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La chica con la cara más pequeña que he visto en mi vida.

Lo reconozco, llevo demasiado tiempo hablando y hace mucho calor. La ración de ensaladilla rusa del expositor de tapas del bar tiene una mosca muerta dentro. Probablemente el dueño la haya dejado ahí para dar un mensaje a las demás. Fran, frente a mí, deja que su mirada se pierda en algún punto por encima de mi hombro derecho.

Fran es mi editor, amigo, agente, publicista y sufridor. Estamos en Madrid, y la presentación de mi novela ha transcurrido por debajo de unas (quizá demasiado) altas expectativas forjadas en la mente de dos chicos de provincia. Gastos notablemente por encima de ingresos. Público mediano, aunque entregado. Algún librero conocido que al final no ha asistido pero que nos ha dejado su tarjeta por mediación de otra persona. Promesas blandas, alcohol y noche tropical. Pero lo que importa ahora es que estoy llegando al clímax de mi exposición. Intento hacerle ver que la literatura debe de ser la máxima expresión de la sencillez. Read More

Giro de guión

Abre los ojos y al instante, ya sabe lo que será de él hasta que vuelva a cerrarlos. Eso es un hecho que desde hace tiempo, quizá demasiado, lo perturba. No hay diferencia alguna en sus días. Nada más despertarse la sensación de hastío es muy fuerte, pero luego, como si de un sueño cualquiera se tratase, se va difuminando a medida en que sus actos, involuntarios, le entregan a la rutina.

Dos trajes, cuatro camisas, tres corbatas y dos pares de zapatos exactamente iguales, definen su semana laboral. Ensalada los lunes, pescado los martes, carne con verduras los miércoles, legumbres los jueves y comida china los viernes. Los sábados por la mañana sale a pasear y por la tarde, lee novelas negras. El domingo por la mañana va al gimnasio y por la tarde, ve alguna que otra película. Soltero. Sin hijos. Vive solo. Cuarenta y seis años. Sus vecinos y compañeros de trabajo lo definirían como una persona normal.
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Bell

Conocí a Bell en un bar de carretera, hace unos meses. Entré porque me pareció un lugar perfecto para beber solo, pero ella estaba allí como recién llegada de un sitio lejano; sus caderas posadas sobre un taburete como dos nubes de agosto. Me fascinan las mujeres que beben solas en la barra de los bares, son como una eterna pregunta que juega a esconderse de toda contestación, y sin lugar a dudas, yo caí de lleno en el juego. Lo más peligroso de Bell, a parte de sus labios y sus piernas y sus tejanos rotos, era la facilidad con la que convertía cualquier cosa en una buena idea.
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Borderline

Imagínate algún lugar de la parte sur de California. Vale.

Tengo unas terribles ganas de mear. Estoy en la terraza de un garito de mala muerte, llevo cinco pintas y setenta y seis páginas de una novela de Bukowski que en su día leí traducida, pero encajo mejor los puñetazos directos al hígado que destila en cada frase si los recibo en su idioma materno; además, es una extraña edición. La zona es tétrica y decadente, la gente auténtica y los bares, aún más. Tengo una cama, cuatro paredes y un techo a dos pasos de aquí.

Siento una gran bolsa de pis que me llega hasta el ombligo y me presiona el duodeno desde hace treinta y dos páginas. Por fin llego a un punto y aparte. Me levanto con toda la dignidad que me queda y entro tambaleándome en el bar con las manos por delante, como si anduviese a oscuras por un pasillo lleno de telarañas o con el mismo estilo del que es sorprendido por un huracán cuando baja a sacar la basura con su peor chandal.

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Gente sencilla

Hora punta en el metro. La gente sencilla sale de sus trabajos. Una señora viaja sentada en un asiento de los plegables y habla sola, ofreciendo pequeñas partes de su vida a las barbillas de los pasajeros que, aburridas, apuntan a las iluminadas pantallas de sus smartphones. “Menudo día llevo hoy, toda la tarde de un lado para otro. He tenido que dejar el ordenador en una tienda y luego he ido a comprar vainas a la otra punta de la ciudad”. Una chica sonríe ante un mensaje entrante. Un tipo trajeado repasa las cuatro noticias de última hora en un diario online. Un preadolescente sacrifica sus tímpanos al reguetón. Rutinas de la gente sencilla. “Las vainas son para mi hija que desde que se ha independizado no se alimenta bien y mañana viene a comer. Lo del ordenador es porque me gusta mucho jugar y lo rompo. Soy un desastre. ¡Ay, menudo día!”. Llevo observándola desde que he subido al vagón, tratando de averiguar, camuflado entre la multitud absorta, si en realidad se dirige a la mujer que tiene justo a su lado o, si por el contrario, es un monólogo rubricado por la soledad. Antes de llegar a mi destino compruebo que se trata de lo segundo. La gente sencilla está sola, y a la vez, harta de tratar con extraños.

