Posts tagged cuentos

Universo Hank. Sube.

 

Hola, me llamo Hank y hace años sufrí un accidente cuando trabajaba como repartidor para UPS. Perdí dos dedos del pie izquierdo, concretamente los dos que crecen junto al pequeño, pero las lesiones no me impiden hacer vida normal. Es más, me atrevo a decir que la única secuela que me ha quedado es que mi vida ha mejorado considerablemente desde que perdí el control del camión que conducía y éste se salió de la calzada. Aquel día los envíos no llegaron a su hora, y a su vez, mi vida dio un giro radical hacia mejor. En el accidente, afortunadamente, no se vieron implicados más conductores y aunque fue leve, por unos segundos vi la muerte de cerca. Cubría la zona que va de Oxnard a Santa Bárbara. Vivo a medio trayecto, en un pueblo tranquilo y costero que se llama Ventura. Te sorprenderá saber que los repartidores que realizan rutas cortas, como era mi caso, conducen camiones que no tienen puertas, pero créeme si te digo que en días de mucho calor eso es algo que se agradece. El asiento del conductor está ubicado en medio de la cabina y los cinturones de seguridad son muy incómodos, ya que caen sobre los hombros al estilo de las sujeciones que tienen las banquetas de una montaña rusa. Odiaba ponerme esos malditos cinturones. A menudo, haciendo gala de mi imprudencia, viajaba sin ellos. ¿Qué me podía ocurrir en un trayecto que era capaz de recorrer con los ojos cerrados y cuyo límite de velocidad eran ochenta kilómetros por hora? En resumidas cuentas, salí disparado por el lado derecho con la mala suerte de que se me quedó el pie enganchado bajo el pedal del freno, amputándome dos dedos. ¿He mencionado que acostumbraba a conducir descalzo?
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1×06. Cosas que un padre no puede tolerar. El día en que conocí Twitter.

 

Anteriormente en El Día en que Conocí Twitter…

Xoxanna y su novio despiertan uno en cada punta de la ciudad y no se acuerdan de mucho de lo que pasó en la fiesta de ayer. Mafias chinas del queso Idiazabal, orgías y una promesa secreta con unos importantes magnates del cine para la producción de una película… No se acuerdan de nada, pero poco a poco y a lo largo del capítulo, van surgiendo pistas que les van arrojando luz sobre el caos de la noche anterior.

Si tú tampoco recuerdas nada, actualízate aquí, que ya va siendo hora.

Créditos de apertura de El Día en que Conocí Twitter…

#ElDíaEnQueConocíTwitter

 

1×06

Cosas que un padre no puede tolerar

 

INTRODUCCIÓN

Cambio de tercio.

 

¿Conocéis el concepto resaca vergonzante? No tenéis por qué. Me lo inventé hace tiempo y no puse mucho empeño en su difusión; además, creo que no hace falta ser filólogo para deducir su significado. Pues bien, hace tiempo que la ciudad entera parece estar afectada por una resaca vergonzante. Las fachadas de las casas, despeinadas y sudorosas, bajan la vista entornando las persianas a mi paso. La acera se siente obesa y cree que todo a su alrededor es basura; padece embotamiento nervioso.

Voy a dejar de decir estupideces. Algo grave y que me incumbe ocurrió en algún momento. Lo saben hasta los árboles pelados de la avenida; con su irrisorio temblor me lo advierten.
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1×02. La hija del director. (El día en que conocí Twitter)

 

Anteriormente en El Día en que Conocí Twitter…

Xoxanna abre una cuenta en Twitter para ponerse en contacto con un famoso director de cine porque piensa que lo que escribe su novio, puede interesarle. Le manda un DM y, para su sorpresa, el director le cita de inmediato en su casa, pero lejos de hablar de cine o literatura, le pide ayuda con la mudanza y le obliga a descargar un camión lleno de trastos viejos. Aun así, parece que hay buen feeling entre ellos y puede que algún día hablen de negocios. Pero antes de que tal cosa suceda, el novio de Xoxanna deberá quedarse en casa para vigilar a los obreros mientras el director de cine recoge a su hija del aeropuerto y la lleva al internado.

