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Diario de un ladrón de oxígeno. Reseña.

Acabo de terminar el famoso “Diario de un ladrón de oxígeno”, del prolífico autor de la literatura contemporánea que lleva por nombre el comercial apodo de Anónimo. Igual es que con la edad a uno le salen callos en los ojos, pero siento decir que la máxima publicitaria que rezaba escrita en la faja que cubría el libro no se ha cumplido: no me ha roto el corazón; tampoco me ha escandalizado.

He de confesar que las tácticas de marketing funcionaron, ya que me lo compré, hace tan sólo día y medio. Me lo he leído en menos de cuarenta y ocho horas, sí. Dejé de lado otras lecturas que tenía pendientes, también. Y ya dispuestos a confesar, acabo de comprarme en Amazon su nueva novela en inglés, “Chameleon in a Candy Store”, vale. A su vez, diré que lo he leído con la misma absorción que cuando en su tiempo me topé con la obra de Salinger o con las dos primeras novelas de Easton Ellis, pero la carne del autor no se ha materializado ante mí mientras pasaba las páginas, aunque sí ciertos olores y muchas formas. Read More

La chica con la cara más pequeña que he visto en mi vida.

Lo reconozco, llevo demasiado tiempo hablando y hace mucho calor. La ración de ensaladilla rusa del expositor de tapas del bar tiene una mosca muerta dentro. Probablemente el dueño la haya dejado ahí para dar un mensaje a las demás. Fran, frente a mí, deja que su mirada se pierda en algún punto por encima de mi hombro derecho.

Fran es mi editor, amigo, agente, publicista y sufridor. Estamos en Madrid, y la presentación de mi novela ha transcurrido por debajo de unas (quizá demasiado) altas expectativas forjadas en la mente de dos chicos de provincia. Gastos notablemente por encima de ingresos. Público mediano, aunque entregado. Algún librero conocido que al final no ha asistido pero que nos ha dejado su tarjeta por mediación de otra persona. Promesas blandas, alcohol y noche tropical. Pero lo que importa ahora es que estoy llegando al clímax de mi exposición. Intento hacerle ver que la literatura debe de ser la máxima expresión de la sencillez. Read More

Giro de guión

Abre los ojos y al instante, ya sabe lo que será de él hasta que vuelva a cerrarlos. Eso es un hecho que desde hace tiempo, quizá demasiado, lo perturba. No hay diferencia alguna en sus días. Nada más despertarse la sensación de hastío es muy fuerte, pero luego, como si de un sueño cualquiera se tratase, se va difuminando a medida en que sus actos, involuntarios, le entregan a la rutina.

Dos trajes, cuatro camisas, tres corbatas y dos pares de zapatos exactamente iguales, definen su semana laboral. Ensalada los lunes, pescado los martes, carne con verduras los miércoles, legumbres los jueves y comida china los viernes. Los sábados por la mañana sale a pasear y por la tarde, lee novelas negras. El domingo por la mañana va al gimnasio y por la tarde, ve alguna que otra película. Soltero. Sin hijos. Vive solo. Cuarenta y seis años. Sus vecinos y compañeros de trabajo lo definirían como una persona normal.
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Bell

Conocí a Bell en un bar de carretera, hace unos meses. Entré porque me pareció un lugar perfecto para beber solo, pero ella estaba allí como recién llegada de un sitio lejano; sus caderas posadas sobre un taburete como dos nubes de agosto. Me fascinan las mujeres que beben solas en la barra de los bares, son como una eterna pregunta que juega a esconderse de toda contestación, y sin lugar a dudas, yo caí de lleno en el juego. Lo más peligroso de Bell, a parte de sus labios y sus piernas y sus tejanos rotos, era la facilidad con la que convertía cualquier cosa en una buena idea.
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Gotas de lluvia (II)

 

Perder el juicio no es para tanto, peor es un dolor de muelas o tener que pagar las costas.

Son las 2:20 de un miércoles; no puedo dormir y pienso en Andrés Pajares.

Eh, tío, tranquilo, que no tengo nada contra mí.

Si quieres destruirte rápido no tomes drogas, intenta caerle bien a todo el mundo.

 …

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Gotas de lluvia (I)

 

Dicen que la primera gota siempre le cae a mí.

Tengo sensación de gripe, lo cual es peor que tenerla.

Si tienes gripe, lo sabes, y haces lo que se supone que se debe hacer cuando tienes gripe.

Pero yo sólo tengo la sensación, y así con todo.

Tengo la sensación de que hago algo bien.

Tengo la sensación de que pronto, quizá reciba una noticia.

