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Diario de un ladrón de oxígeno. Reseña.

Acabo de terminar el famoso “Diario de un ladrón de oxígeno”, del prolífico autor de la literatura contemporánea que lleva por nombre el comercial apodo de Anónimo. Igual es que con la edad a uno le salen callos en los ojos, pero siento decir que la máxima publicitaria que rezaba escrita en la faja que cubría el libro no se ha cumplido: no me ha roto el corazón; tampoco me ha escandalizado.

He de confesar que las tácticas de marketing funcionaron, ya que me lo compré, hace tan sólo día y medio. Me lo he leído en menos de cuarenta y ocho horas, sí. Dejé de lado otras lecturas que tenía pendientes, también. Y ya dispuestos a confesar, acabo de comprarme en Amazon su nueva novela en inglés, “Chameleon in a Candy Store”, vale. A su vez, diré que lo he leído con la misma absorción que cuando en su tiempo me topé con la obra de Salinger o con las dos primeras novelas de Easton Ellis, pero la carne del autor no se ha materializado ante mí mientras pasaba las páginas, aunque sí ciertos olores y muchas formas. Read More

Me siento raro, pero no es por nada de esto.

Hola, ¿qué tal? Yo aquí de nuevo, con mis cosas.

Hoy es domingo, 19 de febrero, son las 17:55 y me siento raro.

Ni bien ni mal, sino raro.

No es porque te llame y no me cojas el teléfono, o porque sea domingo y no sople sobre mi frente ni una brizna de resaca.

No creo que sea porque he regresado a los estudios tras varios años. Por mucho que me haya descubierto tiernamente ridículo sentado a la mesa de mi salón, subrayador fosforito en mano y con la mente distraída saltando del Real Decreto Ley 13/2010 a tus tuits, de los diferentes niveles de intervención socio laboral a tu nuevo corte de pelo en Instagram, o de la última vez que nos saludamos a mordiscos sobre el sofá a me voy a hacer otro café a ver si me concentro de una puta vez ya; lo siento, pero no creo que sea por nada de eso.
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Salvo en el sexo, siempre me ha gustado todo lo que no encaja.

El día de hoy se parece a esas latas de refresco de marca blanca que, por estar fuera del pack separadas de sus gemelas, te las encuentras en esa estantería de “lo raro” a un precio especial. Un consumidor normal pensaría que si no se vende junto a las demás será por algo que, generalmente, no le conviene. El caso es que a mí, salvo en el sexo, siempre me ha gustado todo lo que no encaja. Incluso te confesaré una cosa: soy mucho más capaz de distinguir la belleza o el atractivo de algo que no encaja que de cualquier cosa que se me presente en cadena junto a un número limitado de copias idénticas.

Martes como los de hoy, de usar y tirar, me apetecen especialmente.
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Sólo tengo dos cervezas.

Sólo tengo dos cervezas. Me he sentado frente al ordenador. Son las 18:49 de un domingo de febrero.

Llueve y hace viento y ya casi es noche cerrada. Desde el salón abovedado donde escribo y bebo y de vez en cuando me lío un cigarrillo, las luces de la ciudad son como certeros golpes de vida.

Sólo tengo dos cervezas, así que antes de que tenga que bajar al chino de la esquina para comprar más, espero a que me salga algo lo suficientemente decente como para publicarlo en el blog.

El otro día escuché a un escritor super ventas decir que nunca se debe empezar un texto hablando del día que es y el tiempo que hace. “Eso son lugares comunes, conversaciones de ascensor”, decía el escritor con su tono de super ventas. Yo tampoco quiero hablar aquí de lugares comunes ni caer en conversaciones de ascensor, así que dejaré de hablar de escritores super ventas. Read More

Escribir es un acto de locura.

Escribir es un acto de locura.

No es egocentrismo. Poco tiene que ver con la entrega o con la sobre exposición de tus intimidades ante los demás. Quien afirme que se trata de una suerte de terapia en la que el firmante  intenta sanar sus heridas transformándolas en ficción, está muy equivocado. Y por favor, nada más alejado de la voluntad de confesar al lector sus pecados convirtiendo la lectura en una forma de redención.

En la escritura, tal y como yo la entiendo, no intervienen más factores que la mente lisiada del escritor y una pantalla de ordenador. Es la obligación de luchar con tus propios monstruos encerrándote en una habitación (tu mente) que juega a ocultarte la salida. El morbo de ver quién sale vivo de allí. La ansiedad de no saber si serás el mismo tras la contienda. La locura, sí, la de escribir, pero también la de dudar en todo momento si conseguiste salir a hombros y por la puerta grande o, si por el contrario, aún sigues atrapado.

