Imagínate algún lugar de la parte sur de California. Vale.

Tengo unas terribles ganas de mear. Estoy en la terraza de un garito de mala muerte, llevo cinco pintas y setenta y seis páginas de una novela de Bukowski que en su día leí traducida, pero encajo mejor los puñetazos directos al hígado que destila en cada frase si los recibo en su idioma materno; además, es una extraña edición. La zona es tétrica y decadente, la gente auténtica y los bares, aún más. Tengo una cama, cuatro paredes y un techo a dos pasos de aquí.

Siento una gran bolsa de pis que me llega hasta el ombligo y me presiona el duodeno desde hace treinta y dos páginas. Por fin llego a un punto y aparte. Me levanto con toda la dignidad que me queda y entro tambaleándome en el bar con las manos por delante, como si anduviese a oscuras por un pasillo lleno de telarañas o con el mismo estilo del que es sorprendido por un huracán cuando baja a sacar la basura con su peor chandal.

La mayor parte de las revelaciones las tengo en el baño. Con la polla en la mano o apretando para cagar o enjabonándome la cabeza y cosas así. En los servicios de hombres huele a mar y meados y siempre hay un charco de orín en los de pared que está a punto de rebosar pero que nunca lo hace; yo apunto al de la izquierda. Estoy solo, hasta que entra un mastín enorme cuyo rostro me dice unas cuantas cosas cuando cruzamos miradas. Le guiño un ojo. Husmea en el urinario de la derecha y parece que bebe algo, pero se detiene al de poco. Parece que prefiere el lavabo y sus ojos me piden educadamente que, cuando termine, le ayude a beber. Dos sacudidas, cremallera, giro sobre mis talones y acciono el grifo. Primero él sacia su sed y después yo me lavo las manos. Compruebo que el perro es real cuando le acaricio la cabeza. “Claro que sí, claro que sí. Algún día acabará esta historia”, le digo. Es enorme y se muestra agradecido.

Me sigue. Volvemos a la terraza los dos juntos, como si hubiese ligado. Tengo tres cuencos llenos de tortas de maíz inflado que no he probado porque llevo dos días con el estómago escocido; sí, lo siento como si éste llevase un jersey de lana de esos que pican mucho y que en invierno permiten que se cuele el frío por los agujeros. Coloco los cuencos en el suelo, a su alcance. Los devora. Pido otra pinta para mí, más tortas de maíz y agua para el perro. Pienso en que tengo que ponerle nombre.

Cuando Cindi con corazón en la “i” latina viene con la comanda le pregunto por el perro, por si ella también lo ve; ya que aún no estoy muy seguro de que esté ahí de verdad, a mi lado. Ella lo acaricia y le dice cosas que se dicen a los perros mientras su escote se balancea radiante, cercano a mis rodillas. Mientras, Hank, es así como decido llamarlo, entrecierra los ojos en señal de placer.

–¿Recuerdas cuando vivíamos a tope y en lo único que pensábamos era en ser famosos? –le pregunto a Hank cuando Cindi con corazón en la “i” latina y su radiante escote ya han vuelto dentro.

–Claro que sí, fue una época memorable, y a la vez muy jodida –contesta él con una voz preciosa–. Pero ella no volverá, y lo sabes.

–Los escenarios, las fans, los aplausos, las fiestas sin fin… Esa sensación de que todo era posible y de que cualquier idea podía ser… –El ruido de sus mandíbulas masticando ansiosamente me devuelve al presente–. Ya no se quién soy, Hank.

–Eres alguien que ha sobrevivido a todo eso –sentencia, y un movimiento de sus orejas advierte, por puro instinto de alerta, quizá una ardilla lejana.

–¿Y de qué me sirve? –pregunto con desesperación. Bebo

–Bueno, acabas de entablar una conversación con un desconocido al que acabas de invitar a cenar y que puede que sea el único que te soporte –me suelta con la parsimonia de un anciano sabio.

Le miro, sorprendido por su brutal sinceridad. Él se limita a bostezar como sólo lo saben hacer los perros de gran tamaño. Tras bostezar yo también, ya que soy de contagio fácil, entorno los ojos hacia la carretera recocida por el sol, y añado.

–Mmm… Puede que este sea el comienzo de una gran amistad.

–Vaya, no sé, la verdad es que me esperaba algo más original viniendo de ti, ¿en serio que eso es lo único que se te ha ocurrido? –emite un bufido. Yo le acaricio detrás de las orejas y él levanta el hocico.

–No te hagas el exquisito, Hank, que te he visto sorber los meados de cien mendigos.

Reímos, y el atardecer parece tener un plan secreto sobre las palmeras y los tejados de las casas.

Texto escrito para el blog De Krakens y Sirenas

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