Últimamente me he topado con varios artículos que versaban sobre el boom literario de los denominados “poetas de internet”. Unos nuevos poetas que, según lo que leí, son jóvenes y guapos y modernos y sobre todo poco poetas o menos poetas que los de antes, y que por mucho que hayan irrumpido con fuerza en el mercado literario, son “fuegos de paja o papel”. Todos los artículos se desnudaban muy pronto, sin dejar nada a la imaginación, todos tenían mucha prisa por dejar clara la conclusión final.

Cada vez que me acerco a alguien que habla de los denominados “poetas de internet” detecto una doble intencionalidad: por un lado, cierto afán de poner vallas al campo literario y, por otro, una necesidad intrínseca de definirse lejos o diferenciarse del objeto a tratar por una detallada lista de méritos propios. El emisor, a medida que desarrolla su argumentación, rellena el aire que queda entre sus frases con un cemento que viene a decir algo como:“eh, tío, que yo hablo de esto pero no soy como ellos, ¿vale? Estoy a años luz de esos niñatos que se creen que lo tienen todo hecho. Yo no tenía tuiter cuando publiqué por primera vez y tardé seis años en sacar un poemario”.

No puedo evitar, cuando me topo con argumentaciones de ese estilo, acordarme de ese tipo de muletillas que a veces se usan para ser políticamente correcto en conversaciones en las que si se habla de negros, gays, lesbianas o inmigrantes, es estrictamente necesario añadir que son buena gente, o que uno tiene amigos que también lo son, o adornar cuantas más veces se pueda tu exposición con perlas como “con todos los respetos” o “sin ánimo de ofender”. Todavía no me he topado con nadie que hable de ellos desde un terreno neutro, siempre hay bandos, estás con ellos o contra nosotros. Los que echan tierra de por medio hablan con el tono que lo hacían nuestros abuelos cuando dejábamos comida en el plato y decían aquello de “cómo se nota que no has pasado una guerra”, o con el de nuestros padres cuando nos derrumbábamos a la primera de cambio y nos soltaban eso de “qué blandos sois, qué bien os hubiera venido una temporada en la mili”.

Bueno vayamos al grano. Pienso que cuando llegan a la sociedad las siguientes generaciones de lo que sea siempre surge cierto recelo por parte de los que estaban ahí antes y se genera cierta tendencia a exigir que los recién llegados pasen por las mismas –incluso más– calamidades que el veterano. Amén de criticar y desprestigiar el trabajo de todos los que no sean de su quinta porque “ya no se hace (añade aquí lo que sea) como antes”.

“Eso que hacen no es poesía. Y encima tienen la desfachatez de decir en sus biografías online que lo que ellos escriben no es poesía, que son sus cosas. Primero son los seguidores en internet y después son los libros. La poesía debe de ser algo pequeño. Sobran poetas. Qué poco espacio tiene la poesía hoy día en la calle”.

Vamos a ver… ¿Nos aclaramos e intentamos ponernos de acuerdo sin barrer cada uno únicamente para nuestro campo?

Yo no he venido aquí para situarme en ningún bando ni para diferenciarme de nadie, vengo en son de paz y con afán conciliatorio. Sinceramente, no creo que sobren poetas, creo que faltan nuevos conceptos, otras palabras para designar lo que hacen que no sean excluyentes ni exclusivas y sobre todo, un mercado que se interese por algo más que por las ventas; sobre todo esto último, pero no menos importante me parece que se acaben los círculos cerrados, las masonerías y los clubs de campo en los que sólo se puede entrar por herencia o con una invitación de algún miembro selecto.

Parece que la creación está evolucionando hacia algo nuevo, ¿qué bien, no? Tuvo que haber muchos cretinos, vendedores de humo y estafadores antes de que a alguien como Warhol se le ocurriese sacar una foto a una lata Campbell.

Propuesta: Dejemos que la creación evolucione, prestemos atención y saneemos un mercado editorial que ahora mismo bien podría vender aspiradoras o latas de atún al por mayor, y encontremos un concepto que sirva no sólo para designar la creación de las nuevas generaciones, sino que a su vez actúe de nicho, de contenedor, para que lo quiera que haya de arte en lo que hacen, por poco o mucho que sea, no se quede huérfano. Ahora mismo lo único que hay son críticas destructivas o amiguistas y un entorno literario tremendamente vampirizado.

Propuesta alternativa: Creemos una especie de campus literario, previo al mercado editorial, en el que los veteranos, los Marías, Gamonedas, Revertes y demás, se desfoguen con los recién llegados a golpe de crueles y humillantes novatadas para recibirlos.

Propuesta alternativa (I): Que durante una época del presente año 17, cinco escritores consagrados y cinco conocidos poetas de internet se intercambien los papeles y, mediante un seguimiento diario, se haga un reality show llamado “@MiguelDeCervantes tuvo Twitter”. Imaginad al Turista en tu pelo todas las mañanas codo con codo en la mesa de Gemma Nierga, a Juan Manuel de Prada en Aleatorio! ante un público que no le respeta o a Arturo Pérez Reverte sacándose un selfie con el hashtag #nofilter y titulándolo  “Aquí sufriendo”.

PD: Que los viejos lean más de dos líneas de lo que hacen los nuevos y no sólo para despotricar de ellos y que los nuevos, lean a los viejos para algo más que la foto de Instagram o el tuit entrecomillado.

PD (I): Que no se den más casos como el de Lapsus Calami.

 

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