Posts tagged prosa

Naia

Tiene siete años y su momento preferido del día sucede ahora mismo: el paseo en bicicleta que da con su padre en el asiento supletorio trasero, camino de la tienda. El otoño en la costa aún muestra su cara más dulce; los autóctonos lo llaman “verano sin turistas”. El mar ronronea satisfecho de acoger a sus vecinos en una orilla sin banderas. Naia se siente especial, abrazada a la espalda de su padre, disfrutando de todo lo que hace más presente el cálido contacto: los baches, los giros de cuello, los saludos levantando una mano del manillar… Le encanta sentir la vibración que sobre sus carrillos se transfiere a cada “Aúpa” o “Buenos días”. Suele aprovechar para adivinar a quién puede estar saludando mientras intenta no quedarse dormida de puro gusto. Con los ojos cerrados, trata de adivinar el mundo a través de los otros cuatro sentidos: el recorrido, el clima, el estado de la mar, la velocidad a la que van… se lo toma como una especie de entrenamiento. Read More

En todas las ventanas.

Hoy se cumple un año de mi torpe llegada a esta ciudad suturada por puentes en torno a la húmeda llaga del río Errobi. Me cautivaron al instante las casitas apiladas del casco antiguo que, aunque con la madera ajada en sus contra ventanas, parecen competir orgullosamente entre ellas por ser las más vistosas. Y su gente guapa, fina y con aire sofisticado a la que tan bien le sienta ser europea… Sentados en la hierba de un parque dejando el tiempo pasar, no parece que estén perdiendo el tiempo; no sé cómo lo hacen, es algo intrínseco.

Recuerdo el regusto a pistacho amargo que atravesó mi campanilla aquella tarde de mayo cuando sentí que tal vez aquí, las parejas se amen más que en otras partes. Amargo, verde rabioso y amargo es el pistacho; como amarga es la sensación de verte aún en todas la ventanas.

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El túnel

Vive en un pueblecito pesquero en el que nunca pasa nada. Quizá hayas visto ese pueblo dibujado sobre lienzo y colgado en la pared de algún restaurante de mariscos en otro pueblo parecido a éste. En otoño, con las mareas vivas, el puerto se seca dejando ver sus fondos arenosos. A ella le encanta contemplar los reflejos púrpura que el aceite de los barcos deja en la superficie del agua. Le recuerdan a las camisetas que llevaba su madre cuando era pequeña. Se pone triste cuando el puerto se seca; como si por ello también lo hiciese el recuerdo de su madre. Más allá, la carretera se extiende unas decenas de metros y se acaba, como en el decorado de los belenes navideños, en un túnel sin talento. Nunca ha visto lo que hay detrás de esa curva que gira a la izquierda y que sume en la negrura a todos los coches transportándolos al más allá.

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El día en el que la ciudad no despertó

Es lunes, 3 de octubre de 2016 a las siete y doce minutos de la mañana; la noche aún puede sobre el día. Los semáforos, ciegos a la vacuidad de las calles, organizan un tráfico invisible. Frías ráfagas de viento se saltan los ceda el paso. Una paloma, recogida y abultada en un alféizar, es testigo mudo del violento silencio que se arremolina en las esquinas. Tras el ave se erige un ventanal y a través del grueso cristal se percibe el ronco aviso de un despertador que hoy no será silenciado. Porque esta mañana, sin la censura del durmiente, todas las alarmas proclaman al mundo lo que valen en una alharaca de timbres y pitos que sacude la quietud de las habitaciones. Hoy no habrá jefe al que acudir con una acalorada disculpa, ni buses, ni trenes, ni aviones que perder, porque hoy, es el día en el que la ciudad no va a despertar. Pronto las farolas se apagarán en un parpadeo imperceptible para nadie. Las bocas no bostezarán, los brazos no se estirarán, los amantes que aún queden no se abrazarán para ser conscientes de sus cuerpos durante dos minutitos más. No olerá a café, ni habrá noticias.

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TBD. Bolo nº48: Noche fría sin avisar.

Tardes de Bohemia y Desilusión

Bolo nº48: Noche fría sin avisar

Fue algún día de octubre, más bien hacia el final, en el que el frío vino sin avisar y le pilló a la gente por sorpresa; nuestra performance iba de eso. Toses y estornudos que no respetaban a las tímidas voces de los que recitaban. El bolo era en un café teatro del centro con aspecto de taberna irlandesa. Yo estaba en la barra, como siempre, esperando a que me sirviesen una pinta. A mi lado estaba un cantautor muy famoso que había acudido a presentar su poemario (top ten en ventas durante varios meses según el ABC) y que sorbía de una tacita de café que parecía minúscula entre sus nervudos dedos mientras hablaba con un manager de rock & roll que sostenía entre sus ancianas manos un botellín de agua. “Qué poco canalla es la vida real”, pensé, y di un enorme trago a la pinta que me acababan de servir.

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TBD. Bolo nº32: Sant Jordi.

Tardes de Bohemia y Desilusión

Bolo nº32: Sant Jordi.

