Sólo tengo dos cervezas. Me he sentado frente al ordenador. Son las 18:49 de un domingo de febrero.

Llueve y hace viento y ya casi es noche cerrada. Desde el salón abovedado donde escribo y bebo y de vez en cuando me lío un cigarrillo, las luces de la ciudad son como certeros golpes de vida.

Sólo tengo dos cervezas, así que antes de que tenga que bajar al chino de la esquina para comprar más, espero a que me salga algo lo suficientemente decente como para publicarlo en el blog.

El otro día escuché a un escritor super ventas decir que nunca se debe empezar un texto hablando del día que es y el tiempo que hace. “Eso son lugares comunes, conversaciones de ascensor”, decía el escritor con su tono de super ventas. Yo tampoco quiero hablar aquí de lugares comunes ni caer en conversaciones de ascensor, así que dejaré de hablar de escritores super ventas.

Se oyen las gotas de lluvia sobre el tejado exactamente igual que cuando pasaba las noches en la furgoneta próximo a la orilla del mar, con mis tablas de surf como compañeras de cama. Sigo siendo aquel, pero muy diferente; esa me parece la forma más acertada de utilizar la manida frase “sigo siendo el mismo”.

Me he duchado, arreglado la barba, vestido, me he abierto una de las dos cervezas que tengo y me he sentado a escribir, sin obligaciones, a ver qué salía.

Ha habido, la verdad, cierto tinte ritual en la preparatoria, como el asesino que se asea y se viste con sus mejores galas para pasar su última noche en el corredor de la muerte. No he pedido última cena.  También cierto olor a combate, quizá un lejano sabor a reto. Estoy preparado para lo que venga, por duro que sea, puesto que no hay enemigo más difícil de combatir que la nada.

Sólo tengo una cerveza, me he liado otro cigarrillo y el sonido pastoso de los neumáticos de los coches sobre el asfalto mojado me sabe a verde oscuro. Me han llegado tres mensajes y varias notificaciones de Facebook e Instagram; en tuiter estáis todos tristes. Cuenta la leyenda que hubo alguien, una vez, que consiguió darse de baja de las alertas de Infojobs.

Las gaviotas no entienden la noche de esta ciudad y desde que llevo en esta casa no me he topado con ningún insecto.

Una parte de mí desea verme en el sofá, soportando el inmenso peso de la última novela de Guillermo Arriaga, pero la húmeda oscuridad de ahí fuera se yergue frente a mí como un blando desafío.

Sólo tengo media cerveza y antes de caer en lugares comunes y hablar de vasos medio rotos, ascensores o escritores de nombre vulgar, prefiero bajar a la calle y regalarte esto que me acabo de sacar de la manga tras beberme las dos cervezas que tenía.

Es un domingo de febrero a las 19:29, noche cerrada y lluviosa con aproximadamente 12ºC y 60% de humildad relativa.

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