Posts in Relatos

Centenarios

Es un plaza de un barrio degradado. Las calles que la rodean, a diferencia de los viandantes, conocieron tiempos mejores. En mitad del cemento, aburrido, florece un cerezo a destiempo. Un barrendero que luce con desgana colores fosforitos recoge pétalos del suelo, y el árido sonido de su escoba marca el compás de una mañana de primavera. En un banco, una anciana acompañada quizás por su hijo, comparte el eterno silencio de los que ya nada se tienen que decir y tan sólo esperan. En otro, un senegalés habla a gritos en wólof por Skype. Sobre el podio central de piedra fría que tiene dibujado a tiza un arcoíris que resiste al clima, dos chicas adolescentes con velo pasan el dedo por sus smartphones y ríen de vez en cuando. El lugar es punto de reunión para vecinos, ya que ofrece una débil red wifi abierta a un público con poco que contar, puesto que aquí, lo que sucede, sale en las páginas feas del periódico.
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Borderline

Imagínate algún lugar de la parte sur de California. Vale.

Tengo unas terribles ganas de mear. Estoy en la terraza de un garito de mala muerte, llevo cinco pintas y setenta y seis páginas de una novela de Bukowski que en su día leí traducida, pero encajo mejor los puñetazos directos al hígado que destila en cada frase si los recibo en su idioma materno; además, es una extraña edición. La zona es tétrica y decadente, la gente auténtica y los bares, aún más. Tengo una cama, cuatro paredes y un techo a dos pasos de aquí.

Siento una gran bolsa de pis que me llega hasta el ombligo y me presiona el duodeno desde hace treinta y dos páginas. Por fin llego a un punto y aparte. Me levanto con toda la dignidad que me queda y entro tambaleándome en el bar con las manos por delante, como si anduviese a oscuras por un pasillo lleno de telarañas o con el mismo estilo del que es sorprendido por un huracán cuando baja a sacar la basura con su peor chandal.

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Gente sencilla

Hora punta en el metro. La gente sencilla sale de sus trabajos. Una señora viaja sentada en un asiento de los plegables y habla sola, ofreciendo pequeñas partes de su vida a las barbillas de los pasajeros que, aburridas, apuntan a las iluminadas pantallas de sus smartphones. “Menudo día llevo hoy, toda la tarde de un lado para otro. He tenido que dejar el ordenador en una tienda y luego he ido a comprar vainas a la otra punta de la ciudad”. Una chica sonríe ante un mensaje entrante. Un tipo trajeado repasa las cuatro noticias de última hora en un diario online. Un preadolescente sacrifica sus tímpanos al reguetón. Rutinas de la gente sencilla. “Las vainas son para mi hija que desde que se ha independizado no se alimenta bien y mañana viene a comer. Lo del ordenador es porque me gusta mucho jugar y lo rompo. Soy un desastre. ¡Ay, menudo día!”. Llevo observándola desde que he subido al vagón, tratando de averiguar, camuflado entre la multitud absorta, si en realidad se dirige a la mujer que tiene justo a su lado o, si por el contrario, es un monólogo rubricado por la soledad. Antes de llegar a mi destino compruebo que se trata de lo segundo. La gente sencilla está sola, y a la vez, harta de tratar con extraños.

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TBD. Bolo nº 23: Ferias y más ferias.

Tardes de bohemia y desilusión.

Una ficha de autor narrada.

Tras Sant Jordi vinieron más y, a su vez, otra novela y nuevos circuitos de presentación. Todo esto que te cuento, es anterior a que existiese “mandy-candy.com”. Madrid, en el retiro, Bilbao, en el Arenal (llovía), Durango, Donosti… Tan sólo cambiaba la ubicación y la caseta. Conocías a gente, sí; vendías algo, a veces; pero la interacción estaba cortada por un mostrador que me impedía ser yo mismo. Durante esa época comenzaron a llegarme las primeras reacciones de los lectores, eso me animó bastante. Buenas o malas, significaba que lo que hacía era real. Te juro que a veces llegaba a pensar que no.

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TBD. Bolo nº 92: En un colegio de monjas.

Tardes de bohemia y desilusión.

Una ficha de autor narrada.

Por aquellos entonces yo ya lo había dejado con la poesía, quiero decir, seguíamos viéndonos, pero nuestra relación era meramente platónica: sólo la leía. Sobre los escenarios me sentía más cómodo interpretando una nueva faceta que había descubierto gracias a Diletante, y que surgió por mera inercia, a base de participar juntos en los shows. Era algo cómico, caótico, desordenado, canalla… algo fascinante; libre. Dejar de hablar de cositas que tienes dentro y que nadie entiende porque son cositas que tienes dentro y que tú tampoco sabes explicar para pasar a ser alguien totalmente nuevo, el que te de la gana, siempre que quieras. La puta bomba.

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TBD. Bolo nº48: Noche fría sin avisar.

Tardes de Bohemia y Desilusión

Bolo nº48: Noche fría sin avisar

Fue algún día de octubre, más bien hacia el final, en el que el frío vino sin avisar y le pilló a la gente por sorpresa; nuestra performance iba de eso. Toses y estornudos que no respetaban a las tímidas voces de los que recitaban. El bolo era en un café teatro del centro con aspecto de taberna irlandesa. Yo estaba en la barra, como siempre, esperando a que me sirviesen una pinta. A mi lado estaba un cantautor muy famoso que había acudido a presentar su poemario (top ten en ventas durante varios meses según el ABC) y que sorbía de una tacita de café que parecía minúscula entre sus nervudos dedos mientras hablaba con un manager de rock & roll que sostenía entre sus ancianas manos un botellín de agua. “Qué poco canalla es la vida real”, pensé, y di un enorme trago a la pinta que me acababan de servir.

