Posts in Cuentos

Gracias a que se adelantó una borrasca

Eras mayor que yo, tenías tatuajes, melena rizada, una perrita que ladraba a todo el que se te acercaba y nos conocimos gracias a que se adelantó una borrasca. Bueno, y también porque mandé a la mierda un trabajo de mierda en el momento adecuado. Dejé todo el material sobre la mesa de mi jefe y le dije que tenía cosas más importantes que hacer. Nuestras pupilas conectaron igual que en los buenos tiempos, cuando él no era mi jefe y hablábamos de Kerouac en tabernas llenas de humo y olor a madera mil veces fregada. El día que dejé todo el material sobre la mesa de mi jefe y le dije que tenía cosas más importantes que hacer era un jueves de octubre y llevaba soplando del sur desde tiempos inmemoriales. También eras las diez y media de la mañana. Nada más salir de la oficina miré el parte de olas y la vida me sonrió. A pesar de que a las tres de la tarde entraba un fuerte viento del noroeste, lo que en esta zona de la cornisa cantábrica se conoce como galerna, había una mañana con condiciones perfectas para el surf; mi modo de entender la vida. Así que cargué los trastos en mi furgoneta, subí el volumen de la guitarra de Jerry García y conduje hasta la playa.

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Después del día de la zanahoria

 

––Tienes que estar de broma ––digo.

Quieren que repita de nuevo la historia. A estas alturas me da todo igual, pero al policía que tengo enfrente, no. Compruebo que cierra el puño y, con un gesto desquiciado en la mirada, se acerca hacia la silla donde llevo sentado once horas. Sus veteranos ojos reflejan las ansias de darme una buena tunda, al estilo de la vieja escuela. Reculo asustado, maldiciendo mi cobardía. Puedo ver cómo saliva, cual perro que es, al comprobar que aún se mantiene en forma.

––No hay lugar para bromas, chaval ––vuelve a coger por enésima vez la foto de la mujer y, sujetándola como si pesase cinco kilos, la mantiene bien cerca de mi cara cara––. Se ha encontrado a esta pobre chica con las tripas fuera en el salón de su casa, no se forzó la puerta…
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Asesino de cretinos

Era un día frío, de esos que te sorprenden tras varias semanas de calor y que ponen a la gente triste o constipada; no era festivo, el mundo llevaba meses sin tener uno. También era un día gris y luminoso, de esos que te ponen dolor de cabeza y que te obligan a caminar con pinta de tener sueño o estar enfadado. Así paseaba yo, observando a la gente seguir adelante con sus vidas de mierda; unos parecían tristes, otros constipados, algunos somnolientos y la mayoría de ellos, enfadados. Salí de casa porque me puse de muy mala hostia por estar esperando. No recuerdo el motivo concreto de mi enfado; tampoco el de la espera. Da igual. Seguro que fue uno de esos momentos en los que lo peor del mundo se muestra ante tus ojos: un tuit, una foto, un titular, ese correo que no llega, ese mensaje que no leen, el descubrimiento de otro fenómeno mediático en el ámbito de los junta letras… Y algo como eso, algo muy peligroso, es lo que me obligó a salir a la calle de muy mala hostia.

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Ella ya se había ido, y tú, no sé por qué venías.

Por aquellos entonces yo ya había reproducido todos los clichés de escritor fracasado que un hombre sin agallas y poco talento puede llegar a imitar por mera mitomanía. Me alejaba de los cuchillos –la soledad y una cocina repleto de ellos–, acudía borracho a los pocos eventos que aún me invitaban, prendía fuego a mis manuscritos dentro un cubo de basura en el jardín de la casucha en la que convivía con tu ausencia, escribía larguísimos y psicóticos mails a las editoriales que me rechazaban, y amenazaba a las nuevas promesas del panorama editorial con plagas bíblicas de bilis masticada desde el rencor. Era jodidamente patético, sí, y lo que es peor, me creía alguien dentro de ese micro universo de mierda.

