Conocí a Bell en un bar de carretera, hace unos meses. Entré porque me pareció un lugar perfecto para beber solo, pero ella estaba allí como recién llegada de un sitio lejano; sus caderas posadas sobre un taburete como dos nubes de agosto. Me fascinan las mujeres que beben solas en la barra de los bares, son como una eterna pregunta que juega a esconderse de toda contestación, y sin lugar a dudas, yo caí de lleno en el juego. Lo más peligroso de Bell, a parte de sus labios y sus piernas y sus tejanos rotos, era la facilidad con la que convertía cualquier cosa en una buena idea.

Sólo hicieron falta cuatro Millers acodados en la barra, mirando al frente y cruzando de vez en cuando alguna frase, para sentir una ardiente conexión. Sí, fue de esas que te tiran de un costado, como si un bobo invisible te empujase hacia la otra persona. Propuse sentarnos a una mesa redonda, pensando que de esa forma, teniendo algo de por medio, no acabaría cayendo sobre su boca. No sirvió de nada puesto que se sentó a mi derecha, tan cerca como un lunes, y se cruzó de piernas balanceando la punta de su bota campera dirección a un chico joven y confuso, que soportaba con culpa y vergüenza a partes iguales un acné incipiente y el echo de estar solo bebiendo un refresco light en un lugar como ese. El chico era un cliché recién salido de la academia de policía, destinado en algún lugar remoto muy lejos de su nido y con el miedo al mundo exterior reflejado en la brillantez de su rostro grasiento. Su pulcro uniforme, más que otorgarle autoridad, parecía un disfraz mal escogido para una fiesta de Halloween. Bell olió al instante su debilidad y no tardó ni un segundo en atacar. Pobre. Qué poco tardó en sacarle de su rol y humillarle, dejando en evidencia que no tenía madera de policía. Cuando terminó de comérselo, escupió su dignidad al suelo y continuamos con nuestra charla. Tres cervezas más bastaron para descubrir que se dirigía hacia el Sur, y como a mí el Sur siempre me ha parecido buena dirección, le ofrecí el asiento del copiloto. Como equipaje llevaba un bolso de cuero y lo que parecía un montón de secretos que no le importaba desvelar.

Así empezó todo.

Suena el LA Woman de los Doors y Jim Morrison aúlla cantando Car Hiss by my Window. Tenemos un habitación cerca de la frontera con México en la que llevamos encerrados dos días. El sol del desierto se cuela por los agujeros de las persianas como rayos láser de polvo, humo y olor a vicio. Hay media vida desperdigada por la habitación, pero yo no puedo apartar la vista de su cintura desnuda contoneándose al ritmo melancólico de la armónica. Sólo lleva una camisa, pero a mí me parece demasiada ropa para el calor que provoca.

Llevamos mucho tiempo bailando en los márgenes de la ley, burlándonos del sistema y librándonos por los pelos. Es como una droga. No podemos parar y todo parece una buena idea cuanto más arriesgado es. Queremos llegar a México y vivir tranquilos allí. Queremos llegar con suficiente dinero como para poder hacerlo.

Recuerdo al tipo gordo y sudoroso al que Bell timó mil doscientos dólares en San Luis Obispo, o la cartera llena de billetes que le birló con total soltura al dueño de un Tesla mientras lo recargaba en una gasolinera en Oxnard, o el sinfín de comidas gratis que conseguimos escapándonos de cientos de restaurantes carísimos a los que entrábamos con el único fin de reírnos de todos los que creían que, pagar 150 dólares por una langosta hervida con mantequilla, era una buena forma de pasar la tarde de un lunes. Recuerdo todo eso y más mientras sus lunares trazan un plan sobre su piel; un plan que yo trato de descifrar cada noche, cada mañana, cada minuto.

Termina la canción, pero Bell sigue bailando y al de unos segundos dice Vamos a desayunar sin darse cuenta de que son más de las dos y yo le digo Andamos mal de pasta y ella contesta Tengo un plan, tranquilo. Así que nos duchamos, follamos cubiertos de vapor, nos vestimos y salimos al bar del aparcamiento. Bell me dice Aparca lo más cerca de la puerta que puedas y yo lo hago porque me parece una buena idea. Pedimos huevos revueltos con bacon y toda la mierda que sale en las películas americanas porque eso existe y bares como éste, en el que estamos ahora, también. La única diferencia es que cuando entras por vez primera en uno de ellos, no dejas de preguntarte si todo es parte de una broma o es real. Luego te acostumbras.