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TBD. Bolo nº32: Sant Jordi.

Tardes de Bohemia y Desilusión

Bolo nº32: Sant Jordi.

Estaba a punto de publicar la segunda novela y mi editor había conseguido una caseta para sus autores en el Paseo de Gracia el día de Sant Jordi, día del libro en la capital condal. Iban a asistir unos cuantos escritores a los que sólo conocía por la foto de solapa de sus libros, y me subí al carro; lo veía como una oportunidad bonita para muchas cosas. Fue hace unos cuantos años, una época en la que todo a mi alrededor parecía florecer por vez primera. Conseguí un vuelo relativamente barato de ida y vuelta en el mismo día. BIO-BCN. Viajé con lo puesto y me sentí cómodo, incluso importante, por todo lo que me aguardaba. En la salida del Prat paré un taxi y le di la dirección más próxima a la caseta de la editorial. Durante el viaje, tras unos minutos de cháchara introductoria en mitad de un atasco, el taxista, que parecía simpático, me preguntó por el motivo de mi estancia, y yo, no puede evitar contárselo. Hablamos de literatura y le conté vagamente el argumento de mi novela. Sacó un manoseado ejemplar de bolsillo que llevaba en la guantera y me lo enseñó; novela negra, quizás. Yo no sabía encajar mi estilo (aún sigo sin poder hacerlo) y me sentí tonto por ello (ya no me siento así). Le pedí su número personal para llamarle cuando tuviera que regresar al aeropuerto y me lo dio encantado. Siempre que regreso a Barcelona le llamo. Aún lo conservo.

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Tardes de bohemia y desilusión. Una ficha de autor narrada.

Cuando inauguré este blog el pasado mes de junio, os contaba –en el apartado “sobre mí”– que no encontraba lógico presentar una lista en la que se enumeraran todos los aspectos que me gustaría resaltar de mi carrera, como si se tratase de un mero CV literario o una fría carta de presentación. Eso me parece aburrido, y creo que un blog como éste, que pretende interactuar con el lector aportando contenido interesante, debe ofrecer textos que transmitan sensaciones. A su vez, os invitaba a que conocierais junto a mí, todos esos grandes momentos que han formado y forman parte de mi vida. ¿Qué es un currículo, al fin y al cabo, sino una suerte de diario o bitácora de la vida de una persona? Un “timeline” que se va actualizando por momentos, semana tras semana, vivencia tras otra. Y digo yo… ya que estamos hablando de la trayectoria de un escritor, ¿qué mejor que contarla de una forma creativa, narrándolo todo como si fuese un relato?

Por eso os presento en esta entrada el proyecto “Tardes de Bohemia y Desilusión”, donde os voy a ir contando post a post, cada una de esas partes que yo resaltaría en mi ficha de autor.

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Lejos de mi casa.

Lejos de mi casa.

Un bar(rio) en obras. Sobre la estantería una botella de Marie Brizard cubierta de polvo. Televisión de tubos catódicos estancada en lo que toca. Grasa sobre la actualidad. Un paraíso donde los ancianos callan y beben y tal vez un gesto (mínimo) pueda mearse sobre décadas de sabiduría. Un oasis perfecto para beber solo. Una isla donde me creo roca. La camarera grita sobre las vacaciones que no va a poder disfrutar en los lagos de Covadonga; el crío ha pillado fiebre y Richi está enfadado. Serrín pisado por mil madres en el baño. Un perro ladra tras alguna esquina, lejos de mi casa. Aún no he llorado.

Pon aquí la fecha.

400 metros en línea recta

Llueve y las escobillas de mi furgoneta trabajan con desgana emitiendo un geométrico lamento. Es martes y no me queda líquido en el limpiaparabrisas. La planta desnuda de mi pie derecho pisa con decisión el acelerador. Hay olas y Jerry García lo sabe, por eso canta “Friend of the Devil” sólo para mí y para las chancletas que descansan sobre el salpicadero. Cuando levanto la vista tras sacudirme la ceniza que se ha desprendido del capullo del cigarro sobre mi bragueta, descubro que bajo la luz roja del semáforo hay dos rubias mojadas haciendo autoestop. Una de ellas bebe a morro de un cartón de zumo de naranja. Las gotas hacen brillar sus muslos. Una indiscreta humedad me revela que la otra, que exhibe su pulgar erecto hacia mi trayectoria, no lleva sujetador. Existen cientos de chicas como éstas aquí, recojo decenas a lo largo de la semana. Cuando me detengo en el semáforo apenas puedo pensar en el metro pasado y los diez segundos de período que me esperan en una sesión de surf sin sol y sin bañistas, porque observo por el retrovisor la imagen empañada de ellas corriendo hacia mi furgoneta. Les abro la puerta. Ambas se suben con un estiloso saltito en el asiento del copiloto. Su humedad enronquece la voz de Jerry, que ahora entona “Katie Mae”.

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