Es un plaza de un barrio degradado. Las calles que la rodean, a diferencia de los viandantes, conocieron tiempos mejores. En mitad del cemento, aburrido, florece un cerezo a destiempo. Un barrendero que luce con desgana colores fosforitos recoge pétalos del suelo, y el árido sonido de su escoba marca el compás de una mañana de primavera. En un banco, una anciana acompañada quizás por su hijo, comparte el eterno silencio de los que ya nada se tienen que decir y tan sólo esperan. En otro, un senegalés habla a gritos en wólof por Skype. Sobre el podio central de piedra fría que tiene dibujado a tiza un arcoíris que resiste al clima, dos chicas adolescentes con velo pasan el dedo por sus smartphones y ríen de vez en cuando. El lugar es punto de reunión para vecinos, ya que ofrece una débil red wifi abierta a un público con poco que contar, puesto que aquí, lo que sucede, sale en las páginas feas del periódico.

Me gusta bajar cada cierto tiempo y observar lo que sucede; mi espalda no aguanta más de dos horas recostada en una silla que ofende a la más mínima ley ergonómica. La oficina donde trabajo está en la tercera planta de un edificio que se yergue sobre esta plaza, donde antaño había tierra, carretas, hogueras, palmas y sombreros sujetos bajo el bastón de la experiencia. De esos ya no queda ninguno. A veces puede que se asome algún hijo suyo por una esquina, pensativo, portando una carretilla que rezuma chatarra y cambio a peor.

“Antes el barrio era el centro de todo. Era como la Gran Vía, pero tras las riadas del ochenta y tres nos llenaron el barrio de mala gente”, dicen los comerciantes más ancianos de la zona. Mi trabajo es escucharlos y vencer la estupefacción. Entre latas de espárragos, cajetillas de tabaco y jarabes para la tos, sobreviven generación tras generación haciendo gala, qué digo, encarnando la máxima “tirar para delante”.

Antes, cuando creía que atravesaba una mala racha, leía a Bukowski. Ahora tan sólo tengo que recordar las palabras que me dijo un trabajador de setenta y ocho años que cada día se despierta a las tres y media de la mañana y que tiene mucha intención de seguir despertándose a esa hora todos los días: “esto llegó a ser un gran negocio, ahora es un mal puesto de trabajo”.

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