Llorar es como darse una ducha.

Te limpia, barre todo lo que tenía que salir y que por alguna razón, aún no lo ha hecho.

Mi última ducha fue gracias a “el sitio de mi recreo”, de Antonio Vega.

Tres largas y purificantes duchas.

 

Dicen que estudiar Derecho es muy bueno para la espalda.

Yo, aunque soy de letras, determinadas leyes me provocan escoliosis.

 

Saber idiomas te abre la mente. No ponerte el casco, también.

El dominio de una lengua es fundamental. El de varias ya es vicio.

 

De las redes sociales aprendí que, aunque está prohibida, la pesca de arrastre es una práctica habitual.

 

Pedirme una cerveza siempre es una buena excusa para pedirme otra más.

 

No existe carro que se mantenga sobre una sola rueda.

 

Epistemología de un “¿como estás?” recibido de madrugada. Empieza tú, que yo, cinco minutos más.

 

No conozco persona humana que pueda comerse un plátano con decoro.

 

Olvidó sobre mi hombro restos de piel seca y decenas de lágrimas que no le devolví.

 

“Vámonos a la cama”, me dijo una noche de Navidad sin regalos.

 

Los mejores abrazos me los han dado con las piernas.

 

Llegué tarde a los 80, y así con todo.

 

Algunas tardes se resumen en que pases por delante.

 

A veces me ocurre lo que a un vermut, simplemente no estoy preparado.

 

Me siento a escribir y me abro una cerveza, ¿es antes el huevo o la gallina?

Me siento bien, sobre todo si el sofá es cómodo.

 

Nunca esperes algo o acabarás retrasándote.

Me despido hasta el siguiente chaparrón, que llegará cuando llegue, aunque el día esté claro.

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