Ayer fue uno de esos domingos tontos y deliciosos en los que decidí entregarme al puro placer de viajar desde el sofá, primero a través de la literatura y después, subiéndome al tren del cine. De todo lo que mi espongiforme cerebro absorbió, os quiero hablar especialmente de una cinta: “The Invitation” (Karyn Kusama. 2015).

Me gusta acercarme al cine independiente americano, me llama la atención todo lo que huele a Sundance porque por ahí pasan muchas voces y miradas que ven y cuentan lo que está ahí como ningún otro. Como espectador / lector / individuo me atrae la decadente y entrópica situación que atraviesa el ser humano en estos tiempos. Por desgracia tenemos que enfrentarnos a los mismos marrones que nuestros ancestros: la soledad, el duelo, el amor… Jamás hemos estado tan armados para la batalla y a la vez, tan indefensos.

Entregamos el amor a las garras de la tecnología, vendemos nuestra soledad al mejor postor, dejamos constancia a cada paso que damos por una ciudad que no nos mira, nuestra necesidad de pertenencia a cualquier grupo que nos acoja.

Hasta una reunión de viejos amigos que hace años que no se ven puede resultar inquietante. ¿Quiénes somos? Si yo, a cada día que pasa parezco ser uno y a la vez no tengo consciencia de mí mismo, ¿quién carajo puede ser el que tengo codo con codo en la mesa, cenando a mi lado, por mucho que el pasado diga que hemos compartido parte de nuestra vida?

Vivir es lidiar con la confusión misma de la existencia, y “The invitation” es una película que te lo explica apretando continuamente el nudo que se te forma en la garganta desde el primer minuto. Te va a tratar como a un adulto, no hace concesiones, y eso, en ocasiones, se agradece.

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