Posts tagged asier triguero

Universo Hank. Sube.

 

Hola, me llamo Hank y hace años sufrí un accidente cuando trabajaba como repartidor para UPS. Perdí dos dedos del pie izquierdo, concretamente los dos que crecen junto al pequeño, pero las lesiones no me impiden hacer vida normal. Es más, me atrevo a decir que la única secuela que me ha quedado es que mi vida ha mejorado considerablemente desde que perdí el control del camión que conducía y éste se salió de la calzada. Aquel día los envíos no llegaron a su hora, y a su vez, mi vida dio un giro radical hacia mejor. En el accidente, afortunadamente, no se vieron implicados más conductores y aunque fue leve, por unos segundos vi la muerte de cerca. Cubría la zona que va de Oxnard a Santa Bárbara. Vivo a medio trayecto, en un pueblo tranquilo y costero que se llama Ventura. Te sorprenderá saber que los repartidores que realizan rutas cortas, como era mi caso, conducen camiones que no tienen puertas, pero créeme si te digo que en días de mucho calor eso es algo que se agradece. El asiento del conductor está ubicado en medio de la cabina y los cinturones de seguridad son muy incómodos, ya que caen sobre los hombros al estilo de las sujeciones que tienen las banquetas de una montaña rusa. Odiaba ponerme esos malditos cinturones. A menudo, haciendo gala de mi imprudencia, viajaba sin ellos. ¿Qué me podía ocurrir en un trayecto que era capaz de recorrer con los ojos cerrados y cuyo límite de velocidad eran ochenta kilómetros por hora? En resumidas cuentas, salí disparado por el lado derecho con la mala suerte de que se me quedó el pie enganchado bajo el pedal del freno, amputándome dos dedos. ¿He mencionado que acostumbraba a conducir descalzo?
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1×04. Ellos serán tus negros. El día en que conocí Twitter.

 

Anteriormente en El Día en que Conocí Twitter…

A Xoxanna le entró la vena mística y comenzó a pensar en el Destino por haber conocido al Director de Cine, que al final sí que les ha dado trabajo, pero pronto se le pasó.

Si quieres saber por qué y muchas cosas más, ponte al día aquí: 1×01 / 1×02 / 1×03

 

 Créditos de apertura de El Día en que Conocí Twitter…

‘Una pareja capaz de todo con tal de conseguir un trabajo anormal’

#ElDiaEnQueConociTwitter

 

1×04

Ellos serán tus negros 

INTRODUCCIÓN.

 

Un plató de televisión hace casi tres años. Un joven actor, la revelación de turno. Ahora da igual su cara, pero entonces nadie lo dudaba: era el Actor Perfecto. Había firmado el contrato ideal en el momento adecuado y su mentor, El Director de Cine, sentado a su lado en el mismo sillón, lo miraba como si éste fuese su posesión más preciada. Frente a ellos, el más famoso de los presentadores.

La película había batido récords de taquilla; todo un hito en la historia del cine español. Prácticamente al inicio de la entrevista y tras una desenfadada introducción que dejaba claro lo mucho de moda que estaban los invitados del día, el presentador preguntó a la joven promesa: “Has pasado de actuar en bares haciendo monólogos y de que te conocieran más que nada por el boca a boca, a tener una cuenta  de twitter con más de doscientos mil seguidores, ¿cómo se lleva eso?” El Actor Perfecto, como si de pronto hubiera sido alcanzado por una gripe, palideció, comenzó a sudar, incluso a tiritar levemente y finalmente contestó: “Mal, muy mal”. El entrevistador, creyéndose consciente del motivo de la respuesta, añadió: “Asusta, ¿es por eso, no?” Y se fijó en las gotas de sudor que perlaban su frente. Entonces, el Actor Perfecto, como si estuviese confesando la mayor de sus vergüenzas, concretó con sinceridad: “No, porque son pocos. Porque son muy pocos”. Y rompió a llorar. Read More

Giro de guión

Abre los ojos y al instante, ya sabe lo que será de él hasta que vuelva a cerrarlos. Eso es un hecho que desde hace tiempo, quizá demasiado, lo perturba. No hay diferencia alguna en sus días. Nada más despertarse la sensación de hastío es muy fuerte, pero luego, como si de un sueño cualquiera se tratase, se va difuminando a medida en que sus actos, involuntarios, le entregan a la rutina.

Dos trajes, cuatro camisas, tres corbatas y dos pares de zapatos exactamente iguales, definen su semana laboral. Ensalada los lunes, pescado los martes, carne con verduras los miércoles, legumbres los jueves y comida china los viernes. Los sábados por la mañana sale a pasear y por la tarde, lee novelas negras. El domingo por la mañana va al gimnasio y por la tarde, ve alguna que otra película. Soltero. Sin hijos. Vive solo. Cuarenta y seis años. Sus vecinos y compañeros de trabajo lo definirían como una persona normal.
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Bell

Conocí a Bell en un bar de carretera, hace unos meses. Entré porque me pareció un lugar perfecto para beber solo, pero ella estaba allí como recién llegada de un sitio lejano; sus caderas posadas sobre un taburete como dos nubes de agosto. Me fascinan las mujeres que beben solas en la barra de los bares, son como una eterna pregunta que juega a esconderse de toda contestación, y sin lugar a dudas, yo caí de lleno en el juego. Lo más peligroso de Bell, a parte de sus labios y sus piernas y sus tejanos rotos, era la facilidad con la que convertía cualquier cosa en una buena idea.
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Centenarios