Estaba a punto de publicar la segunda novela y mi editor había conseguido una caseta para sus autores en el Paseo de Gracia el día de Sant Jordi, día del libro en la capital condal. Iban a asistir unos cuantos escritores a los que sólo conocía por la foto de solapa de sus libros, y me subí al carro; lo veía como una oportunidad bonita para muchas cosas. Fue hace unos cuantos años, una época en la que todo a mi alrededor parecía florecer por vez primera. Conseguí un vuelo relativamente barato de ida y vuelta en el mismo día. BIO-BCN. Viajé con lo puesto y me sentí cómodo, incluso importante, por todo lo que me aguardaba. En la salida del Prat paré un taxi y le di la dirección más próxima a la caseta de la editorial. Durante el viaje, tras unos minutos de cháchara introductoria en mitad de un atasco, el taxista, que parecía simpático, me preguntó por el motivo de mi estancia, y yo, no puede evitar contárselo. Hablamos de literatura y le conté vagamente el argumento de mi novela. Sacó un manoseado ejemplar de bolsillo que llevaba en la guantera y me lo enseñó; novela negra, quizás. Yo no sabía encajar mi estilo (aún sigo sin poder hacerlo) y me sentí tonto por ello (ya no me siento así). Le pedí su número personal para llamarle cuando tuviera que regresar al aeropuerto y me lo dio encantado. Siempre que regreso a Barcelona le llamo. Aún lo conservo.

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Tardes de bohemia y desilusión. Una ficha de autor narrada.

Cuando inauguré este blog el pasado mes de junio, os contaba –en el apartado “sobre mí”– que no encontraba lógico presentar una lista en la que se enumeraran todos los aspectos que me gustaría resaltar de mi carrera, como si se tratase de un mero CV literario o una fría carta de presentación. Eso me parece aburrido, y creo que un blog como éste, que pretende interactuar con el lector aportando contenido interesante, debe ofrecer textos que transmitan sensaciones. A su vez, os invitaba a que conocierais junto a mí, todos esos grandes momentos que han formado y forman parte de mi vida. ¿Qué es un currículo, al fin y al cabo, sino una suerte de diario o bitácora de la vida de una persona? Un “timeline” que se va actualizando por momentos, semana tras semana, vivencia tras otra. Y digo yo… ya que estamos hablando de la trayectoria de un escritor, ¿qué mejor que contarla de una forma creativa, narrándolo todo como si fuese un relato?

Por eso os presento en esta entrada el proyecto “Tardes de Bohemia y Desilusión”, donde os voy a ir contando post a post, cada una de esas partes que yo resaltaría en mi ficha de autor.

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Lejos de mi casa.

Lejos de mi casa.

Un bar(rio) en obras. Sobre la estantería una botella de Marie Brizard cubierta de polvo. Televisión de tubos catódicos estancada en lo que toca. Grasa sobre la actualidad. Un paraíso donde los ancianos callan y beben y tal vez un gesto (mínimo) pueda mearse sobre décadas de sabiduría. Un oasis perfecto para beber solo. Una isla donde me creo roca. La camarera grita sobre las vacaciones que no va a poder disfrutar en los lagos de Covadonga; el crío ha pillado fiebre y Richi está enfadado. Serrín pisado por mil madres en el baño. Un perro ladra tras alguna esquina, lejos de mi casa. Aún no he llorado.

Pon aquí la fecha.

Sopa de garbanzos para comer.

 

—Estoy hasta las narices del temita catalán —dice el padre.

El telediario recita su mantra habitual, un sesgado conjunto de noticias que han visto la luz hace seis horas en las redes sociales, pero ni una palabra sobre la cruda situación de los mineros en la zona del Bierzo. Terremoto en Pakistán; ocho mil quinientos desaparecidos. Roce de cucharas contra el plato, sonido acuoso y sorbos; sopa de garbanzos para comer.

—Hay un meme cojonudo de Artur Mas que lleva circulando toda la mañana, mirad —comenta la hija: veinticinco años, periodista en paro. Pasa el dedo sobre su Smartphone y enseña la foto a sus padres. Pequeñas risas. Vuelta al plato. Sopa de garbanzos para comer en un martes nublado de diciembre.

—¿Alguna novedad? —pregunta el padre, y en la mente de la joven se dibuja inmediatamente el hashtag #frasesqueasustan.
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Voy a quedarme en casa este martes 13 a escribir y beber cerveza.

Voy a quedarme en casa este martes a escribir y beber cerveza. Me abriré una lata bien fría y ni siquiera pensaré en que además es trece, qué más da. Quizá escriba ese artículo que tengo garabateado en un par de hojas sueltas que ya no encuentro, o aquel relato que se me ocurrió el sábado al ver a unos niños jugar a tirarse algas mientras los mayores hacían cosas de mayores a su alrededor y yo me tomaba una cerveza. Recuerdo que, mientras grababa un audio a modo de recordatorio para la posterior escritura del relato, sentí una extraña punzada al enfrentarme a una pregunta que ya no me asusta.

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