Tardes de Bohemia y Desilusión

Bolo nº48: Noche fría sin avisar

Fue algún día de octubre, más bien hacia el final, en el que el frío vino sin avisar y le pilló a la gente por sorpresa; nuestra performance iba de eso. Toses y estornudos que no respetaban a las tímidas voces de los que recitaban. El bolo era en un café teatro del centro con aspecto de taberna irlandesa. Yo estaba en la barra, como siempre, esperando a que me sirviesen una pinta. A mi lado estaba un cantautor muy famoso que había acudido a presentar su poemario (top ten en ventas durante varios meses según el ABC) y que sorbía de una tacita de café que parecía minúscula entre sus nervudos dedos mientras hablaba con un manager de rock & roll que sostenía entre sus ancianas manos un botellín de agua. “Qué poco canalla es la vida real”, pensé, y di un enorme trago a la pinta que me acababan de servir.

Yo no tenía ganas de subirme al escenario, nunca tenía ganas. Tampoco tenía ganas de hablar con toda esa gente, nunca las tenía; pero al final hablaba con toda esa gente y me subía al escenario y acababa representando el papel que se supone que los demás esperaban de mí y todo eso. Me ponía nervioso, sudaba, bebía demasiado y mantenía la mirada dos metros más allá de cualquier punto de enfoque posible. Sobre las tablas del escenario, a veces solo, a veces acompañado de mi querido Diletante, me transformaba. Diletante es un artista (antiguo integrante de un grupo pop que fue famoso en los ochenta de Madrid) al que le debo la mitad de muchas de las cosas que soy hoy en día. Aquella noche en la que el frío vino sin avisar y le pilló a la gente por sorpresa nos tocaba actuar a las 21;37. Teníamos seis minutos. La intervención consistía en un poema (de cuando yo escribía esas cosas) que hablaba sobre una noche en la que el frío viene sin avisar. Diletante me acompañaba con los lamentos rasgados de su guitarra eléctrica e intervenía en algunas estrofas que declamábamos a dúo. Faltaban doce minutos. Bebí y miré con ese peculiar enfoque del que ya te he hablado. Iba ya por mi cuarta pinta. Los participantes subían y bajaban del escenario. Aplausos. Toses. Pocas risas. Un micro que se acopla. Unos papeles que tiemblan de vergüenza. El cantautor super famoso que había venido a presentar su poemario top ten en ventas durante varios meses en las listas del ABC aún atesoraba la tacita de café entre sus nervudos dedos y el manager retorcía la botella de agua con sus ancianas manos. Hablaban sobre la lamentable situación de un país en guerra. Todo seguía igual a mi alrededor, pero en mi interior, la vida cambiaba en cuestión de segundos.

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Por el quebrado reflejo que me ofrecía la vidriera atestada de botellas que tenía frente a mí, observé el mítico videoclip de Joe Cocker en Woodstock del 69 cantando “With a little help from my friends”. Busqué con la mirada a Diletante; estaba en la entrada del bar, fumando. Busqué con la mirada a la camarera, pedí un gintonic. Me lo bebí en diez minutos, disfrutando de los erráticos movimientos de un Joe enmudecido por alguien que explicaba por qué se le había ocurrido escribir un poema sobre las cosas que uno guarda en un trastero. Micros abiertos, almas cerradas.

Alguien vino por mi izquierda, “os toca”, me dijo. Apuré el vaso dejando que las ácidas burbujas me arañasen la garganta como cientos de hormigas culonas.

Nos salió bien, me sentí mejor que nunca sobre el escenario, pisando unas tablas que cada vez intentaban decirme cosas diferentes.

El cantautor super ventas me felicitó, intercambiamos tarjetas, charlamos sobre comida sana y me dijo que estaba invitado a cualquier evento que tuviera que ver con él en Madrid.

No le volví a ver.

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