Posts tagged escribir

Gotas de lluvia (III)

 

Llorar es como darse una ducha.

Te limpia, barre todo lo que tenía que salir y que por alguna razón, aún no lo ha hecho.

Mi última ducha fue gracias a “el sitio de mi recreo”, de Antonio Vega.

Tres largas y purificantes duchas.

 

Dicen que estudiar Derecho es muy bueno para la espalda.

Yo, aunque soy de letras, determinadas leyes me provocan escoliosis. Read More

Gotas de lluvia (II)

 

Perder el juicio no es para tanto, peor es un dolor de muelas o tener que pagar las costas.

Son las 2:20 de un miércoles; no puedo dormir y pienso en Andrés Pajares.

Eh, tío, tranquilo, que no tengo nada contra mí.

Si quieres destruirte rápido no tomes drogas, intenta caerle bien a todo el mundo.

 …

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Gotas de lluvia (I)

 

Dicen que la primera gota siempre le cae a mí.

Tengo sensación de gripe, lo cual es peor que tenerla.

Si tienes gripe, lo sabes, y haces lo que se supone que se debe hacer cuando tienes gripe.

Pero yo sólo tengo la sensación, y así con todo.

Tengo la sensación de que hago algo bien.

Tengo la sensación de que pronto, quizá reciba una noticia.

Tengo la sensación de que si algún día te digo lo que siento, saldrás corriendo.

Tengo la sensación de que si algún día sales corriendo, aunque no sea porque te dije lo que siento, acabaré por culparme de ello.

Tengo la sensación de que las gaviotas que graznan sobre el tejado de mi casa me dicen cosas.

Tengo la sensación de que mis palabras salen cada vez más diluidas. Me aterra que algún día sepan a café de Starbucks.

Tengo la sensación de que me sobra sensación y me falta tropezar.

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Me siento raro, pero no es por nada de esto.

Hola, ¿qué tal? Yo aquí de nuevo, con mis cosas.

Hoy es domingo, 19 de febrero, son las 17:55 y me siento raro.

Ni bien ni mal, sino raro.

No es porque te llame y no me cojas el teléfono, o porque sea domingo y no sople sobre mi frente ni una brizna de resaca.

No creo que sea porque he regresado a los estudios tras varios años. Por mucho que me haya descubierto tiernamente ridículo sentado a la mesa de mi salón, subrayador fosforito en mano y con la mente distraída saltando del Real Decreto Ley 13/2010 a tus tuits, de los diferentes niveles de intervención socio laboral a tu nuevo corte de pelo en Instagram, o de la última vez que nos saludamos a mordiscos sobre el sofá a me voy a hacer otro café a ver si me concentro de una puta vez ya; lo siento, pero no creo que sea por nada de eso.
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Salvo en el sexo, siempre me ha gustado todo lo que no encaja.

El día de hoy se parece a esas latas de refresco de marca blanca que, por estar fuera del pack separadas de sus gemelas, te las encuentras en esa estantería de “lo raro” a un precio especial. Un consumidor normal pensaría que si no se vende junto a las demás será por algo que, generalmente, no le conviene. El caso es que a mí, salvo en el sexo, siempre me ha gustado todo lo que no encaja. Incluso te confesaré una cosa: soy mucho más capaz de distinguir la belleza o el atractivo de algo que no encaja que de cualquier cosa que se me presente en cadena junto a un número limitado de copias idénticas.

Martes como los de hoy, de usar y tirar, me apetecen especialmente.
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Sólo tengo dos cervezas.

Sólo tengo dos cervezas. Me he sentado frente al ordenador. Son las 18:49 de un domingo de febrero.

Llueve y hace viento y ya casi es noche cerrada. Desde el salón abovedado donde escribo y bebo y de vez en cuando me lío un cigarrillo, las luces de la ciudad son como certeros golpes de vida.

Sólo tengo dos cervezas, así que antes de que tenga que bajar al chino de la esquina para comprar más, espero a que me salga algo lo suficientemente decente como para publicarlo en el blog.

El otro día escuché a un escritor super ventas decir que nunca se debe empezar un texto hablando del día que es y el tiempo que hace. “Eso son lugares comunes, conversaciones de ascensor”, decía el escritor con su tono de super ventas. Yo tampoco quiero hablar aquí de lugares comunes ni caer en conversaciones de ascensor, así que dejaré de hablar de escritores super ventas. Read More

Escribir es un acto de locura.

Escribir es un acto de locura.