Escribir es un acto de locura porque grapa los dos folios que componen tu mente, consciente y subconsciente, y los entrega formando parte del mismo informe. No es un acto voluntario, controlable, como conducir o cocinar. Read More

Esos nuevos poetas

Últimamente me he topado con varios artículos que versaban sobre el boom literario de los denominados “poetas de internet”. Unos nuevos poetas que, según lo que leí, son jóvenes y guapos y modernos y sobre todo poco poetas o menos poetas que los de antes, y que por mucho que hayan irrumpido con fuerza en el mercado literario, son “fuegos de paja o papel”. Todos los artículos se desnudaban muy pronto, sin dejar nada a la imaginación, todos tenían mucha prisa por dejar clara la conclusión final.

Cada vez que me acerco a alguien que habla de los denominados “poetas de internet” detecto una doble intencionalidad: por un lado, cierto afán de poner vallas al campo literario y, por otro, una necesidad intrínseca de definirse lejos o diferenciarse del objeto a tratar por una detallada lista de méritos propios. El emisor, a medida que desarrolla su argumentación, rellena el aire que queda entre sus frases con un cemento que viene a decir algo como:“eh, tío, que yo hablo de esto pero no soy como ellos, ¿vale? Estoy a años luz de esos niñatos que se creen que lo tienen todo hecho. Yo no tenía tuiter cuando publiqué por primera vez y tardé seis años en sacar un poemario”. Read More

Violencia psicológica

Puede que lo mío con la literatura se haya acabado para siempre. Me refiero a la parte del proceso creativo, no a las maravillosas tardes lluviosas de sofá y manta o a las cálidas mañanas de café y terraza. Sinceramente, pienso que escribir es la posibilidad de encontrarte con aquello que perdiste en la otra parte. ¿Sabes cuánto tiempo hace que no escribo algo de verdad? A lo mejor es que ya he encontrado todo, o puede que jamás perdiese nada, no lo sé. Lo que estás leyendo aquí es una mera ilusión. Sí, el escritor de vez en cuando se ve obligado a actuar como un mago, sobre todo para poder sobrellevar momentos como el que estoy pasando yo ahora.

Después de tres novelas publicadas, una cuarta que saldrá a la luz algún día, casi cuarenta relatos cortos, una web serie literaria de doce capítulos, participar en varías antologías y más de ciento veinte bolos a mis espaldas, parece que estoy por vez primera en dique seco. Ni si quiera encuentro inspiración para escribir algo decente en mi blog y me agobia la fecha límite de los textos que me comprometo a entregar para otras plataformas. Así que mejor ni hablamos de lo que supone para mi estabilidad psicológica organizar una modesta presentación de mi último libro.
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The Invitation

Ayer fue uno de esos domingos tontos y deliciosos en los que decidí entregarme al puro placer de viajar desde el sofá, primero a través de la literatura y después, subiéndome al tren del cine. De todo lo que mi espongiforme cerebro absorbió, os quiero hablar especialmente de una cinta: “The Invitation” (Karyn Kusama. 2015).

Me gusta acercarme al cine independiente americano, me llama la atención todo lo que huele a Sundance porque por ahí pasan muchas voces y miradas que ven y cuentan lo que está ahí como ningún otro. Como espectador / lector / individuo me atrae la decadente y entrópica situación que atraviesa el ser humano en estos tiempos. Por desgracia tenemos que enfrentarnos a los mismos marrones que nuestros ancestros: la soledad, el duelo, el amor… Jamás hemos estado tan armados para la batalla y a la vez, tan indefensos.

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Voy a quedarme en casa este martes 13 a escribir y beber cerveza.

Voy a quedarme en casa este martes a escribir y beber cerveza. Me abriré una lata bien fría y ni siquiera pensaré en que además es trece, qué más da. Quizá escriba ese artículo que tengo garabateado en un par de hojas sueltas que ya no encuentro, o aquel relato que se me ocurrió el sábado al ver a unos niños jugar a tirarse algas mientras los mayores hacían cosas de mayores a su alrededor y yo me tomaba una cerveza. Recuerdo que, mientras grababa un audio a modo de recordatorio para la posterior escritura del relato, sentí una extraña punzada al enfrentarme a una pregunta que ya no me asusta.

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