Si hay algo que le jode aún más que ir a la consulta de su psicólogo es notar que sus carnes lo piden a gritos… Eso es una concesión muy dolorosa. Las tablillas de la faldita de su uniforme escolar patean el aire con furia escocesa. Las pecas de sus mejillas se humedecen por la urgencia. Es martes, sobre las once, y el suelo de la ciudad está lleno de bolitas blancas de polen que juegan a ser nieve que provoca estornudos. El viento tibio las arremolina… Ella odia de veras esas putas bolitas que le hacen parecer más sofocada aún de lo que está. “Si no me atiendes ahora mismo me suicido en mitad de clase de historia y dejaré una nota diciendo que tú eres el responsable”, ese es el mensaje que le ha mandado a su psicólogo minutos antes de que el timbre rajara el suelo y acabase el tormento del recreo.

El viejo, con esa jerga distante y condescendiente que le provoca instintos homicidas le ha dado largas, y justo en ese momento una falla se ha abierto en su cerebro. “Tú lo has querido, maldito manipulador, si no estás conmigo, estás contra mí”, ha pensado nada más leer su contestación. Luego ha tenido una de sus ausencias y… lo siguiente que ha sentido es la ligereza de sus propios pasos fuera del colegio. Tras ese ligero parpadeo (que puede ser una hora en la vida real) se ha visto corriendo hacia… no sabe dónde. Lo último que recuerda es leer el mensaje de su psicólogo. Nada más cobrar consciencia ya estaba en movimiento, fuera del colegio, rodeada de esas bolitas blancas que le causan alergia y que oprimen su pecho. Ahora bien, no ha dudado ni un segundo tras volver a la vida real, en dirigir el temblor de sus muslos en carrera hacia la consulta de ese viejo decrépito, a contracorriente de las sirenas de ambulancias, de coches de bomberos y varias patrullas de policía. Aunque poco la importa, algo gordo ha tenido que ocurrir en dirección contraria. Un estornudo provocado por esas putas bolitas blancas hace que se cuele en su cabeza Moonshadow, de Cat Stevens. “Daría una buena zurra a ese maldito converso si lo tuviese enfrente”, piensa. Y no se lo pensaría ni un ápice; daría unos buenos puñetazos a cualquiera que se cruzase ahora mismo en su camino. Su nuca, bermeja y húmeda, escupe una coleta descuidada que pendula al compás de sus zancadas.

Todo empieza de nuevo, siempre igual, después de cada ausencia, una incontrolable excitación sexual se adueña de su voluntad, bloqueándola. Más sirenas, lejanas esta vez. El frenesí va a reventar su pecho; una turbina se acciona en sus entrañas. No sabe cómo controlarlo, por lo que echa a correr y corre, corre, corre… sintiendo el soplo frío del viento secar la humedad bajo su falda. Corre, corre, corre… con la mirada perdida en un entorno vibrante. El esfuerzo de la carrera le devuelve, a modo de recuerdo, el sabor de la gasolina ascendiendo por su garganta, rebosando por su nariz, y de pronto revive el majestuoso calor pillando por sorpresa sus córneas. Hay algo en el acto en sí de la combustión que la supera. Qué bonita se veía la sala de fotocopias entre llamas… “¡De eso quería hablar con ese viejo hijo de puta!, recuerda. Pero no me ha hecho caso, me ha ignorado. “¡Maldito pervertido! Seguro que mientras callas imaginas como es mi coño… ¡Tú y nadie más que tú tiene la culpa de todo lo que está pasando! Sobre ti caerán las vidas de…

Bocinazo, chirrido de neumáticos, impacto y piezas que caen al suelo. ¿Qué hace en medio de un paso de cebra con las palmas de sus manos sobre el capó de un coche? El conductor, hombre de mediana edad, con el pecho pegado al volante, contempla atónito a la adolescente que ha estado a punto de atropellar. Las cejas comprimen su arrugada frente en un intento por asimilar la situación.

—¡Maldito hijo de perra! —grita la escolar incorporándose y alisándose la falda— ¡Querías matarme!

En un intento de sosegar la situación, el conductor, asustado, apenas puede extender sus nervudas manos en diez larguiruchas muestras de preocupación. Poco más puede hacer mientras observa cómo el muslo derecho de la chiquilla se alarga en una magnífica patada de karate hacia el retrovisor que, noqueado, cae al suelo como el cuello de un monarca francés relleno de cables, acompañando su ejecución con el agudo lamento de una tardía alarma. Justo detrás, dos coches han colisionado a causa del brusco frenazo y, debido al ajetreo y los ruidos que han sobresaltado la tranquila mañana de un martes sobre las once, varias personas miran en dirección a la joven cinturón negro que señala al interior del coche gritando:

—¡La acabas de joder! ¡Abre el puto coche! —Ante la estupefacción del conductor, mete la mano por la ventanilla abierta del copiloto y salta dentro —¡Vámonos!

No hay reacción. Derechazo al pómulo. Acelerón errático y movimiento. Al mismo tiempo que siente resbalarse sobre el asiento de cuero de aquella berlina de lujo, empaña el parabrisas con su propia excitación al ver la sangre manar por el rostro del ejecutivo, que conduce con la misma expresión del que acaba de sufrir un secuestro exprés en las calles de Medellín. Pero… tan sólo es una colegiala lo que lleva a su lado.

—Hoy es tu puto día de suerte, viejo verde —dice alargando su mano hacia la entrepierna del tipo, buscando la cremallera— ¿No me digas que nunca lo habías soñado, eh? Tú pisa el acelerador que yo cambio las marchas…

Mientras se inclina por debajo del volante, la radio, que en ningún momento había dejado de sonar, anuncia con voz cotidiana: “…incendio en el instituto Jacinto Benavente, hasta el momento se desconocen las causas, pero todo apunta a que ha sido provocado, varias unidades de los bomberos se dirigen ya hacia allí y parece que de momento, repetimos, de momento, no hay que lamentar bajas personales…”

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