Llevo semanas de anacoreta moderno en mi refugio. Con esto quiero decir que estoy solo en plena naturaleza pero conectado al mundo, y claro, se me agolpan los pensamientos en la cabeza. Estos días, entre otras cosas, he leído, escuchado y sufrido sobre el asunto de las canciones del verano. No puedo hablar con nadie o exponer lo que siento a un tercero aunque sea de manera breve a modo de bufido, por lo tanto, antes de acabar en la rotonda de abajo gritando a los coches que salen del pueblo dirección a la capital de la cultura europea, utilizo esta plataforma para expulsarlos casi quirúrgicamente de mis meninges antes de que éstas se inflamen y corran el riesgo de explotar.

Nota importante: Lo que aquí voy a exponer surge del debate que se ha generado a consecuencia de la propuesta del Instituto Vasco de la Mujer, no sobre la propuesta en sí. Repito y reitero, es sobre lo que se ha dicho en redes sociales y en medios de comunicación y sobre lo que yo opino acerca de ello.

Punto de partida: El Instituto Vasco de la Mujer ha sugerido, y esto es muy importante ya que sólo se trata de una propuesta, una serie de canciones para las fiestas patronales como alternativa a la típica playlist de canciones veraniegas. Esto es todo amigos. No voy a entrar en debates de superficie sobre si “Quiero ser una zorra” de Las Vulpes o “La mataré” de Loquillo son canciones más o menos ofensivas que “Me enamoré” de Shakira o “Despacito” de Fonsi. No lo haré porque estamos hablando de entretenimiento, música y diversas formas de expresión más o menos “artística”, y creo que los ítems que entran en ese saco (tampoco quiero debatir sobre su amplitud) ocupan un espacio que, en condiciones normales de salud mental, espiritual, social y política, distan mucho de influir directamente sobre el comportamiento humano. ¿Se me entiende? Fíjate en que he distinguido entre cuatro tipos de salud.

Ejemplos de accidentes y tragedias derivados de fallos en los diversos tipos de salud:

—Mental: Un adolescente aficionado a los videojuegos entra en clase con una catana y se cree el protagonista del Final Fantasy.

—Espiritual: Unas caricaturas de Mahoma publicadas en una revista satírica son el detonante de un brutal ataque a la sede de Charlie Hebdo.

—Político/Social: Federico García Lorca, la persecución de la canción protesta durante el régimen franquista, la caza de brujas del senador McCarthy en el Hollywood de los años 50, etc.

Vale, aclarado esto y partiendo desde una base en la que se presupone que cualquier forma de entretenimiento y expresion artística, en términos generales y dejando a un lado excepciones y contextos político sociales, no tiene influencia directa sobre el comportamiento humano, considero la propuesta del Instituto Vasco de la Mujer adecuada y positiva. Es una propuesta, una alternativa que ofrece una serie de canciones que no cosifican a la mujer, que no la ofrecen como un adorno, como un objeto sexual, etc. Creo que hay que ser muy burro y vivir muy dentro de la caverna para oponerse frontalmente a eso. Frente a unas canciones que ofrecen un mensaje monocorde, se ofrecen otras con otro mensaje.

Vamos llegando al punto que a mí me interesa debatir: el mensaje y la importancia que a éste se le otorga. Situémonos en un recinto cualquiera de unas fiestas patronales de Euskadi a determinada hora de la noche y en el que se goza de buen estado de salud en las cuatro vertientes que antes he descrito. Kalimotxo de más, kalimotxo de menos, opiáceo arriba, opiáceo abajo, suena por los altavoces 4babys de Maluma. ¿Son los tres o cuatro minutos que puede durar la canción una luz verde o un escenario abierto para que suceda una agresión sexual? Al igual que he dicho antes, hay que ser muy burro y vivir muy dentro de la caverna para pensar tal cosa. Ya sé que el Instituto Vasco de la Mujer no piensa eso, ya sé que las desgracias suceden y los desgraciados existen, y que en ocasiones tan sólo hace falta una chispa para que la mente de un depravado se ponga en marcha y se comentan atrocidades, lo sé, no he nacido ayer, llevo media vida frecuentando diversos ambientes de la noche y he visto de todo.