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Queríamos mearnos en los mismos callejones que Bukowski

Habíamos llegado a la ciudad de Los Ángeles para ver si todo era cierto. Éramos ridículamente  jóvenes al pensar que la verdad se presentaría uniforme ante nosotros. Más tarde, descubriríamos que ésta se parece mucho a un espejo de feria que rebota una imagen paticorta y cabezona de ti mismo. Queríamos mearnos en los mismos callejones que Bukowski y aullar en todos los garitos en los que Morrison cantó de espaldas. Queríamos tocar todo lo que nos había hecho soñar en nuestra ciudad natal, a miles de enfermizos kilómetros del camino que dibujaban nuestros pasos. Read More

No fue en París ni nada de eso.

Llevábamos en la carretera desde principios de mes. La ciudad donde vivíamos tenía un techo muy bajito y un día cogimos el coche por ese motivo y tal vez por alguno más. Recuerdo que te pregunté “¿hacia dónde?” y que tú te prendiste un cigarro como solías hacerlo, sin darte cuenta de que todo se convertía en tus labios. Al de unos carnosos segundos, dijiste: “hacia abajo”.

La ruta, entre otros muchos lugares, nos condujo hacia una ciudad en la que sucedió algo que recuerdo como ‘el momento de la plaza’. Era una urbe de techos altos, cielo azulado, calles limpias, muchos bares, gente rara y todo eso que tanto nos gustaba por aquellos entonces. Desde que nos bajamos del coche no paramos de beber ni un instante y tú a cada trago estabas más radiante y con más hambre de vida. Hacía tiempo que no te sentía así. Read More

Un mundo aburrido.

“Es imposible, no puede ser que haya malgastado otro día más. La vida no puede ser tan lamentable. El mundo no puede ser tan aburrido”, piensa.

Su rutina semanal se parece a una matrioska que ni el turista con menos criterio compraría. Comienza el lunes sabiendo que ése será por siempre su tamaño máximo y que su interior alberga un limitado y menguante número de copias que van perdiendo calidad. “Es a todo lo que puedo aspirar en este mundo aburrido”, diría con resignación.

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Tras la cabeza de nuestros padres

Era verano y también una época sin tecnología al alcance de la mano.

Nos bastaba con tener(nos).

Nuestras manos y la piel y las piedras y la hierba sobre la que nos tumbábamos a experimentar la adolescencia. El tacto era la mejor forma de conocer(nos).

Las películas o los libros o las redes sociales que aún no existían no nos habían enseñado lo que era el freno del amor. Vivíamos en estado salvaje, sometidos por el instinto al picor y al escozor de la atracción puramente animal. Bajo la absoluta carencia de pudor, todo tenía el sello genuino de la primera vez, por muchas veces que lo repitiéramos.

Y cómo nos gustaba repetir ciertas cosas…

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Frutos Salamanca

El chorro de orina que sale despedido de la punta de mi pene me recuerda a la espina dorsal de una sepia. Ovalado, plano, transparente y afilado. Es uno de los pocos placeres que me quedan: mear cuando tengo muchas ganas. Unas cuantas sacudidas y…

Hola, soy Frutos Salamanca y ésta es la historia de mi vida: todas las mujeres que se interesaron por mí dejaron de hacerlo en algún momento. Poco más hay que contar.

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El tipo que parece un durum para llevar (II)

La casa es igual que la sala en la que he estado hace unas horas: horrible. Intento ver el lado bueno de las cosas para no ponerme triste. No me conviene ponerme triste si he tenido un día turbio; puede ser peligroso. Xoxanna y sus amigas del Instagram se han diluido entre los cuellos de la gente del fondo. Hablan con un tipo que lleva bastón pero que no cojea. Estoy sentado en un tresillo cuyas orejas están hechas de gente moderna. Parecen mi séquito, o mis guardaespaldas, o gente que está cansada y no encuentra mejor sitio para sentarse que las orejas de un tresillo ocupado por un tipo que salta a la vista que no quiere estar ahí, pero que por alguna razón, hace esfuerzos por no marcharse. Siempre acabo rodeado de muchas personas que se mantienen muy cerca de mí. No lo entiendo. Read More