Tengo que dejar atrás este miedo que me bloquea o de lo contrario no podré seguir. Esto no ha hecho nada más que empezar, ni siquiera me he alejado treinta kilómetros de la ciudad y ya me siento desposeído de todo. Me consuela pensar que estoy aún en estado de shock, que poco a poco me acostumbraré a este nuevo modo de vida “que me he visto obligado” a adoptar. 

Tomar una decisión es sencillo cuando no tienes otra opción. Si me quedaba en Bilbao, en su casa, en el que fue nuestro pequeño universo, el agujero negro que se formó cuando ella se fue me acabaría tragando. No llegó ni a dos años, pero es sorprendente la cantidad de vida que puede caber en ese lapso de tiempo y lo que es peor, el poco tiempo que tarda en destruirse. “Oh, cruel ironía”, que diría un romántico. 

Conocí a Laura en Alcohólicos Anónimos. Mi tutor, Álex, logró convencerme de lo importante que era mi regreso a las reuniones tras mi segunda recaída. Había perdido mi trabajo, mi casa y hasta la última persona que había mostrado la más mínima preocupación por mí. Una vez leí que la personalidad de una alcohólico es una mezcla de fraude y honestidad; jamás me he topado con una afirmación tan certera. 

Laura llegó a Bilbao desde Madrid huyendo de su propia tragedia. Procede de una larga estirpe de mujeres que, azotadas por el destino, enviudaron temprano y hallaron en el alcohol el mejor refugio donde guarecerse del drama. Su padre falleció en un accidente de tráfico al regresar del trabajo cuando ella tenía nueve años, y su madre, fiel a su legado, saludó a la depresión y se aferró a la botella. Marchó de casa a los dieciséis y compartió piso con el lumpen de una sociedad recién golpeada por la crisis económica. Pasó por todas las etapas que un endocrino puede diagnosticar dentro del amplio abanico de los trastornos alimenticios, sufrió tantos cuadros de ansiedad como para llenar una galería de arte y cayó en todas las adicciones que le brindó la noche y la falta de expectativas, pero Laura, al final, halló una salida: reírse de sí misma. 

Puede que resulte tópico pero la comedia, como salida profesional, la mantuvo a flote. Compaginó actuaciones en sótanos del barrio madrileño de Malasaña con trabajos de usar y tirar para poder pagar las facturas. Cada vez que se acercaba a un micrófono y se descubría delante de un puñado de personas que no habían acudido al espectáculo con la intención de escuchar sus problemas, una suerte de catársis envolvía su menudo y tenso cuerpo consiguiendo, a través de la risa, expulsar toda la toxicidad que le acompañaba durante el día. Puesto que es de sobra conocido que uno de los desórdenes más difíciles de gestionar es el afectivo, a la maleta con la que Laura llegó a Bilbao deberíamos añadir una serie de malas decisiones en el ámbito sentimental. 

Desahuciado de mis logros, nada más entrar por la puerta de la sala de reuniones un halo de esperanza me despeinó al comprobar que allí, a pesar de todo, seguía siendo bienvenido. Después de un abrazo, Álex, apuntando con la mirada hacia Laura, me susurró: “tienes que conocer a esa chica, creo que os podéis ayudar mucho el uno al otro”. 

No es aconsejable que entre la gente del círculo existan relaciones sentimentales. Estoy convencido de que Álex no quería que sucediese tal cosa; simplemente estaba contento por volver a verme después de que pasase tantos meses fuera destruyendo mi propia vida, pero nada ni nadie pudo evitar que entre Laura y yo surgiese algo tan potente como difícil de gestionar. Era cuestión de tiempo que terminase por arrollarnos. 

Cada recaída es más honda que la anterior, y aquella que sufrí descarriló por completo mi vida y me condujo de nuevo a la casilla de salida: la casa de mis padres. Toda una eternidad de encierro vigilado, controlado y hospitalizado. Mi padre es psiquiatra experto en adicciones y mi madre es enfermera. Espacio para el asombro. Conseguí el alta cuando mis carceleros comprobaron que Laura era una buena chica y que yo demostraba claras intenciones de recuperarme acudiendo diariamente a las reuniones. Obviamente, pasamos por alto el hecho de que ella también formaba parte del círculo, asunto que chocaría frontalmente con su ética que, por otra parte, acostumbra a apostar ciegamente por los beneficios de una vida en pareja junto a una persona del sexo opuesto. Laura interpretó con las dotes de una actriz candidata al Oscar el papel de novia involucrada y convencida de que puede hacer de su hombre alguien mejor, y con eso fue suficiente.