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Ahí dentro no hay nadie

Mi nombre es ****** ********. Nací el 19 de Septiembre de 1972, hoy es lunes 9 de diciembre de 2013 y he almorzado lenguado meuniere a las 13:32 en el bar de enfrente de la gasolinera en la que trabajo diez horas al día, de lunes a sábado, desde hace seis años. Estaba jugoso. El color de la hierba es el verde y el del mar, el azul. Perro: Mamífero doméstico de la familia de los Cánidos, de tamaño, forma y pelaje muy diversos, según las razas. Tiene olfato muy fino y es inteligente y muy leal al hombre. Dícese también de una persona despreciable. Hoy, como todos los días a la misma hora, le he vuelto a ver.”

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Naia

Tiene siete años y su momento preferido del día sucede ahora mismo: el paseo en bicicleta que da con su padre en el asiento supletorio trasero, camino de la tienda. El otoño en la costa aún muestra su cara más dulce; los autóctonos lo llaman “verano sin turistas”. El mar ronronea satisfecho de acoger a sus vecinos en una orilla sin banderas. Naia se siente especial, abrazada a la espalda de su padre, disfrutando de todo lo que hace más presente el cálido contacto: los baches, los giros de cuello, los saludos levantando una mano del manillar… Le encanta sentir la vibración que sobre sus carrillos se transfiere a cada “Aúpa” o “Buenos días”. Suele aprovechar para adivinar a quién puede estar saludando mientras intenta no quedarse dormida de puro gusto. Con los ojos cerrados, trata de adivinar el mundo a través de los otros cuatro sentidos: el recorrido, el clima, el estado de la mar, la velocidad a la que van… se lo toma como una especie de entrenamiento. Read More

En todas las ventanas.

Hoy se cumple un año de mi torpe llegada a esta ciudad suturada por puentes en torno a la húmeda llaga del río Errobi. Me cautivaron al instante las casitas apiladas del casco antiguo que, aunque con la madera ajada en sus contra ventanas, parecen competir orgullosamente entre ellas por ser las más vistosas. Y su gente guapa, fina y con aire sofisticado a la que tan bien le sienta ser europea… Sentados en la hierba de un parque dejando el tiempo pasar, no parece que estén perdiendo el tiempo; no sé cómo lo hacen, es algo intrínseco.

Recuerdo el regusto a pistacho amargo que atravesó mi campanilla aquella tarde de mayo cuando sentí que tal vez aquí, las parejas se amen más que en otras partes. Amargo, verde rabioso y amargo es el pistacho; como amarga es la sensación de verte aún en todas la ventanas.

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El túnel

Vive en un pueblecito pesquero en el que nunca pasa nada. Quizá hayas visto ese pueblo dibujado sobre lienzo y colgado en la pared de algún restaurante de mariscos en otro pueblo parecido a éste. En otoño, con las mareas vivas, el puerto se seca dejando ver sus fondos arenosos. A ella le encanta contemplar los reflejos púrpura que el aceite de los barcos deja en la superficie del agua. Le recuerdan a las camisetas que llevaba su madre cuando era pequeña. Se pone triste cuando el puerto se seca; como si por ello también lo hiciese el recuerdo de su madre. Más allá, la carretera se extiende unas decenas de metros y se acaba, como en el decorado de los belenes navideños, en un túnel sin talento. Nunca ha visto lo que hay detrás de esa curva que gira a la izquierda y que sume en la negrura a todos los coches transportándolos al más allá.

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El día en el que la ciudad no despertó

Es lunes, 3 de octubre de 2016 a las siete y doce minutos de la mañana; la noche aún puede sobre el día. Los semáforos, ciegos a la vacuidad de las calles, organizan un tráfico invisible. Frías ráfagas de viento se saltan los ceda el paso. Una paloma, recogida y abultada en un alféizar, es testigo mudo del violento silencio que se arremolina en las esquinas. Tras el ave se erige un ventanal y a través del grueso cristal se percibe el ronco aviso de un despertador que hoy no será silenciado. Porque esta mañana, sin la censura del durmiente, todas las alarmas proclaman al mundo lo que valen en una alharaca de timbres y pitos que sacude la quietud de las habitaciones. Hoy no habrá jefe al que acudir con una acalorada disculpa, ni buses, ni trenes, ni aviones que perder, porque hoy, es el día en el que la ciudad no va a despertar. Pronto las farolas se apagarán en un parpadeo imperceptible para nadie. Las bocas no bostezarán, los brazos no se estirarán, los amantes que aún queden no se abrazarán para ser conscientes de sus cuerpos durante dos minutitos más. No olerá a café, ni habrá noticias.

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