Posts tagged relatos cortos

En todas las ventanas.

Hoy se cumple un año de mi torpe llegada a esta ciudad suturada por puentes en torno a la húmeda llaga del río Errobi. Me cautivaron al instante las casitas apiladas del casco antiguo que, aunque con la madera ajada en sus contra ventanas, parecen competir orgullosamente entre ellas por ser las más vistosas. Y su gente guapa, fina y con aire sofisticado a la que tan bien le sienta ser europea… Sentados en la hierba de un parque dejando el tiempo pasar, no parece que estén perdiendo el tiempo; no sé cómo lo hacen, es algo intrínseco.

Recuerdo el regusto a pistacho amargo que atravesó mi campanilla aquella tarde de mayo cuando sentí que tal vez aquí, las parejas se amen más que en otras partes. Amargo, verde rabioso y amargo es el pistacho; como amarga es la sensación de verte aún en todas la ventanas.

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El túnel

Vive en un pueblecito pesquero en el que nunca pasa nada. Quizá hayas visto ese pueblo dibujado sobre lienzo y colgado en la pared de algún restaurante de mariscos en otro pueblo parecido a éste. En otoño, con las mareas vivas, el puerto se seca dejando ver sus fondos arenosos. A ella le encanta contemplar los reflejos púrpura que el aceite de los barcos deja en la superficie del agua. Le recuerdan a las camisetas que llevaba su madre cuando era pequeña. Se pone triste cuando el puerto se seca; como si por ello también lo hiciese el recuerdo de su madre. Más allá, la carretera se extiende unas decenas de metros y se acaba, como en el decorado de los belenes navideños, en un túnel sin talento. Nunca ha visto lo que hay detrás de esa curva que gira a la izquierda y que sume en la negrura a todos los coches transportándolos al más allá.

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El día en el que la ciudad no despertó

Es lunes, 3 de octubre de 2016 a las siete y doce minutos de la mañana; la noche aún puede sobre el día. Los semáforos, ciegos a la vacuidad de las calles, organizan un tráfico invisible. Frías ráfagas de viento se saltan los ceda el paso. Una paloma, recogida y abultada en un alféizar, es testigo mudo del violento silencio que se arremolina en las esquinas. Tras el ave se erige un ventanal y a través del grueso cristal se percibe el ronco aviso de un despertador que hoy no será silenciado. Porque esta mañana, sin la censura del durmiente, todas las alarmas proclaman al mundo lo que valen en una alharaca de timbres y pitos que sacude la quietud de las habitaciones. Hoy no habrá jefe al que acudir con una acalorada disculpa, ni buses, ni trenes, ni aviones que perder, porque hoy, es el día en el que la ciudad no va a despertar. Pronto las farolas se apagarán en un parpadeo imperceptible para nadie. Las bocas no bostezarán, los brazos no se estirarán, los amantes que aún queden no se abrazarán para ser conscientes de sus cuerpos durante dos minutitos más. No olerá a café, ni habrá noticias.

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TBD. Bolo nº48: Noche fría sin avisar.

Tardes de Bohemia y Desilusión

Bolo nº48: Noche fría sin avisar

Fue algún día de octubre, más bien hacia el final, en el que el frío vino sin avisar y le pilló a la gente por sorpresa; nuestra performance iba de eso. Toses y estornudos que no respetaban a las tímidas voces de los que recitaban. El bolo era en un café teatro del centro con aspecto de taberna irlandesa. Yo estaba en la barra, como siempre, esperando a que me sirviesen una pinta. A mi lado estaba un cantautor muy famoso que había acudido a presentar su poemario (top ten en ventas durante varios meses según el ABC) y que sorbía de una tacita de café que parecía minúscula entre sus nervudos dedos mientras hablaba con un manager de rock & roll que sostenía entre sus ancianas manos un botellín de agua. “Qué poco canalla es la vida real”, pensé, y di un enorme trago a la pinta que me acababan de servir.

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Tardes de bohemia y desilusión. Una ficha de autor narrada.

Cuando inauguré este blog el pasado mes de junio, os contaba –en el apartado “sobre mí”– que no encontraba lógico presentar una lista en la que se enumeraran todos los aspectos que me gustaría resaltar de mi carrera, como si se tratase de un mero CV literario o una fría carta de presentación. Eso me parece aburrido, y creo que un blog como éste, que pretende interactuar con el lector aportando contenido interesante, debe ofrecer textos que transmitan sensaciones. A su vez, os invitaba a que conocierais junto a mí, todos esos grandes momentos que han formado y forman parte de mi vida. ¿Qué es un currículo, al fin y al cabo, sino una suerte de diario o bitácora de la vida de una persona? Un “timeline” que se va actualizando por momentos, semana tras semana, vivencia tras otra. Y digo yo… ya que estamos hablando de la trayectoria de un escritor, ¿qué mejor que contarla de una forma creativa, narrándolo todo como si fuese un relato?