Pasamos juntos el mejor año y medio de nuestras vidas. Me mudé a su apartamento. Conseguí un trabajo en una librería del centro y ella compaginaba sus actuaciones en los bares plegando camisetas en una tienda de ropa de la Gran Vía. Lo que más me gustaba era contemplarla cuando se perdía en la lejanía mirando a un punto fijo, durante esos minutos me sentía como un coleccionista que se relame de su más preciada posesión al detenerse frente a la vitrina que la expone, intacta y preciosa. Me reía a carcajadas tras el mostrador de la librería cuando recibía mensajes suyos que hacían gala de su espléndido humor negro: “Si al finalizar el día no me he quedado viuda porque se te ha caído un incunable en la cabeza, te va a encantar la receta de guacamole que me ha dado la encargada”.

Que Laura hablase de nuestra relación en términos matrimoniales de manera espontánea me incitó a querer casarme con ella, tener hijos y formar un futuro juntos: comprar el pack. Cada día que pasábamos uno al lado del otro nos convertíamos en mejores personas y el vaso lleno de alcohol concentrado que viajaba a todas partes dentro de nuestro estómago se disolvía en partes de agua cada vez que despertábamos juntos. Lo hablamos y ambos decidimos que sí, pero con calma. Aquella fue la mejor noche de mi vida; hasta que todo se fue por el desagüe. 

Una vez por semana Laura llamaba a su madre y siempre acababa la conversación triste y preocupada. Al principio ponía todos mis esfuerzos en tratar de arrancarla lo antes posible de esa melancolía, pero con el tiempo aprendí que era mejor construir espacio entre los dos y ese asunto. 

Uno de nuestros momentos especiales de la semana era la comida del sábado. Mi turno en la librería era por la mañana y el suyo, en la tienda, era por la tarde. Nos esforzábamos para que ese ratito fuese especial; desde que nos despedíamos por la mañana, salvo en la hora de la comida, no nos volvíamos a ver hasta la noche. Manejábamos un montón de tonterías de enamorados, como la tradición de que Laura me mandase un vídeo el sábado por la mañana de lo que estaba preparando para comer. El día que no lo hizo, aunque sí lo eché en falta, tampoco saltó ninguna alarma dentro de mi cabeza. Deberían haber saltado todas, tendría que haber salido corriendo del trabajo en cuanto Laura recibió aquella llamada. Es inevitable que me siga torturando por ello. 

Cuando entré en casa aquel sábado en el que Laura no me mandó el vídeo de rigor, viejos recuerdos del pasado azotaron mi rostro devolviéndome a la cruda realidad: en el fondo seguíamos siendo unos adictos que padecían una enfermedad. Decenas de latas de cerveza aplastadas por todos lados, botellas de licor medio vacías en cualquier rincón, el suelo pegajoso, vómito en el lavabo y Laura, que no había podido soportar la noticia de que su madre se había suicidado, desmayada en el suelo de la cocina. 

En ese momento la vida me puso los pies en la tierra. Yo había estado en esa situación en numerosas ocasiones pero nunca lo había visto desde el exterior, sobrio. Ni por asomo quería volver a caer en eso. Estaba frente a un ultimátum: o ella o yo. Si permanecía a su lado, por muchos esfuerzos que hiciese acabaría saltando al abismo de la mano y junto a ella. Intenté ayudarla, limpié todo, me pedí un par de días de asuntos propios en el trabajo, pero no pude hacer nada. Laura quería saltar y yo no. 

En un momento de débil lucidez Laura me ordenó que llamase a su prima, y yo obedecí. Anabel se presentó en casa al día siguiente y me ayudó a recoger todas sus cosas. Algo de mí se fue con ellas dos aquella tarde. Me quede solo en una casa que no era mía, sino que había sido construida para ser nuestra.