Vayamos al grano. Si realmente hay miedo a que esto suceda, si hemos llegado al punto en el que debido a unas cuantas canciones efímeras se configure un contexto favorable para que se cometa una agresión sexual, estamos ante un grave problema estructural de educación. Ese es el debate de fondo que yo percibo y que no he visto por ninguna parte, ni en redes sociales ni en medios de comunicación. He escuchado algo parecido a que “hay un interesante debate en el trasfondo del asunto que daría para un programa entero”, pero no he visto ni siquiera una breve presentación del mismo. Bueno, espera que piense… Tal vez sí que me haya topado alguna vez con un debate sobre la educación, pero éste se ve inmediatamente interrumpido cuando irrumpe en el foro un concepto que siempre se pronuncia de manera exaltada, clamando al cielo con voraces gestos y el rostro enrojecido por la preocupación: ¡los jóvenes! ¿Qué sociedad les estamos dejando? Los que tienen más de treinta ya no tienen solución, pero… ¡¿Y los menores?! ¡¿Cómo no va a haber embarazos prematuros, violaciones, consumo de drogas y muertes entre los menores si existen aberraciones como el reggeton y programas como HMYV?! Entonces yo, atónito, compruebo cómo de pronto todo está permitido; cómo todo lo que sea ajeno a la educación y a la fuente principal de donde ésta debe manar la cual no es otra que los progenitores, es la culpable de todos los males. Al grito de “¡¿pero es que nadie piensa en los niños?!” se promulgan una serie de consignas aterradoras que flaco favor hacen a la educación de los mismos y desprenden de toda responsabilidad a los verdaderos protagonistas y agentes del futuro de los menores: los padres. Los pantalones cortos, ¡retírense inmediatamente de las tiendas! Las canciones, textos, películas y programas de televisión que tengan cualquier tipo de contenido sensual, ¡elimínense! Porque todo eso es lo que incita al joven a desviarse de su recto camino, no el pensamiento crítico y el uso del sentido común que sus padres han debido inculcar a su retoño antes de que éste salte al ruedo y se tope con el mundo real.

Vuelvo a repetir el argumento inicial de este artículo: estamos ante un grave y estructural problema de educación. 

Permitidme que ahora me ponga el uniforme de sociólogo; al fin y al cabo, aunque no lo parezca, es lo que soy. Pertenezco a una generación de corte que se ha criado entre dos aguas y que ha podido sentir en sus carnes cierto cambio social en directo. ¿Sabes cuando estás en un pueblo tan fronterizo en el que tan sólo con dar unos pasos entras y sales de lleno en un país o en otro? Ese soy yo, y como tal, he asistido a la delegación de la educación de los hijos cada vez a estamentos más y más complementarios. A mí y a los de mi quinta nos educaron nuestros padres (mejor o peor), y cuando la liábamos en el colegio y llamaban a nuestros padres al despacho del jefe de estudios, ellos escuchaban, se disculpaban, entendían que algo habían hecho mal y luego nos caía nuestra bronca en casa. En pocos años se pasó a escuchar poco al jefe de estudios y echarle a él la culpa, porque algo habían hecho mal en el colegio “puesto que por eso pagamos, para que tú le eduques”. En menos tiempo aún se llegó al punto de que el chaval le partiese la cara al jefe de estudios, a cualquier forma de autoridad e incluso a los padres, quienes desesperados y sin saber qué hacer, llamaban a la super nany o a un hermano mayor, metiendo cámaras de televisión en su cuarto y alargando su cresta de gallito del barrio a todo el país. ¿Estamos a punto de delegar la educación a un estamento aún más inferior si cabe? ¿Vamos a llegar al extremo de afirmar sin ningún pudor que la culpa es de Fonsi o Maluma?

Sinceramente, espero que no.

Me parece estupendo que se debata sobre los mensajes que puedan existir de manera implícita o explicita en diversas formas de expresión artística o en las diferentes formas de entretenimiento, pero no caigamos en el error de tachar a Nabokov de pederasta, ni mucho menos emprender un camino hacia un contexto social enfermo que elimine todo mensaje o suprima el que no parezca adecuado según sople el viento, y afrontemos de una vez por todas la raíz del asunto: estamos ante un grave y estructural problema de educación que no se soluciona delegando responsabilidad en agentes complementarios y factores externos.

 

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