Créditos de apertura de la serie “El Día en que Conocí Twitter”

‘Una pareja capaz de todo con tal de conseguir un trabajo anormal’.

#ElDiaEnQueConociTwitter

 

“La hija del director”

 

–No lo sé, Xoxanna, te lo he dicho cien veces. Tengo que estar aquí, en esta puta casa enorme vigilando a una docena de maromos latinos para que hagan bien su trabajo y no le roben la infinidad de mierdas que tiene desperdigadas por todos los lados. No sé nada más–. Me muevo en pequeños círculos sin sentido mientras fumo y hablo por el teléfono móvil. No sé hablar por el teléfono móvil si no fumo y me muevo en pequeños círculos sin sentido–.  Me dijo que tenía que ir a recoger a su hija al aeropuerto y luego a no sé qué hostias más. Sí, es él. Es el Director de Cine. Sí, ya te dije ayer que sí, que quería darnos trabajo; de momento esto es lo que tengo que hacer. Suena raro de cojones, pero ya sabes cómo es esta gente. Por lo menos no me ha metido su colección de palos de golf por el culo. No me hace gracia, Xoxanna. Joder… pues desayuna tostadas como todo el puto mundo. ¡Con el pan de ayer, yo que sé! Sí, vale, luego te llamo. Read More

Borderline

Imagínate algún lugar de la parte sur de California. Vale.

Tengo unas terribles ganas de mear. Estoy en la terraza de un garito de mala muerte, llevo cinco pintas y setenta y seis páginas de una novela de Bukowski que en su día leí traducida, pero encajo mejor los puñetazos directos al hígado que destila en cada frase si los recibo en su idioma materno; además, es una extraña edición. La zona es tétrica y decadente, la gente auténtica y los bares, aún más. Tengo una cama, cuatro paredes y un techo a dos pasos de aquí.

Siento una gran bolsa de pis que me llega hasta el ombligo y me presiona el duodeno desde hace treinta y dos páginas. Por fin llego a un punto y aparte. Me levanto con toda la dignidad que me queda y entro tambaleándome en el bar con las manos por delante, como si anduviese a oscuras por un pasillo lleno de telarañas o con el mismo estilo del que es sorprendido por un huracán cuando baja a sacar la basura con su peor chandal.

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Gente sencilla

Hora punta en el metro. La gente sencilla sale de sus trabajos. Una señora viaja sentada en un asiento de los plegables y habla sola, ofreciendo pequeñas partes de su vida a las barbillas de los pasajeros que, aburridas, apuntan a las iluminadas pantallas de sus smartphones. “Menudo día llevo hoy, toda la tarde de un lado para otro. He tenido que dejar el ordenador en una tienda y luego he ido a comprar vainas a la otra punta de la ciudad”. Una chica sonríe ante un mensaje entrante. Un tipo trajeado repasa las cuatro noticias de última hora en un diario online. Un preadolescente sacrifica sus tímpanos al reguetón. Rutinas de la gente sencilla. “Las vainas son para mi hija que desde que se ha independizado no se alimenta bien y mañana viene a comer. Lo del ordenador es porque me gusta mucho jugar y lo rompo. Soy un desastre. ¡Ay, menudo día!”. Llevo observándola desde que he subido al vagón, tratando de averiguar, camuflado entre la multitud absorta, si en realidad se dirige a la mujer que tiene justo a su lado o, si por el contrario, es un monólogo rubricado por la soledad. Antes de llegar a mi destino compruebo que se trata de lo segundo. La gente sencilla está sola, y a la vez, harta de tratar con extraños.

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Ahí dentro no hay nadie

Mi nombre es ****** ********. Nací el 19 de Septiembre de 1972, hoy es lunes 9 de diciembre de 2013 y he almorzado lenguado meuniere a las 13:32 en el bar de enfrente de la gasolinera en la que trabajo diez horas al día, de lunes a sábado, desde hace seis años. Estaba jugoso. El color de la hierba es el verde y el del mar, el azul. Perro: Mamífero doméstico de la familia de los Cánidos, de tamaño, forma y pelaje muy diversos, según las razas. Tiene olfato muy fino y es inteligente y muy leal al hombre. Dícese también de una persona despreciable. Hoy, como todos los días a la misma hora, le he vuelto a ver.”

