba en una casa en el centro de Madrid y todo era como debiera de ser si me hubiera metido en esto que estoy ahora. Quiero decir… era una fiesta tranquila, había más guionistas, actores y productores; se hablaba de cine, se cerraban tratos y la gente reía con una copa de champán en la mano disfrutando de la brisa fresca en una gran terraza y todo eso. La casa estaba en Madrid. Regreso sobre este dato intencionadamente porque en un determinado momento se escuchaban gaviotas. Su graznido, en el sueño, cada vez se hacía más intenso y cuanto más intenso se hacía más cruda era la sensación de que un desastre inmenso se acercaba; al final me desperté sudado y ahogado, con el eco de esas ratas de mar disolviéndose en las paredes de mi habitación.

Las gaviotas sólo vuelan tierra adentro cuando se avecina una fuerte marejada. Creo que eso es lo que está pasando en mi vida: se avecina algo tan fuerte que es capaz de hacer emigrar a las gaviotas cientos de kilómetros hacia el interior. Es como una especie de sueño premonitorio o una mierda mística de esas. Paso demasiado tiempo solo viendo la tele y fumando porros y no escribo nada. Salgo con Marcus y Alegoría para beber y Xoxanna acude a sus clases de interpretación para venir como si llevase dos años bajo los efectos del litio.

Estoy empezando a pensar que no existe la película, que no existe nada y que todo es una distracción para ocultar la verdad: que la mafia de la trata de blancas tiene pillada a Xoxanna por la garganta. Si lo pienso bien, conocí al Director de Cine por Twitter, por un puto mensaje. No tengo ni idea de cómo funcionan las redes sociales y por mucho que Almudena me explique esto y lo otro para mí sólo son cuentos que yo no veo. Es muy extraño que de la noche a la mañana y por un sólo mensaje pase de ser un completo desconocido a formar parte crucial de la próxima película de un aclamado director de cine.

Ahora estoy solo en casa. Me he fumado tres porros y me he bebido seis cervezas. Son las tres de la tarde, no he comido. Xoxanna se ha marchado de casa a las nueve de la mañana; esas clases cada vez empiezan más temprano. Estoy esperándola para comer.

Se escucha la puerta. Mi cuello, como el de un perro, responde al sonido de sus llaves. Entra. Meneo la cola. No recuerdo haberla visto salir de casa con esa ropa… es como… un uniforme de trabajo. Blusa azul claro, pantalones y chaqueta oscuros. Entra en el salón, me mira, hace un gesto como si apartara humo o telarañas que se le enredan en la cara y se lleva el dedo índice a la nariz. Corre hacia la terraza y abre las ventanas sin hacerme caso, pero después saca un instante para darme un beso en la nuca cuando pasa a mi lado, camino del baño.

Viene con algo más de energía. Lanza la chaqueta al sofá. Antes de entrar al baño se desabrocha la blusa y la deja sobre una mesita baja que hay al inicio del pasillo.

–No te he visto salir con esa ropa hoy… ¿Qué es, de atrezzo? ¿Has tenido que hacer de conductora de autobús en las clases de interpretación, o qué? –intento poner un poco de humor en nuestra vida.

–Eres muy gracioso, cariño, muy gracioso. ¿Has hecho algo de comer o te has pasado toda la puta mañana delante del ordenador fumando porros y viendo porno?

–He intentado escribir algo pero no me ha salido nada.

Se vuelve a reír y, con tono cansado y burlón, me dice desde el otro lado de la puerta:

–Esa sí que ha sido buena. Espero que lo que hayas intentado escribir sea tu currículum, no podemos seguir adelante con un sueldo de mierda. Venga, déjate de hostias y haz algo útil hoy. Fríe el lomo que hay en la nevera con unos huevos, ¿has comprado pan?

Sus palabras me hieren, su tono me ofende; me desconcierto tanto que me mareo. ¿Qué está diciendo? No sé qué contestar. Rompe mi silencio para volverme a herir.

–Supongo que eso significa que no. Joder, hoy he tenido un día de mierda en el curro y no voy a poder untar ni unos putos huevos fritos.

No entiendo lo que está pasando. Me flaquean las piernas, me apoyo sobre la mesita y la mano me resbala porque la he posado sobre la blusa; pierdo el equilibrio e intento agarrarme a algo pero sólo tengo al alcance la puta blusa. Me desplomo sobre el suelo y me doy un fuerte golpe en la cabeza. La blusa huele a grasa que ha frito mil mierdas. En el bolsillo tiene algo del tamaño de una tarjeta. Meto la mano en él, luchando contra el intenso dolor y encuentro una identificación en la que se puede leer:

 

Maria Gléz. Pardo.

Caja.

Mc Donalds.

 

De nuevo el graznido de las gaviotas… cada vez más intenso, más dentro de mi cabeza.

Me despierto gritando y empapado en sudor. La luz de la mañana entra por la ventana. Xoxanna no está en la cama. Son las diez y media; es sábado. Hay una nota sobre la almohada.

 

Sé que hoy era el día que nos íbamos a tomar para estar juntos pero me acaban de llamar de la academia y tengo que acudir. Lo siento.

Xoxanna

 

Continuará…

 

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