Esa es la razón por la que ahora vivo en un autocaravana estacionada en el aparcamiento próximo al arenal de Barinatxe, comúnmente conocido como la Playa de La Salvaje. Llevo aquí un mes y pico, a menos de veinte kilómetros del punto de partida de mi huida. Mi intención es moverme hacia otro lugar cuando llegue el mes de Julio, ya veré cuál. No tengo ninguna prisa. Lo quiero es pensar, reflexionar sobre mi vida, poner orden a todo. Quizá escriba un diario. Quizá ya haya comenzado a escribirlo y esta sea su primera entrada, quién sabe. Tengo un montón de notas agrupadas en una libreta que gritan por formar parte de algo más grande. 

Lo que más me gusta de este sitio no es que parezca estar exento de preocupaciones, que también, sino que además es inmune al tiempo, a los horarios y a cualquier tipo de obligación. Vamos, que es el lugar ideal para alguien que está atravesando una situación como la mía.

Por la mañana, bien temprano, llueva o truene, observo a la gente cambiarse para bajar a la playa y practicar surf. Sonrisas, concentración y charlas amenas con medio cuerpo expuesto al fresco viento del noroeste; nada parece afectarles. Un día, embaucado por la energía de Eneko y seducido por la dulce sonrisa de Alaine, me decidí a probar suerte junto a ellos en el mar. El oleaje parecía suave desde arriba, un día tranquilo y perfecto para el principiante, según me dijeron. Jamás he estado tan cerca de la muerte, y eso que quien escribe estas líneas es un alcohólico en rehabilitación acostumbrado a mostrar muy poco aprecio por su vida. 

Otro de mis rincones preferidos, a cinco minutos andando en dirección contraria a la orilla del mar, es el bar La Triangu. Es un local de ambiente “surfero” donde acuden todos los hombres y mujeres de mar que residen por la zona. Me aceptaron entre ellos como hijo adoptivo el mismo día que entré al bar escoltado por mis salvadores tras mi cercana experiencia con la muerte. “No es surfista el que sólo cabalga las olas, sino también el que comprueba en sus carnes el peligro del mar”, dijo Eneko acodado a la barra. Alaine me presentó a los habituales mientras narraba mi épico rescate. Deberían dedicarme un pequeño altar con velas junto a la caja registradora. 

Me gusta almorzar en este local y alargar el café en la terraza hasta que mis ideas se ponen en orden. Las páginas de mi libreta se sienten bien aquí. Una vez me explicaron el porqué de ese nombre, La Triangu, pero fui incapaz de entenderlo. Al parecer tiene que ver con la rompiente que se forma en la playa, y yo, atento a la magistral exposición del camarero, trataba de prestar atención sin que el recuerdo de esas olas asesinas me provocase un nudo en la garganta.

Hoy hace un día insultantemente bonito. Todo lo que me rodea en la terraza de La Triangu resalta en negrita el hecho de que estoy solo. Quizás para otra persona eso supondría motivo de tristeza, pero para mí no. Las parejas y grupos de amigos que se reparten por el bar irradian electricidad, y yo, a resguardo en la Jaula de Faraday que rodea mi mesa, me concentro en la lectura de una rara edición de “Love is a Dog From Hell”, de Bukowski. Los puñetazos que lanza mi querido Chinaski sientan mucho mejor si los recibes en su lengua materna y hoy, especialmente, necesito sus golpes. Creo que nadie conoce mejor que él de qué material está hecho el suelo del infierno, por eso cuando estoy en baja forma recurro a sus poemas y en cuestión de minutos, mis problemas se vuelven ridículos.

Tengo muchas ganas de ir al baño, pero la esperanza de que el próximo verso me aportará la sabiduría necesaria para escribir algo decente, me obliga a posponer la tarea hasta el punto de convertirse en urgencia; estoy al límite. 

