Escribir es un acto de locura.

No es egocentrismo. Poco tiene que ver con la entrega o con la sobre exposición de tus intimidades ante los demás. Quien afirme que se trata de una suerte de terapia en la que el firmante  intenta sanar sus heridas transformándolas en ficción, está muy equivocado. Y por favor, nada más alejado de la voluntad de confesar al lector sus pecados convirtiendo la lectura en una forma de redención.

En la escritura, tal y como yo la entiendo, no intervienen más factores que la mente lisiada del escritor y una pantalla de ordenador. Es la obligación de luchar con tus propios monstruos encerrándote en una habitación (tu mente) que juega a ocultarte la salida. El morbo de ver quién sale vivo de allí. La ansiedad de no saber si serás el mismo tras la contienda. La locura, sí, la de escribir, pero también la de dudar en todo momento si conseguiste salir a hombros y por la puerta grande o, si por el contrario, aún sigues atrapado.

Escribir es un acto de locura porque grapa los dos folios que componen tu mente, consciente y subconsciente, y los entrega formando parte del mismo informe. No es un acto voluntario, controlable, como conducir o cocinar.

La escritura tiene muchas caras, claro está. Juntar letras que formen palabras es una técnica que se puede entrenar. Contar una historia que enganche al lector es algo que incluso, por un módico precio, se imparte racionado y organizado por horarios en las aulas. Pero yo no estoy hablando de eso. Me refiero a la batalla, a ese momento que te pone frente al espejo, a ese terror que lo inunda todo cuando, disociado de tu cuerpo cárnico, te hallas frente a frente contigo mismo en un estado más allá de la materia y, aquí viene lo bueno, compruebas que no te gustas. Ése es el acontecimiento. Si te ha pasado, es que alguna vez has escrito, si no, es que sólo has juntado letras o que dominas la técnica de contar historias que enganchen al lector.

El camino del escritor es ése, luchar día a día con esa forma etérea que aborrece y que se genera frente a él fruto de la escritura. Aprender a convivir con su putrefacto olor, su horripilante forma y su insoportable tono. Aceptar que eso no sólo ha salido de ti, sino que eres tú.

Escribir es un acto de locura de tal calado que incluso a veces, tras esa lucha que puede durar horas, el firmante aún tiene fuerzas para llenar un tarrito con esa nauseabunda esencia y entregárselo a los demás, como si en el fondo pensase que, sobre la piel de un tercero, dicha energía pudiese tener mejor olor, forma y color. 

Hasta ahí llega el acto de locura.

Toma.

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