Es lunes, 3 de octubre de 2016 a las siete y doce minutos de la mañana; la noche aún puede sobre el día. Los semáforos, ciegos a la vacuidad de las calles, organizan un tráfico invisible. Frías ráfagas de viento se saltan los ceda el paso. Una paloma, recogida y abultada en un alféizar, es testigo mudo del violento silencio que se arremolina en las esquinas. Tras el ave se erige un ventanal y a través del grueso cristal se percibe el ronco aviso de un despertador que hoy no será silenciado. Porque esta mañana, sin la censura del durmiente, todas las alarmas proclaman al mundo lo que valen en una alharaca de timbres y pitos que sacude la quietud de las habitaciones. Hoy no habrá jefe al que acudir con una acalorada disculpa, ni buses, ni trenes, ni aviones que perder, porque hoy, es el día en el que la ciudad no va a despertar. Pronto las farolas se apagarán en un parpadeo imperceptible para nadie. Las bocas no bostezarán, los brazos no se estirarán, los amantes que aún queden no se abrazarán para ser conscientes de sus cuerpos durante dos minutitos más. No olerá a café, ni habrá noticias.

Hoy, el día en el que la ciudad no va a despertar, un pesado soplido nasal se ha adueñado de la atmósfera. Los que a menudo firman con rúbrica oscura el aciago destino de los demás permanecerán inmóviles, con el mismo gesto que en ellos veían sus madres antes de que éstos las decepcionasen. Los carroñeros no podrán alzar el vuelo para divisar su festín y relamerse desde las alturas. Los que reptan no encontrarán más suelo que aquel sobre el que horas antes se tendieron para dormir. Hoy, el día en el que la ciudad no va a despertar, los bienhechores se toman un merecido descanso.

Los que aún no se han acostado… pronto lo harán.

La fecha de hoy no quedará grabada en ningún sitio, no pasará a los anales de la historia porque tan sólo es un lunes, tres de octubre del 2016. ¿Acaso importa? La vida, aunque dormida, continúa.

Nadie se fija en la niña que surca el asfalto con su bicicleta rosa y que pedalea con fuerza por el medio de la carretera, sin temor, sin prejuicios… Mei Ling quiere sacar partido de su vigilia haciendo todo lo que un jueves a esa hora no puede hacer. Su nombre significa “precioso destello de piedras de Jade”. Tiene doce años y es la única persona despierta en la ciudad. Puede hacer lo que quiera, que nadie caerá en la cuenta. Lo que más desea en este mundo es pedalear hasta la pared, hasta la última, hasta aquella que ve continuamente allá en el fondo, color azul cielo. Pedalear, pedalear sola hasta el infinito, hasta la línea, hasta romper ese muro o reventarse contra él.

El ruido de la cadena es ensordecedor. Su respiración parece manar de las mismas nubes. Hace ya varios minutos que logra vencer a la extenuación a través de una suerte de meditación que le extrae de su propio cuerpo, porque el objetivo es más importante que lo físico, que lo terrenal: tiene que llegar hasta el muro, hasta el final del mundo conocido, como el protagonista de la película que vio con su madre aquella tarde en la que fue tan feliz.

Mei Ling pedalea, pedalea y su visión se torna borrosa, sus brazos flaquean y de pronto es como si olvidara que está montando su bicicleta rosa. El manillar comienza a zigzaguear y se desploma sobre la calzada cual pluma desprendida de un ave migratoria. No siente dolor y, tras la caída, permanece un buen rato boca arriba, con los brazos extendidos, respirando hondamente mientras intenta descifrar la forma de las nubes más espesas. No hay tiempo, no hay adultos que lo midan. No hay responsabilidades, todos duermen. No hay dolor, puesto que no hay madre asustada.

Mei Ling siente unas lametadas en la mejilla. Es un perro que vaga por las calles, parduzco, despeinado y curioso, que observa todo con su cabecita inclinada y unas orejas en punta que parecen poner en evidencia la estupidez humana.

Mei ríe y parece que el chucho corresponde a su alegría meneando el rabo.

—Sí, ya lo sé, ya… ja, ja, ja —Las cosquillas de su lengüita le recuerdan a Navidad— ¿Tú también quieres verlo, a que sí? Ja, ja, ja

Mei se levanta y el perrito ladra, corretea a su alrededor, divertido, y parece indicarle una dirección, un rumbo que espera hacer en su compañía. La niña lo entiende al instante. Le regala una carantoña y ambos emprenden a pie el camino, dejando la bici rosa estrellada en mitad de la calzada. Juntos, bajo un intenso y rosa amanecer, se dirigen hacia el muro azul clarito, convencidos de que sólo hoy, lunes tres de octubre de 2016, el día en el que la ciudad no se despertó, estará allá al fondo, esperándoles.

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