No aguanto más. Coloco la libreta como marca páginas y camino hacia los servicios con dificultad, ya que de cintura para abajo soy como una bañera llena de agua caliente y burbujeante. Uno de los dos urinarios de pared está a rebosar, me coloco en el otro y relajo todo mi cuerpo sintiendo la brisa del mar colarse por la ventana que hay sobre el lavabo. Es justo en ese momento cuando sucede algo curioso. Un mastín color canela del tamaño de un poni entra en los servicios como si fuese un cliente más. Tras el contacto visual, nos saludamos con un leve cabeceo. El perro se acerca al urinario atascado que tengo al lado, olisquea el charco y tras una ligera cata, descarta la opción de beber de ahí. Nos volvemos a mirar, el can se gira y con un leve resoplido encarando el lavabo, me insta a que le ayude a beber. Por su tamaño, calculo que no tendrá que hacer mucho esfuerzo para llegar al grifo. 

“Ya voy, ya voy, estoy acabando. Déjame unos segundos”, le digo, y parece entenderme. Levanto la manilla, mana agua fresca del grifo y con su enorme lengua bebe con facilidad hasta que sacia su sed. “Vaya, sí que estabas seco, ¿eh, grandullón?”, le digo mientras le acaricio detrás de las orejas.

“No te haces a la idea de lo duro que es soportar este calor con tanto pelo”, contesta. Su tono grave y relajado cual sabio señor mayor me recuerda a la voz que en España le ponen a Michael Cane. La sensación es extraña; en cualquier otra situación me hubiera dado un susto tremendo que un perro me hablase con la presencia de un actor consagrado, pero es como si éste en concreto fuese de sobra conocido que puede hacerlo. 

Salgo de los servicios, cruzo el bar y me dirijo de nuevo a la mesa de la terraza. El perro parlante me sigue y se sienta a mi lado, reposando su peludo lomo sobre la hierba. 

“No le des más vueltas, no estaba en tu mano que sucediese aquello”, me dice.

“Ya… pero es que la echo tanto de menos…”.

“Normal, no serías humano si eso no pasase. Serías un gato, o tal vez algo peor, una ardilla”. Reímos. Empiezo a pensar que esto no es real, que estoy sufriendo una embolia, pero de pronto se acerca Alaine que algunas mañanas es camarera de La Triangu, y ella saluda al perro como las chicas guapas y seguras de sí mismas suelen hacer esas cosas. Vale, entonces existe, otra cosa es que sólo le entienda yo. Hablo un rato con ella, pido un café con leche para mí, agua para el perro y un cuenco de aceitunas sin hueso para compartir. Transcurren un par de minutos en los que disfrutamos del silencio compartido. Nadie se acerca a por el perro y los que me observan, dan por hecho que es mío.  

“¿Tienes nombre?”, pregunto.  

“No, pero si eso te hace sentir más seguro cuando hables conmigo, pónmelo”

“Te voy a llamar Nacho”, suelta una carcajada que al final remata con una tos seca. 

“Los humanos no dejáis de sorprenderme. Está bien, tocayo, si así lo prefieres, me llamaré Nacho”.

“¿Cómo sabes que yo también me llamo así?”

“Sé muchas cosas. Como que Alaine te gusta pero no te atreves a hacer nada porque ahora estás herido”. Alaine regresa con el pedido y vuelve a engatusar a Nacho con sus caricias, que entorna los ojos de puro placer y muestra su panza. “Más vale que te des prisa, colega, la tengo en el bote”, añade cuando ella se da la vuelta. Juraría que le ha mirado el culo. 

“¿Crees que estoy haciendo lo correcto? Quiero decir, esto no es una huida, es más bien una búsqueda”.

“Ve a donde quieras. Viaja, conoce otros lugares y a otras personas, ayúdalas, pero por encima de todo eso, escribe el diario. Eso es lo más importante”.

“El problema es que no sé por dónde empezar”. Le doy un puñado de aceitunas. Las mastica todas a la vez y dibuja en su morro un gesto casi humano.

“Comienza por describir este momento”, sugiere, y luego añade con varios hilos de babas colgándole del hocico: “Las aceitunas están rancias, llevan fuera del bote por lo menos tres días”.

“Oye, no te pongas exquisito, que te he visto beber directamente de un urinario atascado”. Reímos y nuestras carcajadas parecen unirse en una sola. Alzo la vista hacia el horizonte; parece que está entrando bruma por el este.

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