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Alfred García y los invisibles

Estos días me he topado por las redes sociales con el enésimo caso de contribución a la deforestación con alevosía impulsado por la editorial Alfaguara. Se trata del libro de Alfred García, “Otra Luz”, ciento sesenta páginas a diecisiete euros en papel y ocho en ebook. Fotos y frases sueltas. Cosas que antes se ponían en el corcho/pizarra de tu cuarto por detrás de una Polaroid que reflejaba tu último verano en Benalmádena, aquel en el que conociste a Verónica o a Quique, tu primera vez en todo. 

El ingenio de muchos tuiteros “troleando” las propias páginas del libro me templaron los nervios, en punta por lo que voy e exponer a continuación, y me arrancaron más de una carcajada que dejó paso a la reflexión calmada. Voy al tema.

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Geometría del amor

Que me disculpe Sir John Cheever por la usurpación que he hecho del título de uno de sus relatos, no pretendo nada, salvo captar tu atención y que pases unos minutos hojeando lo que quiero explicar aquí. 

El otro día, a mi regreso tras un retiro de la escritura me encontré con este texto mientras deshacía las maletas. Si te lo muestro ahora es porque creo que perdura en él cierto anhelo analítico que, lejos de descubrir una fórmula matemática, lo que intenta es dibujar una forma geométrica que describa el aspecto que tienen las relaciones sentimentales, sin ninguna distinción.  

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Un puñado de hombres solos

Hoy es un día más; han tenido lugar suficientes situaciones como para llenar la bolsa reutilizable de un día de labor. Nada bueno, tampoco muy malo. Nada que destacar. Dejemos a un lado esos lemas de taza de café que dicen cosas horripilantes como “que el día sea estupendo sólo depende de ti” o que “los días aburridos nos hacen valorar más los que son divertidos”. Banalidades de ese estilo abocan al crédulo al diván de un psiquiatra. La mayor parte de los días son repetitivos; cuando antes lo aceptes más feliz serás y mejor te sentirás contigo mismo. Los días pasan. Las personas caminan sumidas en la rutina y a mí me gusta observar la función al mismo tiempo que soy parte de ella. Llámame raro.
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Maluma no son los padres. Playlist y fiestas patronales.

 

Llevo semanas de anacoreta moderno en mi refugio. Con esto quiero decir que estoy solo en plena naturaleza pero conectado al mundo, y claro, se me agolpan los pensamientos en la cabeza. Estos días, entre otras cosas, he leído, escuchado y sufrido sobre el asunto de las canciones del verano. No puedo hablar con nadie o exponer lo que siento a un tercero aunque sea de manera breve a modo de bufido, por lo tanto, antes de acabar en la rotonda de abajo gritando a los coches que salen del pueblo dirección a la capital de la cultura europea, utilizo esta plataforma para expulsarlos casi quirúrgicamente de mis meninges antes de que éstas se inflamen y corran el riesgo de explotar.

Nota importante: Lo que aquí voy a exponer surge del debate que se ha generado a consecuencia de la propuesta del Instituto Vasco de la Mujer, no sobre la propuesta en sí. Repito y reitero, es sobre lo que se ha dicho en redes sociales y en medios de comunicación y sobre lo que yo opino acerca de ello. Read More

Diario de un ladrón de oxígeno. Reseña.

Acabo de terminar el famoso “Diario de un ladrón de oxígeno”, del prolífico autor de la literatura contemporánea que lleva por nombre el comercial apodo de Anónimo. Igual es que con la edad a uno le salen callos en los ojos, pero siento decir que la máxima publicitaria que rezaba escrita en la faja que cubría el libro no se ha cumplido: no me ha roto el corazón; tampoco me ha escandalizado.

He de confesar que las tácticas de marketing funcionaron, ya que me lo compré, hace tan sólo día y medio. Me lo he leído en menos de cuarenta y ocho horas, sí. Dejé de lado otras lecturas que tenía pendientes, también. Y ya dispuestos a confesar, acabo de comprarme en Amazon su nueva novela en inglés, “Chameleon in a Candy Store”, vale. A su vez, diré que lo he leído con la misma absorción que cuando en su tiempo me topé con la obra de Salinger o con las dos primeras novelas de Easton Ellis, pero la carne del autor no se ha materializado ante mí mientras pasaba las páginas, aunque sí ciertos olores y muchas formas. Read More

Me siento raro, pero no es por nada de esto.

Hola, ¿qué tal? Yo aquí de nuevo, con mis cosas.

Hoy es domingo, 19 de febrero, son las 17:55 y me siento raro.

Ni bien ni mal, sino raro.