La forma de hacer las cosas de Bell es lo más cercano a la poesía de Bukowski que he estado en mi vida. Su forma de comer, de caminar, de blasfemar, de follar o de liarse un cigarrillo y conseguir que todo se convierta en sus labios, tiene un realismo crudo que se vuelve violento porque ella no cae en la cuenta de nada de eso. Por eso cuando me pregunta por mi película favorita y sabe de sobra que es Pulp Fiction y yo también sé de sobra que es una pregunta que no tengo que contestar sino que va a abrir paso a algo que va a suceder, no me sorprendo demasiado cuando me dice Coge esto y sígueme el rollo, y con total naturalidad, posa un revolver sobre la mesa. Nunca habíamos cruzado esa línea, pero me pareció una buena idea porque necesitábamos la pasta ya que cruzar la frontera es caro para todos y allí abajo, hay que vivir bien.

Bell encima de la mesa gritando, bolsos que se abren, carteras y joyas que caen sobre la bolsa de basura que Bell va pasando entre las mesas. Véte a por lo de la caja, me dice, y yo voy a por lo de la caja porque me parece una buena idea. Una chica negra que llora y probablemente piensa en sus padres arroja unos cuantos fajos de billetes sobre el mostrador y dice que no hay nada más, yo la creo y le tranquilizo asegurándola que nadie saldrá de aquí herido si todo sale bien.

Hay un chico especialmente nervioso tumbado en el suelo, viste un polo azul marino y lleva un peinado de los años treinta; por un momento, mientras sigo desplumando a todos los clientes, se me hace cara conocida. Adrenalina, visión de túnel y me concentro en la tarea y todo eso.

Ya casi hemos terminado la ronda cuando escucho un golpe y unos gritos. Bell le ha dado un culatazo al joven del peinado antiguo que viste polo azul y le está metiendo las manos en los bolsillos mientras grita Quítate también el puto reloj y échalo a la bolsa. La puerta está cerca, me hace un gesto, nos vamos. ¡Pasad un buen día y gracias por todo!, grita Bell, y la libertad del sol y el aire fresco nos golpea el rostro.

Caminamos hacia el coche cogidos de la mano, sintiendo lo cerca que estamos el uno del otro, lo próximos que estamos del final de todo lo anterior y el comienzo de algo nuevo, de todo eso con lo que tanto hemos soñado.

Te dije que tenía un plan, grita Bell radiante. No te vas a creer lo que te voy a contar, añade, ¿Sabes quién era el tipo que estaba en el suelo, al que le he arreado con la culata? Siento su cálida presión sobre mi mano, pero un ruido seco y obsceno hace que su expresión se vuelva neutra y sus dedos se ablanden. Otro ruido exacto, igual de burdo e injusto, me regala una quemazón sin sentido en el costado. Bell se desploma y la gravilla tintinea, contenta de recibir su cuerpo. Mis rodillas flaquean, pero aún tengo tiempo de voltearme y descubrir que el tipo del polo azul y peinado de los años treinta, con la parte derecha del rostro cubierta de sangre, sujeta una pistola que apunta hacia mí. Otra explosión lejana, de juguete, y un fuerte dolor en el pecho.

El cielo, azul y arriba, sin nubes. El ruido, la luz, todo se va apagando, pero el rostro del joven del polo azul y peinado de los años treinta, ya con menos acné pero igual de confuso y perdido que aquella vez que Bell le humilló en el bar donde nos conocimos, permanece definido en mi cabeza.

La primera cerveza con Bell, los primeros timos, todas las veces que hicimos el amor, todas las veces que conseguimos escapar por los pelos, todas y cada una de las decisiones que tomamos juntos… Bell levantándose de la cama y caminando su desnudez lejos de mi piel… todo se va volviendo más pequeño… estoy cansado, tengo sueño… creo que echarme una cabezada aquí, bajo el sol del desierto, sintiendo la gravilla clavarse sobre mi espalda, parece una buena idea.

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