Tengo la sensación de que si algún día te digo lo que siento, saldrás corriendo.

Tengo la sensación de que si algún día sales corriendo, aunque no sea porque te dije lo que siento, acabaré por culparme de ello.

Tengo la sensación de que las gaviotas que graznan sobre el tejado de mi casa me dicen cosas.

Tengo la sensación de que mis palabras salen cada vez más diluidas. Me aterra que algún día sepan a café de Starbucks.

Tengo la sensación de que me sobra sensación y me falta tropezar.

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Salvo en el sexo, siempre me ha gustado todo lo que no encaja.

El día de hoy se parece a esas latas de refresco de marca blanca que, por estar fuera del pack separadas de sus gemelas, te las encuentras en esa estantería de “lo raro” a un precio especial. Un consumidor normal pensaría que si no se vende junto a las demás será por algo que, generalmente, no le conviene. El caso es que a mí, salvo en el sexo, siempre me ha gustado todo lo que no encaja. Incluso te confesaré una cosa: soy mucho más capaz de distinguir la belleza o el atractivo de algo que no encaja que de cualquier cosa que se me presente en cadena junto a un número limitado de copias idénticas.

Martes como los de hoy, de usar y tirar, me apetecen especialmente.
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Sólo tengo dos cervezas.

Sólo tengo dos cervezas. Me he sentado frente al ordenador. Son las 18:49 de un domingo de febrero.

Llueve y hace viento y ya casi es noche cerrada. Desde el salón abovedado donde escribo y bebo y de vez en cuando me lío un cigarrillo, las luces de la ciudad son como certeros golpes de vida.

Sólo tengo dos cervezas, así que antes de que tenga que bajar al chino de la esquina para comprar más, espero a que me salga algo lo suficientemente decente como para publicarlo en el blog.

El otro día escuché a un escritor super ventas decir que nunca se debe empezar un texto hablando del día que es y el tiempo que hace. “Eso son lugares comunes, conversaciones de ascensor”, decía el escritor con su tono de super ventas. Yo tampoco quiero hablar aquí de lugares comunes ni caer en conversaciones de ascensor, así que dejaré de hablar de escritores super ventas. Read More

Escribir es un acto de locura.

Escribir es un acto de locura.

No es egocentrismo. Poco tiene que ver con la entrega o con la sobre exposición de tus intimidades ante los demás. Quien afirme que se trata de una suerte de terapia en la que el firmante  intenta sanar sus heridas transformándolas en ficción, está muy equivocado. Y por favor, nada más alejado de la voluntad de confesar al lector sus pecados convirtiendo la lectura en una forma de redención.

En la escritura, tal y como yo la entiendo, no intervienen más factores que la mente lisiada del escritor y una pantalla de ordenador. Es la obligación de luchar con tus propios monstruos encerrándote en una habitación (tu mente) que juega a ocultarte la salida. El morbo de ver quién sale vivo de allí. La ansiedad de no saber si serás el mismo tras la contienda. La locura, sí, la de escribir, pero también la de dudar en todo momento si conseguiste salir a hombros y por la puerta grande o, si por el contrario, aún sigues atrapado.

Escribir es un acto de locura porque grapa los dos folios que componen tu mente, consciente y subconsciente, y los entrega formando parte del mismo informe. No es un acto voluntario, controlable, como conducir o cocinar. Read More

Esos nuevos poetas

Últimamente me he topado con varios artículos que versaban sobre el boom literario de los denominados “poetas de internet”. Unos nuevos poetas que, según lo que leí, son jóvenes y guapos y modernos y sobre todo poco poetas o menos poetas que los de antes, y que por mucho que hayan irrumpido con fuerza en el mercado literario, son “fuegos de paja o papel”. Todos los artículos se desnudaban muy pronto, sin dejar nada a la imaginación, todos tenían mucha prisa por dejar clara la conclusión final.

Cada vez que me acerco a alguien que habla de los denominados “poetas de internet” detecto una doble intencionalidad: por un lado, cierto afán de poner vallas al campo literario y, por otro, una necesidad intrínseca de definirse lejos o diferenciarse del objeto a tratar por una detallada lista de méritos propios. El emisor, a medida que desarrolla su argumentación, rellena el aire que queda entre sus frases con un cemento que viene a decir algo como:“eh, tío, que yo hablo de esto pero no soy como ellos, ¿vale? Estoy a años luz de esos niñatos que se creen que lo tienen todo hecho. Yo no tenía tuiter cuando publiqué por primera vez y tardé seis años en sacar un poemario”. Read More