Lo reconozco, llevo demasiado tiempo hablando y hace mucho calor. La ración de ensaladilla rusa del expositor de tapas del bar tiene una mosca muerta dentro. Probablemente el dueño la haya dejado ahí para dar un mensaje a las demás. Fran, frente a mí, deja que su mirada se pierda en algún punto por encima de mi hombro derecho.

Fran es mi editor, amigo, agente, publicista y sufridor. Estamos en Madrid, y la presentación de mi novela ha transcurrido por debajo de unas (quizá demasiado) altas expectativas forjadas en la mente de dos chicos de provincia. Gastos notablemente por encima de ingresos. Público mediano, aunque entregado. Algún librero conocido que al final no ha asistido pero que nos ha dejado su tarjeta por mediación de otra persona. Promesas blandas, alcohol y noche tropical. Pero lo que importa ahora es que estoy llegando al clímax de mi exposición. Intento hacerle ver que la literatura debe de ser la máxima expresión de la sencillez.

—¿Sabes en qué se diferencia un escritor de verdad de un junta letras? —pregunto solemne y me pongo en espera, conteniendo mi propia efervescencia.

—¿Te has fijado en esa chica? —añade él. Fran tiene una manía que me saca de quicio: arruinar el orgasmo de todas mis argumentaciones.

—¿Cómo? ¿Qué? —me mareo, tengo ganas de pegarle.

—Mírala. Tiene la cara más pequeña que he visto en mi vida.

Parece que la chica está justo en ese punto por encima de mi hombro derecho donde él ha fijado la vista durante el transcurso de mi monólogo. Me giro. Tiene razón. Es la chica con la cara más pequeña que he visto en toda mi vida. No me refiero a la cabeza; la cabeza es normal. Es la cara la que es anormalmente pequeña; una rara pieza de arte creada para romper los cánones de la proporción. Sentada al fondo de la barra, mordisquea un trozo de tortilla seca y excesivamente amarilla.

—Es… es increíble —digo aturdido—. No lo entiendo.

—Su rostro es la máxima expresión del minimalismo.

—Tengo que escribir sobre ella.

—Está con un tío, ha ido al baño.

—¿Te has fijado en él?

—No, estaba de espaldas.

—Dios, ¿cómo será? Necesito saberlo.

Imagínate un rostro al que le sobra mucho espacio pero que aún así, lo tiene todo. Algo tan sencillo y mínimo que a su vez trasciende. La mujer con la cara más pequeña que he visto en mi vida termina de roer la tortilla, empuja el plato hacia la barra y se limpia la boca con un pedacito de papel minúsculo. Tomo notas de audio en el móvil. Fran se lía un cigarrillo. Levanto la mano y pido otra ronda.

—Dos cervezas más, y lo que se haya tomado la chica del fondo y su acompañante, anótamelo. Pago yo —le digo al camarero.

—¿Está seguro?

—Jamás lo he estado tanto.

—De acuerdo.

Fran y yo reanudamos la charla, pero yo no he regresado del todo. Sigo bajo los violentos efectos de la belleza.

—Es precisamente de lo que te estaba hablando, Fran. Utilizarás siempre la palabra más sencilla, decía Salinger. Elimina, suprime, tacha, sólo así llegarás a la esencia, le repetía continuamente a Carver su editor. Y mira lo que consiguieron crear, lo mismo que la naturaleza ha hecho con esta chica. La piedra en bruto de la belleza, la sencillez, el arte. Ahora en la literatura se lleva la redundancia, cargar las frases de adjetivos y metáforas, dar peso al vacío otorgando sentimientos a cosas inertes, la exageración.

—Tienes que ver esto —dice Fran arqueando las cejas y señalando al fondo de la barra—la tía bebe cerveza desde el botellín con una pajita—. Fran ríe. Es curioso comprobar que incluso el cuello de un quinto de cerveza se presenta como un pozo para sus finos labios. Luego, al comprobar mi enfado, aporta algo a la conversación—. Lo sencillo triunfó para Carver y Salinger porque a su vez, la época que les tocó vivir, tanto a ellos como a sus potenciales lectores, también lo era. La familia, el trabajo y tu hogar. No había más, y a su vez, todo te venía en un pack indiscutible. Los de ahora son tiempos complicados, querido amigo, y tu labor como escritor es reflejarlo lo mejor que puedas en tus historias. Tus lectores quieren algo con lo que se identifiquen: caos, complicación y grandes dosis de absurdo. Ese es el camino.

—No creo que la actualidad marque las normas de la literatura, no estamos para escribir la historia. Además, la historia con mayúsculas la escriben los vencedores y la literatura siempre llevará el signo de quienes han fracasado de alguna forma. Yo pienso que…

—¡No te lo vas a creer! —Fran vuelve a arruinar mi orgasmo. Aprieto los dientes y cierro el puño— Mira.

El acompañante de la mujer con la cara más pequeña que he visto en mi vida sale del baño. Tiemblo. Es su antítesis. Todo su rostro es una exageración. No hay un sitio libre. No cabe la nariz, las orejas se despliegan hacia el exterior como si los ojos empujasen hacia fuera, la mandíbula es como un trampolín desde el que los dientes quieren saltar al vacío. Cruzan dos o tres palabras, hacen un gesto al camarero, y éste, nos señala. La expresión de sorpresa en cada uno de ellos queda reflejada de manera directamente proporcional al espacio que queda libe en sus caras. Me miran. Tengo miedo, como si estuviera frente a unos extraterrestres. Mientras se acercan lentamente, rezo para que vengan en son de paz.

—Esto es lo que intentaba decirte antes, pero no me dejabas—dice Fran en tono bajo y apurado—. Esto es lo que debe de ser la literatura. Absurda, irónica y desproporcionada. Hiriente y rompedora—consigue pronunciar la última palabra justo antes de que la pareja se plante frente a mí.

—Muchas gracias, nos ha sorprendido su generosidad. Uno no se topa con gestos así todos los días. ¿podemos saber el motivo?

Ha hablado él, con ronco acento del sur y toda la carne de su cara bailando al son de sus palabras. Ella se ha limitado a sonreír de la manera más pequeña que he visto en mi vida.

No sé qué decir.

—Soy escritor, y de alguna manera me habéis inspirado. Aún no se decir cómo ni para qué, pero lo habéis hecho. Pagar vuestra cuenta es lo menos que podía hacer.

—¡Oh, eso es todo un honor para nosotros! —canturrea ella abrazándose a él por un costado.

—En fin, pues gracias y que le vaya bien en la vida —dice él.

—Puedo… ¿puedo pediros una cosa?

—Por su puesto.

—No sé muy bien cómo decir esto sin que suene raro, pero… ¿podríais besaros?

Cruzan miradas.

—¿A qué tipo de beso te refieres? —pregunta ella.

—A un beso de pareja, un beso de amor.

Ríen. El todo y la nada.

—Me temo que eso sería un tanto inapropiado, señor. Somos hermanos.

Fran da una palmada para contener la explosión de sorpresa y me asusta.

—Oh…

Es todo lo que puedo llegar a pronunciar.

Se despiden, agradeciendo una vez más la invitación.

El camarero se acerca con la cuenta.

Setenta y ocho euros con treinta y cinco.

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