Acabo de terminar el famoso “Diario de un ladrón de oxígeno”, del prolífico autor de la literatura contemporánea que lleva por nombre el comercial apodo de Anónimo. Igual es que con la edad a uno le salen callos en los ojos, pero siento decir que la máxima publicitaria que rezaba escrita en la faja que cubría el libro no se ha cumplido: no me ha roto el corazón; tampoco me ha escandalizado.

He de confesar que las tácticas de marketing funcionaron, ya que me lo compré, hace tan sólo día y medio. Me lo he leído en menos de cuarenta y ocho horas, sí. Dejé de lado otras lecturas que tenía pendientes, también. Y ya dispuestos a confesar, acabo de comprarme en Amazon su nueva novela en inglés, “Chameleon in a Candy Store”, vale. A su vez, diré que lo he leído con la misma absorción que cuando en su tiempo me topé con la obra de Salinger o con las dos primeras novelas de Easton Ellis, pero la carne del autor no se ha materializado ante mí mientras pasaba las páginas, aunque sí ciertos olores y muchas formas.

Diario de un ladrón de oxígeno es una prueba más de que hoy en día no es suficiente escribir una buena historia que llame la atención de algún editor que observe el mundo desde su cumbre, sino que además, uno debe de acompañar el argumento con una meta historia que pringue la cubierta de cierto misterio. “Autor desconocido. Libro de culto para los hipsters de medio mundo que no se compra, se trafica con él. Auto publicado y de tapadillo, pasó de mano en mano entre los lectores del barrio de Willamsburg”. Joder, yo quiero ser uno de esos hipsters de Nueva York, lo quiero ya.

Inicio el debate desde el mismo punto que la mayoría de los habitantes del planeta, ¿de acuerdo? Hacer daño a las personas está mal. Sí. Nunca está de más gastar unas palabras para reiterar esto, así que aprovecho también para dejar claro una cosa: estamos hablando de literatura. Nabokov no era un pederasta, es uno de los mejores escritores del siglo XX, y tú, un ingenuo. Continuemos.

La primera frase de la novela es seductora, un gancho, un mazazo que complementa toda la meta historia con la que va envuelta el libro antes de que lo abras, pero que pierde fuerza antes de que finalice el párrafo inicial por exceso de justificación y el spoiler del karma. Es como si a Anónimo le diese vergüenza decir algo así y tuviera que pedir perdón por sus palabras. Eres escritor, estás creando literatura, no te quedes con el culo al aire en la primera página. Por cierto, si quieres descubrir una primera frase dura y repulsiva de verdad, te invito a que abras “Los chicos de las taquillas”, de Ryu Murakami.

Diario de un ladrón de oxígeno tiene frases buenas, está bien escrito y en algunos momentos te aporta la sensación de que el autor te está contando lo que le pasó de verdad, lo cual ya es mucho, pero nada más. Digo esto porque tengo la sensación de que estos días puede que me encuentre varias reseñas resaltando su extrema crudeza, su falta de compasión y demás hipérboles o estrategias comerciales que no harán otra cosa que engordar la parte más potente de esta novela: la campaña de marketing.

Ah, se me olvidaba. El protagonista de la novela es publicista y se dedica a embaucar a mujeres para después dejarlas. Hazme un favor, como lector con criterio, no caigas en su trampa. Haz un esfuerzo por leerlo como lo que es, un libro que está bien escrito con una historia que, por momentos, absorbe.

 

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