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Naia

Tiene siete años y su momento preferido del día sucede ahora mismo: el paseo en bicicleta que da con su padre en el asiento supletorio trasero, camino de la tienda. El otoño en la costa aún muestra su cara más dulce; los autóctonos lo llaman “verano sin turistas”. El mar ronronea satisfecho de acoger a sus vecinos en una orilla sin banderas. Naia se siente especial, abrazada a la espalda de su padre, disfrutando de todo lo que hace más presente el cálido contacto: los baches, los giros de cuello, los saludos levantando una mano del manillar… Le encanta sentir la vibración que sobre sus carrillos se transfiere a cada “Aúpa” o “Buenos días”. Suele aprovechar para adivinar a quién puede estar saludando mientras intenta no quedarse dormida de puro gusto. Con los ojos cerrados, trata de adivinar el mundo a través de los otros cuatro sentidos: el recorrido, el clima, el estado de la mar, la velocidad a la que van… se lo toma como una especie de entrenamiento. Read More

En todas las ventanas.

Hoy se cumple un año de mi torpe llegada a esta ciudad suturada por puentes en torno a la húmeda llaga del río Errobi. Me cautivaron al instante las casitas apiladas del casco antiguo que, aunque con la madera ajada en sus contra ventanas, parecen competir orgullosamente entre ellas por ser las más vistosas. Y su gente guapa, fina y con aire sofisticado a la que tan bien le sienta ser europea… Sentados en la hierba de un parque dejando el tiempo pasar, no parece que estén perdiendo el tiempo; no sé cómo lo hacen, es algo intrínseco.

Recuerdo el regusto a pistacho amargo que atravesó mi campanilla aquella tarde de mayo cuando sentí que tal vez aquí, las parejas se amen más que en otras partes. Amargo, verde rabioso y amargo es el pistacho; como amarga es la sensación de verte aún en todas la ventanas.

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El túnel

Vive en un pueblecito pesquero en el que nunca pasa nada. Quizá hayas visto ese pueblo dibujado sobre lienzo y colgado en la pared de algún restaurante de mariscos en otro pueblo parecido a éste. En otoño, con las mareas vivas, el puerto se seca dejando ver sus fondos arenosos. A ella le encanta contemplar los reflejos púrpura que el aceite de los barcos deja en la superficie del agua. Le recuerdan a las camisetas que llevaba su madre cuando era pequeña. Se pone triste cuando el puerto se seca; como si por ello también lo hiciese el recuerdo de su madre. Más allá, la carretera se extiende unas decenas de metros y se acaba, como en el decorado de los belenes navideños, en un túnel sin talento. Nunca ha visto lo que hay detrás de esa curva que gira a la izquierda y que sume en la negrura a todos los coches transportándolos al más allá.

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El día en el que la ciudad no despertó

Es lunes, 3 de octubre de 2016 a las siete y doce minutos de la mañana; la noche aún puede sobre el día. Los semáforos, ciegos a la vacuidad de las calles, organizan un tráfico invisible. Frías ráfagas de viento se saltan los ceda el paso. Una paloma, recogida y abultada en un alféizar, es testigo mudo del violento silencio que se arremolina en las esquinas. Tras el ave se erige un ventanal y a través del grueso cristal se percibe el ronco aviso de un despertador que hoy no será silenciado. Porque esta mañana, sin la censura del durmiente, todas las alarmas proclaman al mundo lo que valen en una alharaca de timbres y pitos que sacude la quietud de las habitaciones. Hoy no habrá jefe al que acudir con una acalorada disculpa, ni buses, ni trenes, ni aviones que perder, porque hoy, es el día en el que la ciudad no va a despertar. Pronto las farolas se apagarán en un parpadeo imperceptible para nadie. Las bocas no bostezarán, los brazos no se estirarán, los amantes que aún queden no se abrazarán para ser conscientes de sus cuerpos durante dos minutitos más. No olerá a café, ni habrá noticias.

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