Por eso os presento en esta entrada el proyecto “Tardes de Bohemia y Desilusión”, donde os voy a ir contando post a post, cada una de esas partes que yo resaltaría en mi ficha de autor.

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400 metros en línea recta

Llueve y las escobillas de mi furgoneta trabajan con desgana emitiendo un geométrico lamento. Es martes y no me queda líquido en el limpiaparabrisas. La planta desnuda de mi pie derecho pisa con decisión el acelerador. Hay olas y Jerry García lo sabe, por eso canta “Friend of the Devil” sólo para mí y para las chancletas que descansan sobre el salpicadero. Cuando levanto la vista tras sacudirme la ceniza que se ha desprendido del capullo del cigarro sobre mi bragueta, descubro que bajo la luz roja del semáforo hay dos rubias mojadas haciendo autoestop. Una de ellas bebe a morro de un cartón de zumo de naranja. Las gotas hacen brillar sus muslos. Una indiscreta humedad me revela que la otra, que exhibe su pulgar erecto hacia mi trayectoria, no lleva sujetador. Existen cientos de chicas como éstas aquí, recojo decenas a lo largo de la semana. Cuando me detengo en el semáforo apenas puedo pensar en el metro pasado y los diez segundos de período que me esperan en una sesión de surf sin sol y sin bañistas, porque observo por el retrovisor la imagen empañada de ellas corriendo hacia mi furgoneta. Les abro la puerta. Ambas se suben con un estiloso saltito en el asiento del copiloto. Su humedad enronquece la voz de Jerry, que ahora entona “Katie Mae”.

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Un martes, sobre las once.

Si hay algo que le jode aún más que ir a la consulta de su psicólogo es notar que sus carnes lo piden a gritos… Eso es una concesión muy dolorosa. Las tablillas de la faldita de su uniforme escolar patean el aire con furia escocesa. Las pecas de sus mejillas se humedecen por la urgencia. Es martes, sobre las once, y el suelo de la ciudad está lleno de bolitas blancas de polen que juegan a ser nieve que provoca estornudos. El viento tibio las arremolina… Ella odia de veras esas putas bolitas que le hacen parecer más sofocada aún de lo que está. “Si no me atiendes ahora mismo me suicido en mitad de clase de historia y dejaré una nota diciendo que tú eres el responsable”, ese es el mensaje que le ha mandado a su psicólogo minutos antes de que el timbre rajara el suelo y acabase el tormento del recreo.

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El escritor y la actriz, eso decían todos.

Había ido a verte al teatro, era jueves y llovía en la ciudad. Interpretabas a Eugenia en una adaptación de Niebla, de Miguel de Unamuno. Recuerdo cómo me impresionó verte pasar junto a mi butaca ––que daba al pasillo–– tan metida en el papel que parecías otra. Llevábamos poco saliendo. El escritor y la actriz, decían todos.

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Gracias a que se adelantó una borrasca

Eras mayor que yo, tenías tatuajes, melena rizada, una perrita que ladraba a todo el que se te acercaba y nos conocimos gracias a que se adelantó una borrasca. Bueno, y también porque mandé a la mierda un trabajo de mierda en el momento adecuado. Dejé todo el material sobre la mesa de mi jefe y le dije que tenía cosas más importantes que hacer. Nuestras pupilas conectaron igual que en los buenos tiempos, cuando él no era mi jefe y hablábamos de Kerouac en tabernas llenas de humo y olor a madera mil veces fregada. El día que dejé todo el material sobre la mesa de mi jefe y le dije que tenía cosas más importantes que hacer era un jueves de octubre y llevaba soplando del sur desde tiempos inmemoriales. También eras las diez y media de la mañana. Nada más salir de la oficina miré el parte de olas y la vida me sonrió. A pesar de que a las tres de la tarde entraba un fuerte viento del noroeste, lo que en esta zona de la cornisa cantábrica se conoce como galerna, había una mañana con condiciones perfectas para el surf; mi modo de entender la vida. Así que cargué los trastos en mi furgoneta, subí el volumen de la guitarra de Jerry García y conduje hasta la playa.

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Queríamos mearnos en los mismos callejones que Bukowski

Habíamos llegado a la ciudad de Los Ángeles para ver si todo era cierto. Éramos ridículamente  jóvenes al pensar que la verdad se presentaría uniforme ante nosotros. Más tarde, descubriríamos que ésta se parece mucho a un espejo de feria que rebota una imagen paticorta y cabezona de ti mismo. Queríamos mearnos en los mismos callejones que Bukowski y aullar en todos los garitos en los que Morrison cantó de espaldas. Queríamos tocar todo lo que nos había hecho soñar en nuestra ciudad natal, a miles de enfermizos kilómetros del camino que dibujaban nuestros pasos. Read More