El día de hoy se parece a esas latas de refresco de marca blanca que, por estar fuera del pack separadas de sus gemelas, te las encuentras en esa estantería de “lo raro” a un precio especial. Un consumidor normal pensaría que si no se vende junto a las demás será por algo que, generalmente, no le conviene. El caso es que a mí, salvo en el sexo, siempre me ha gustado todo lo que no encaja. Incluso te confesaré una cosa: soy mucho más capaz de distinguir la belleza o el atractivo de algo que no encaja que de cualquier cosa que se me presente en cadena junto a un número limitado de copias idénticas.

Martes como los de hoy, de usar y tirar, me apetecen especialmente.

Hoy me he levantado algo más tarde de lo normal, lo suficiente para ver que, si no me daba prisa y empezaba el día ajetreado y de mal humor, llegaría tarde al trabajo.

Pues bien, he empezado el día ajetreado y de mal humor y a pesar de que me he dado prisa he llegado tarde al trabajo. Además, he perdido el bus y he tenido que ir andando y llovía y la humedad del ambiente era tal calado que se hubiera podido cultivar arroz en las jardineras de las plazas. En la oficina, me ha recibido un día gris y rutinario, falto de de sal y especias; comida de hospital para un martes cualquiera.

Luego he llegado a casa, me he servido unas sobras recalentadas y después me he quedado dormido en el sofá leyendo la última de Repila; lo que se ha traducido en un dolor de cuello impresionante. Lluvia en los cristales, boca pastosa y tos; un horizonte falto de ganas.

Pensarás que soy masoquista o imbécil o raro incluso todo a la vez. Te imagino diciendo para tus adentros: “Ay… este pobre hombre… qué gustos más raros tiene”.

Martes como los de hoy, martes desechables que no funcionan, son mis preferidos, porque sacados del pack, alejados de sus hermanos lunes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo, y expuestos en esa estantería de “lo raro” que es el supermercado del día a día, atraen toda mi atención y me obligan a fijarme en lo mínimo, en lo más pequeño. Y es por eso por lo que estoy ahora frente al ordenador, compartiendo esto contigo, porque de no ser por ello, no me habría fijado en un detalle precioso al que he asistido esta mañana cuando caminaba por una calle solitaria y degradada de mi ciudad que, además de a todos los prostíbulos de una época pasada, conduce a mi oficina. He asistido al maravilloso espectáculo que es “El Apagado De Las Farolas”. Ese demoledor parpadeo que sucede cuando el amanecer deja paso a la mañana y parece que todo lo que es ciudad se cae un poco hacia abajo. Ese ceda el paso que tiene el alba sobre el día. Ese oh, vaya, que se te cuela dentro como un dardo. ¿Sabes a lo que me refiero? Todas las farolas que han iluminado la ciudad durante la noche acaban su jornada laboral dejando paso al sol y éste, que aún no está en su mejor momento, permite que suceda un magnífico momento imperfecto que, si no estás tan jodidamente mal de la cabeza como yo, no sabrás apreciar jamás.

Así y todo, con la energía que me dan dos latas de Voll-Dam y un cigarrillo liado, te lo dejo aquí vomitado de la mejor forma que puedo, porque no puedo salir a la calle con esto dentro.

He dicho.

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