No es egocentrismo. Poco tiene que ver con la entrega o con la sobre exposición de tus intimidades ante los demás. Quien afirme que se trata de una suerte de terapia en la que el firmante  intenta sanar sus heridas transformándolas en ficción, está muy equivocado. Y por favor, nada más alejado de la voluntad de confesar al lector sus pecados convirtiendo la lectura en una forma de redención.

En la escritura, tal y como yo la entiendo, no intervienen más factores que la mente lisiada del escritor y una pantalla de ordenador. Es la obligación de luchar con tus propios monstruos encerrándote en una habitación (tu mente) que juega a ocultarte la salida. El morbo de ver quién sale vivo de allí. La ansiedad de no saber si serás el mismo tras la contienda. La locura, sí, la de escribir, pero también la de dudar en todo momento si conseguiste salir a hombros y por la puerta grande o, si por el contrario, aún sigues atrapado.

Escribir es un acto de locura porque grapa los dos folios que componen tu mente, consciente y subconsciente, y los entrega formando parte del mismo informe. No es un acto voluntario, controlable, como conducir o cocinar. Read More

Esos nuevos poetas

Últimamente me he topado con varios artículos que versaban sobre el boom literario de los denominados “poetas de internet”. Unos nuevos poetas que, según lo que leí, son jóvenes y guapos y modernos y sobre todo poco poetas o menos poetas que los de antes, y que por mucho que hayan irrumpido con fuerza en el mercado literario, son “fuegos de paja o papel”. Todos los artículos se desnudaban muy pronto, sin dejar nada a la imaginación, todos tenían mucha prisa por dejar clara la conclusión final.

Cada vez que me acerco a alguien que habla de los denominados “poetas de internet” detecto una doble intencionalidad: por un lado, cierto afán de poner vallas al campo literario y, por otro, una necesidad intrínseca de definirse lejos o diferenciarse del objeto a tratar por una detallada lista de méritos propios. El emisor, a medida que desarrolla su argumentación, rellena el aire que queda entre sus frases con un cemento que viene a decir algo como:“eh, tío, que yo hablo de esto pero no soy como ellos, ¿vale? Estoy a años luz de esos niñatos que se creen que lo tienen todo hecho. Yo no tenía tuiter cuando publiqué por primera vez y tardé seis años en sacar un poemario”. Read More

Violencia psicológica

Puede que lo mío con la literatura se haya acabado para siempre. Me refiero a la parte del proceso creativo, no a las maravillosas tardes lluviosas de sofá y manta o a las cálidas mañanas de café y terraza. Sinceramente, pienso que escribir es la posibilidad de encontrarte con aquello que perdiste en la otra parte. ¿Sabes cuánto tiempo hace que no escribo algo de verdad? A lo mejor es que ya he encontrado todo, o puede que jamás perdiese nada, no lo sé. Lo que estás leyendo aquí es una mera ilusión. Sí, el escritor de vez en cuando se ve obligado a actuar como un mago, sobre todo para poder sobrellevar momentos como el que estoy pasando yo ahora.

Después de tres novelas publicadas, una cuarta que saldrá a la luz algún día, casi cuarenta relatos cortos, una web serie literaria de doce capítulos, participar en varías antologías y más de ciento veinte bolos a mis espaldas, parece que estoy por vez primera en dique seco. Ni si quiera encuentro inspiración para escribir algo decente en mi blog y me agobia la fecha límite de los textos que me comprometo a entregar para otras plataformas. Así que mejor ni hablamos de lo que supone para mi estabilidad psicológica organizar una modesta presentación de mi último libro.
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Borderline

Imagínate algún lugar de la parte sur de California. Vale.

Tengo unas terribles ganas de mear. Estoy en la terraza de un garito de mala muerte, llevo cinco pintas y setenta y seis páginas de una novela de Bukowski que en su día leí traducida, pero encajo mejor los puñetazos directos al hígado que destila en cada frase si los recibo en su idioma materno; además, es una extraña edición. La zona es tétrica y decadente, la gente auténtica y los bares, aún más. Tengo una cama, cuatro paredes y un techo a dos pasos de aquí.

Siento una gran bolsa de pis que me llega hasta el ombligo y me presiona el duodeno desde hace treinta y dos páginas. Por fin llego a un punto y aparte. Me levanto con toda la dignidad que me queda y entro tambaleándome en el bar con las manos por delante, como si anduviese a oscuras por un pasillo lleno de telarañas o con el mismo estilo del que es sorprendido por un huracán cuando baja a sacar la basura con su peor chandal.

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