Tardes de Bohemia y Desilusión

Bolo nº32: Sant Jordi.

Estaba a punto de publicar la segunda novela y mi editor había conseguido una caseta para sus autores en el Paseo de Gracia el día de Sant Jordi, día del libro en la capital condal. Iban a asistir unos cuantos escritores a los que sólo conocía por la foto de solapa de sus libros, y me subí al carro; lo veía como una oportunidad bonita para muchas cosas. Fue hace unos cuantos años, una época en la que todo a mi alrededor parecía florecer por vez primera. Conseguí un vuelo relativamente barato de ida y vuelta en el mismo día. BIO-BCN. Viajé con lo puesto y me sentí cómodo, incluso importante, por todo lo que me aguardaba. En la salida del Prat paré un taxi y le di la dirección más próxima a la caseta de la editorial. Durante el viaje, tras unos minutos de cháchara introductoria en mitad de un atasco, el taxista, que parecía simpático, me preguntó por el motivo de mi estancia, y yo, no puede evitar contárselo. Hablamos de literatura y le conté vagamente el argumento de mi novela. Sacó un manoseado ejemplar de bolsillo que llevaba en la guantera y me lo enseñó; novela negra, quizás. Yo no sabía encajar mi estilo (aún sigo sin poder hacerlo) y me sentí tonto por ello (ya no me siento así). Le pedí su número personal para llamarle cuando tuviera que regresar al aeropuerto y me lo dio encantado. Siempre que regreso a Barcelona le llamo. Aún lo conservo.

Llegué a la caseta cuando aún faltaban cuatro horas para mi firma. Saludé a todos los que mi editor me presentó. Ellos me habían apodado el “chico del surf”, y eso me gustó. Era gente muy agradable y humilde, incluso uno que iba con traje.

Me fui con mi editor a dar una vuelta, quería invitarme a comer y después ir a un par de casetas donde estaban unos conocidos suyos que quería presentarme.

Mucha gente. Calor. Turistas con bolsos descuidados rodeados de sospechosos. Rosas y libros. Roces hombro con hombro. Autores sonriendo cansadamente. Y sobre todo, grandes, grandes colas para  conseguir la firma y la foto del momento con los escritores consagrados, de moda o famosillos que habían “escrito” un libro. Vi a Mario Vaquerizo y a Jorge Javier Vázquez. A Loquillo erguido entre la multitud de paseantes y a Cercas muy al fondo de una gran cola.

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Cuando llegó mi hora me senté y esperé. Los que dijeron que iban a venir, vinieron, y juntos pasamos un rato agradable. Eso sí, y me alegro por ellos, no tuvieron que soportar ninguna cola.

En el vuelo de vuelta Carlos Sobera iba sentado unos asientos por delante, junto a una chica morena muy guapa a la que parecía conocer. A mi lado, Cristian de “Bricomanía” comía cacahuetes y se llenaba la barba de puntitos de sal. Nada más aterrizar puse algo en Facebook que tuvo bastante éxito.

Fue un buen martes.

Este relato va dedicado a todos los escritores y escritoras que año tras año se sientan a esperar que alguien se interese por su libro mientras observan como la gente pasa de largo con la mirada perdida entre Sabinas, Boris, Jorge Javieres y Belenes.

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