Tardes de bohemia y desilusión.

Una ficha de autor narrada.

Por aquellos entonces yo ya lo había dejado con la poesía, quiero decir, seguíamos viéndonos, pero nuestra relación era meramente platónica: sólo la leía. Sobre los escenarios me sentía más cómodo interpretando una nueva faceta que había descubierto gracias a Diletante, y que surgió por mera inercia, a base de participar juntos en los shows. Era algo cómico, caótico, desordenado, canalla… algo fascinante; libre. Dejar de hablar de cositas que tienes dentro y que nadie entiende porque son cositas que tienes dentro y que tú tampoco sabes explicar para pasar a ser alguien totalmente nuevo, el que te de la gana, siempre que quieras. La puta bomba.

En el último año, desde la organización interna del grupo en el que participaba, habíamos fantaseado con organizar un show en la cárcel de Basauri. Diletante lo hizo con su grupo de pop allá por los noventa y nos contó que fue una experiencia muy dura, porque había una revuelta interna dentro de la cárcel y una de las muchas formas de boicot que los presos habían escogido era mostrar el más absoluto desinterés y frialdad ante cualquier actividad recreativa impuesta desde arriba. Público complicado donde los haya, sin duda.

Pero entonces y sin esperarlo, llegó uno de los bolos más extraños, difíciles y por otra parte anhelados, de toda mi carrera. Al profesor de literatura de un colegio concertado de la ciudad que había oído hablar de nosotros y las cosas que organizábamos en diferentes bares y cafés teatro, se le ocurrió la genial idea (dicho sin ironía alguna) de invitarnos a hacer algo en su centro. En un principio sólo se habló de acudir a un aula para hablar de literatura a los niños. Pero al final, y debido a la efusividad de varios maestros y quizá a la proximidad de las fiestas navideñas, se optó por realizar un show de una hora y media en el salón de actos del colegio y en el que también iban a participar algunos alumnos de primero, segundo, tercero y cuarto de la ESO. A mí me entraba la risa nerviosa cuando caí en la cuenta de que el espectáculo comenzaría a las once de la mañana y que no habría una barra de bar a la que acercarme; pero lo que más me gustaba era lo siguiente: una rapsoda erótica, un señor surrealista de larga barba blanca que se confeccionaba sus propios ropajes y que era muy famoso en el underground de la ciudad por realizar performances en las que simulaba meter un dedo por el culo a un policía o sacarse una mosca de la entrepierna y olerla, iban a ser, junto a mí (conductor del espectáculo y presentador), el núcleo de toda la velada. Toda una maravilla para mis meninges. Todo un reto que cargar sobre mi pecho palpitante.

Recuerdo hablar con el jefe de estudios respecto al número que venía a continuación, puesto que era un poco fuerte, ofreciendo la posibilidad de un plan B, y contestarnos con la cara tan llena de sinceridad que casi no hizo falta ni palabras: “todo lo que hagáis vosotros, estará bien”.

Risas. Hormonas. Olor a sudor y juventud. Conversaciones entre bambalinas. Nervios. Chillidos. Una lata de cerveza tan caliente como furtiva.

Jamás he recibido tantos aplausos. No sabía a dónde mirar, ochocientas manitas chocando entre ellas. Una niña buscaba con la mirada al señor surrealista y le gritaba, ¡Eres Dios, eres Dios!

Nos obsequiaron con un elegante sacacorchos de vino en un estuche aterciopelado. Nos pidieron por favor que no lo abriésemos delante de ellos, y recuerdo, más tarde, en el primer bar que encontramos nada más salir de aquel colegio, nuestros ojos brillantes al ver tal preciosidad mientras sacábamos una cerveza tras otra entre señores que fumaban puros y jugaban al mus.

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