Es un plaza de un barrio degradado. Las calles que la rodean, a diferencia de los viandantes, conocieron tiempos mejores. En mitad del cemento, aburrido, florece un cerezo a destiempo. Un barrendero que luce con desgana colores fosforitos recoge pétalos del suelo, y el árido sonido de su escoba marca el compás de una mañana de primavera. En un banco, una anciana acompañada quizás por su hijo, comparte el eterno silencio de los que ya nada se tienen que decir y tan sólo esperan. En otro, un senegalés habla a gritos en wólof por Skype. Sobre el podio central de piedra fría que tiene dibujado a tiza un arcoíris que resiste al clima, dos chicas adolescentes con velo pasan el dedo por sus smartphones y ríen de vez en cuando. El lugar es punto de reunión para vecinos, ya que ofrece una débil red wifi abierta a un público con poco que contar, puesto que aquí, lo que sucede, sale en las páginas feas del periódico.
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Gotas de lluvia (II)

 

Perder el juicio no es para tanto, peor es un dolor de muelas o tener que pagar las costas.

Son las 2:20 de un miércoles; no puedo dormir y pienso en Andrés Pajares.

Eh, tío, tranquilo, que no tengo nada contra mí.

Si quieres destruirte rápido no tomes drogas, intenta caerle bien a todo el mundo.

 …

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Me siento raro, pero no es por nada de esto.

Hola, ¿qué tal? Yo aquí de nuevo, con mis cosas.

Hoy es domingo, 19 de febrero, son las 17:55 y me siento raro.

Ni bien ni mal, sino raro.

No es porque te llame y no me cojas el teléfono, o porque sea domingo y no sople sobre mi frente ni una brizna de resaca.

No creo que sea porque he regresado a los estudios tras varios años. Por mucho que me haya descubierto tiernamente ridículo sentado a la mesa de mi salón, subrayador fosforito en mano y con la mente distraída saltando del Real Decreto Ley 13/2010 a tus tuits, de los diferentes niveles de intervención socio laboral a tu nuevo corte de pelo en Instagram, o de la última vez que nos saludamos a mordiscos sobre el sofá a me voy a hacer otro café a ver si me concentro de una puta vez ya; lo siento, pero no creo que sea por nada de eso.
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Salvo en el sexo, siempre me ha gustado todo lo que no encaja.

El día de hoy se parece a esas latas de refresco de marca blanca que, por estar fuera del pack separadas de sus gemelas, te las encuentras en esa estantería de “lo raro” a un precio especial. Un consumidor normal pensaría que si no se vende junto a las demás será por algo que, generalmente, no le conviene. El caso es que a mí, salvo en el sexo, siempre me ha gustado todo lo que no encaja. Incluso te confesaré una cosa: soy mucho más capaz de distinguir la belleza o el atractivo de algo que no encaja que de cualquier cosa que se me presente en cadena junto a un número limitado de copias idénticas.

Martes como los de hoy, de usar y tirar, me apetecen especialmente.
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Sólo tengo dos cervezas.

Sólo tengo dos cervezas. Me he sentado frente al ordenador. Son las 18:49 de un domingo de febrero.

Llueve y hace viento y ya casi es noche cerrada. Desde el salón abovedado donde escribo y bebo y de vez en cuando me lío un cigarrillo, las luces de la ciudad son como certeros golpes de vida.

Sólo tengo dos cervezas, así que antes de que tenga que bajar al chino de la esquina para comprar más, espero a que me salga algo lo suficientemente decente como para publicarlo en el blog.

El otro día escuché a un escritor super ventas decir que nunca se debe empezar un texto hablando del día que es y el tiempo que hace. “Eso son lugares comunes, conversaciones de ascensor”, decía el escritor con su tono de super ventas. Yo tampoco quiero hablar aquí de lugares comunes ni caer en conversaciones de ascensor, así que dejaré de hablar de escritores super ventas. Read More

Escribir es un acto de locura.

Escribir es un acto de locura.

No es egocentrismo. Poco tiene que ver con la entrega o con la sobre exposición de tus intimidades ante los demás. Quien afirme que se trata de una suerte de terapia en la que el firmante  intenta sanar sus heridas transformándolas en ficción, está muy equivocado. Y por favor, nada más alejado de la voluntad de confesar al lector sus pecados convirtiendo la lectura en una forma de redención.

En la escritura, tal y como yo la entiendo, no intervienen más factores que la mente lisiada del escritor y una pantalla de ordenador. Es la obligación de luchar con tus propios monstruos encerrándote en una habitación (tu mente) que juega a ocultarte la salida. El morbo de ver quién sale vivo de allí. La ansiedad de no saber si serás el mismo tras la contienda. La locura, sí, la de escribir, pero también la de dudar en todo momento si conseguiste salir a hombros y por la puerta grande o, si por el contrario, aún sigues atrapado.

Escribir es un acto de locura porque grapa los dos folios que componen tu mente, consciente y subconsciente, y los entrega formando parte del mismo informe. No es un acto voluntario, controlable, como conducir o cocinar. Read More