Mi nombre es ****** ********. Nací el 19 de Septiembre de 1972, hoy es lunes 9 de diciembre de 2013 y he almorzado lenguado meuniere a las 13:32 en el bar de enfrente de la gasolinera en la que trabajo diez horas al día, de lunes a sábado, desde hace seis años. Estaba jugoso. El color de la hierba es el verde y el del mar, el azul. Perro: Mamífero doméstico de la familia de los Cánidos, de tamaño, forma y pelaje muy diversos, según las razas. Tiene olfato muy fino y es inteligente y muy leal al hombre. Dícese también de una persona despreciable. Hoy, como todos los días a la misma hora, le he vuelto a ver.”

Cada día, desde aquel 22 de Marzo de 2010 que le vio por vez primera, él escribe una página como esta en su diario personal. Es una rutina recomendada como quizá sólo los expertos en el ámbito de la psicología pueden recomendar. Él ha necesitado la ayuda de muchos de esos expertos desde entonces, y ninguno de ellos le ha dicho jamás algo diferente de lo que podía haberle comentado un vendedor de aspiradoras o un amigo. Hace mucho que no ve a sus amistades. Está demasiado concentrado en la tarea de curarse. Es… como una investigación que le acompaña a todos los sitios. El asunto del diario le permite gozar de una causa por la que seguir adelante en este asunto de locos, y hasta ahora, se ha presentado como la herramienta más eficaz para detectar los fallos que se producen en su cerebro. Una vez por semana entrega el informe completo al experto y éste lo esconde en un archivador azul tras echarle una ojeada en diagonal. Nunca dice una palabra al respecto. Pero a él le importa un carajo la opinión del titulado de turno, porque hoy le ha vuelto a ver. Y eso le atormenta. Siempre ocurre lo mismo, a la misma hora, todos los días, desde el 22 de marzo de 2010.

Aquel día todo había transcurrido con una normalidad digna de elogio. Apenas quedaba una hora para que terminase la jornada e incluso a la tienda se le notaba el cansancio y el frío adheridos a las paredes. Él salió para atender el surtidor número tres con ese caminar cuya inercia sólo puede dar la repetición a lo largo de los días. Encajó la manguera en la boca del depósito del vehículo, presionó el gatillo hasta que se quedó bloqueado y programó la máquina para que se detuviese en el importe que la señora le había indicado. Él se dio la vuelta y, apoyado levemente en el maletero, metió las manos en los bolsillos y miró, con el mismo estilo que sus andares, hacia la tienda. La señora permanecía en el interior del vehículo buscando algo —quizá su cartera— entre las profundidades de un bolso que se desparramaba en el asiento del copiloto. Ahí fue la primera vez que le vio.

Si se podría realizar una descripción objetiva de sucesos como estos, mejor tal vez, una reconstrucción meramente descriptiva y analítica de lo que expertos en el campo de la parapsicología suelen llamar apariciones, estos serían los rasgos fundamentales de ésta en cuestión:

  • Arquetipo de aparición: Rápida y sin amenaza. Poca interacción con el entorno. Siempre de espaldas y en actitud de irse, con clara intención de alejamiento, pero sin prisa o gravedad alguna.
  • Atuendo/Aspecto físico: Hombre. Alto y delgado. Chaquetilla de cuero negro y capucha gris, pantalones oscuros y calzado indeterminado. Manos en los bolsillos laterales de la chaquetilla. En esa permanente postura que parecen adoptar los que tienen frío cuando salen de un lugar templado para ir a otro sitio que se encuentra a pocos metros.
  • Regularidad: A diario. Entre las 21:00 y las 21:15. Pronto hará cuatro años en activo.
  • Lugar: Las inmediaciones de la gasolinera de la carretera ****, salida ***, KM ****, localidad de *****

Aquel primer día, cuando la manguera ya habría vertido unos diez litros en el depósito, él lo vio entrar en la tienda. Vio cómo ignoraba cualquier producto de los estantes y se metía en los servicios. Exploró los claroscuros en busca de otros vehículos, pero no halló siquiera una moto de baja cilindrada. No era común por allí el merodeo de toxicómanos en busca de un agujero donde paliar el mono, pero él mantuvo alerta sus sentidos y, tras darle la llave del coche a la señora e indicarle que la esperaba en el mostrador, se dirigió a la tienda con decisión. No quitó ojo de la puerta de entrada de los servicios y de una manera tan evidente que bien pudiera haber sido aprovechada por más de un apasionado de lo gratuito. Haciendo elogio de su poca paciencia, se acercó a la puerta de entrada de los servicios pensado que podía escuchar algo, tal vez, desde una posición segura. Lentamente se acercaba y nada, ni el gotear de un grifo viejo se oía. Algún tipo de valentía, adquirida quizás por su pasión por las películas malas de acción, lo indujo a empujar la puerta de los servicios y entrar a manos desnudas al punto caliente. Nada encontró, salvo un leve y frío alarido de bienvenida provocado por el viento de invierno colándose por una polvorienta rejilla.

—¿Muchacho? ¿Hola? —se oyó desde el otro lado de la puerta— ¡Ya encontré mi cartera! Hijo… soy un desastre para estas cosas… —el tono de voz de la señora era tan dulce y nítido que casi se la podía sentir, tímida, intentando asomarse unos centímetros por encima del mostrador.

Él, profundamente contrariado, acudió a su puesto con el ceño fruncido y dejando caer su mirada lentamente hacia el suelo.

—Lo siento, señora. Es que… hace un par de minutos ha entrado un tipo a los servicios y…

Levantó la mirada y por vez primera se fijó en el rostro de la señora. No cuadraba en absoluto con su tono de abuela entrañable. Quizá quedara un leve resquicio en la comisura de sus labios pero se borró de una forma absolutamente perceptible cuando dijo:

—Ahí dentro no hay nadie, cariño.

Como cada día, abre una nueva entrada en su diario personal, se lo mete en el bolsillo y espera. La que hemos leído antes es de ayer. Hoy es martes 10 de diciembre de 2013 y son las 20:50. Él, sudadas sus manos, estruja su diario en el interior del bolsillo de canguro de su jersey, sabiendo que de un momento a otro va a aparecer de nuevo, que simplemente surgirá en ese momento en el que inconscientemente su atención, extenuada, baje la guardia y se relaje tan sólo una fracción de segundo. Justo en ese momento, en ningún otro, lo verá de nuevo irse, con ese gesto, con ese caminar que también parece tener una inercia adquirida a través de los días. Él, ahora mismo, retuerce el diario mientras repasa con excesivo detenimiento la imagen mental del rostro de la señora y la forma en que le dijo, “ahí dentro no hay nadie, cariño”, como si de alguna manera intentara prevenirle de un esfuerzo inhumano que acabaría por volverle loco. Manosea y soba obsesivamente el cuadernillo adquirido en esa misma tienda, con la completa seguridad de que hoy, mañana, pasado y al otro deberá escribir una entrada semejante en él y que tal vez, pronto, llegue el anhelado día en el que no sea capaz de hacerlo.

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