No es porque te llame y no me cojas el teléfono, o porque sea domingo y no sople sobre mi frente ni una brizna de resaca.

No creo que sea porque he regresado a los estudios tras varios años. Por mucho que me haya descubierto tiernamente ridículo sentado a la mesa de mi salón, subrayador fosforito en mano y con la mente distraída saltando del Real Decreto Ley 13/2010 a tus tuits, de los diferentes niveles de intervención socio laboral a tu nuevo corte de pelo en Instagram, o de la última vez que nos saludamos a mordiscos sobre el sofá a me voy a hacer otro café a ver si me concentro de una puta vez ya; lo siento, pero no creo que sea por nada de eso.
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Salvo en el sexo, siempre me ha gustado todo lo que no encaja.

El día de hoy se parece a esas latas de refresco de marca blanca que, por estar fuera del pack separadas de sus gemelas, te las encuentras en esa estantería de “lo raro” a un precio especial. Un consumidor normal pensaría que si no se vende junto a las demás será por algo que, generalmente, no le conviene. El caso es que a mí, salvo en el sexo, siempre me ha gustado todo lo que no encaja. Incluso te confesaré una cosa: soy mucho más capaz de distinguir la belleza o el atractivo de algo que no encaja que de cualquier cosa que se me presente en cadena junto a un número limitado de copias idénticas.

Martes como los de hoy, de usar y tirar, me apetecen especialmente.
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Sólo tengo dos cervezas.

Sólo tengo dos cervezas. Me he sentado frente al ordenador. Son las 18:49 de un domingo de febrero.

Llueve y hace viento y ya casi es noche cerrada. Desde el salón abovedado donde escribo y bebo y de vez en cuando me lío un cigarrillo, las luces de la ciudad son como certeros golpes de vida.

Sólo tengo dos cervezas, así que antes de que tenga que bajar al chino de la esquina para comprar más, espero a que me salga algo lo suficientemente decente como para publicarlo en el blog.

El otro día escuché a un escritor super ventas decir que nunca se debe empezar un texto hablando del día que es y el tiempo que hace. “Eso son lugares comunes, conversaciones de ascensor”, decía el escritor con su tono de super ventas. Yo tampoco quiero hablar aquí de lugares comunes ni caer en conversaciones de ascensor, así que dejaré de hablar de escritores super ventas. Read More

Escribir es un acto de locura.

Escribir es un acto de locura.

No es egocentrismo. Poco tiene que ver con la entrega o con la sobre exposición de tus intimidades ante los demás. Quien afirme que se trata de una suerte de terapia en la que el firmante  intenta sanar sus heridas transformándolas en ficción, está muy equivocado. Y por favor, nada más alejado de la voluntad de confesar al lector sus pecados convirtiendo la lectura en una forma de redención.

En la escritura, tal y como yo la entiendo, no intervienen más factores que la mente lisiada del escritor y una pantalla de ordenador. Es la obligación de luchar con tus propios monstruos encerrándote en una habitación (tu mente) que juega a ocultarte la salida. El morbo de ver quién sale vivo de allí. La ansiedad de no saber si serás el mismo tras la contienda. La locura, sí, la de escribir, pero también la de dudar en todo momento si conseguiste salir a hombros y por la puerta grande o, si por el contrario, aún sigues atrapado.

Escribir es un acto de locura porque grapa los dos folios que componen tu mente, consciente y subconsciente, y los entrega formando parte del mismo informe. No es un acto voluntario, controlable, como conducir o cocinar. Read More

Esos nuevos poetas

Últimamente me he topado con varios artículos que versaban sobre el boom literario de los denominados “poetas de internet”. Unos nuevos poetas que, según lo que leí, son jóvenes y guapos y modernos y sobre todo poco poetas o menos poetas que los de antes, y que por mucho que hayan irrumpido con fuerza en el mercado literario, son “fuegos de paja o papel”. Todos los artículos se desnudaban muy pronto, sin dejar nada a la imaginación, todos tenían mucha prisa por dejar clara la conclusión final.

Cada vez que me acerco a alguien que habla de los denominados “poetas de internet” detecto una doble intencionalidad: por un lado, cierto afán de poner vallas al campo literario y, por otro, una necesidad intrínseca de definirse lejos o diferenciarse del objeto a tratar por una detallada lista de méritos propios. El emisor, a medida que desarrolla su argumentación, rellena el aire que queda entre sus frases con un cemento que viene a decir algo como:“eh, tío, que yo hablo de esto pero no soy como ellos, ¿vale? Estoy a años luz de esos niñatos que se creen que lo tienen todo hecho. Yo no tenía tuiter cuando publiqué por primera vez y tardé seis años en sacar un poemario”. Read More