Hola, me llamo Hank y hace años sufrí un accidente cuando trabajaba como repartidor para UPS. Perdí dos dedos del pie izquierdo, concretamente los dos que crecen junto al pequeño, pero las lesiones no me impiden hacer vida normal. Es más, me atrevo a decir que la única secuela que me ha quedado es que mi vida ha mejorado considerablemente desde que perdí el control del camión que conducía y éste se salió de la calzada. Aquel día los envíos no llegaron a su hora, y a su vez, mi vida dio un giro radical hacia mejor. En el accidente, afortunadamente, no se vieron implicados más conductores y aunque fue leve, por unos segundos vi la muerte de cerca. Cubría la zona que va de Oxnard a Santa Bárbara. Vivo a medio trayecto, en un pueblo tranquilo y costero que se llama Ventura. Te sorprenderá saber que los repartidores que realizan rutas cortas, como era mi caso, conducen camiones que no tienen puertas, pero créeme si te digo que en días de mucho calor eso es algo que se agradece. El asiento del conductor está ubicado en medio de la cabina y los cinturones de seguridad son muy incómodos, ya que caen sobre los hombros al estilo de las sujeciones que tienen las banquetas de una montaña rusa. Odiaba ponerme esos malditos cinturones. A menudo, haciendo gala de mi imprudencia, viajaba sin ellos. ¿Qué me podía ocurrir en un trayecto que era capaz de recorrer con los ojos cerrados y cuyo límite de velocidad eran ochenta kilómetros por hora? En resumidas cuentas, salí disparado por el lado derecho con la mala suerte de que se me quedó el pie enganchado bajo el pedal del freno, amputándome dos dedos. ¿He mencionado que acostumbraba a conducir descalzo?

Según mi póliza de seguros, por tales daños sufridos me corresponde la invalidez permanente total, lo cual significa que no puedo trabajar como repartidor, pero sí de otras cosas. Por aquellos entonces yo no entendía nada sobre pensiones estatales ni prestaciones por accidente, pero hubo una persona que removió el mundo por conseguirme ambas cosas. Si hoy disfruto del privilegio de recibir dos sueldos por no hacer nada a causa de haberme mutilado de una manera un tanto estúpida, tengo que admitir que es por culpa de Alex, mi agente de seguros, asesor legal y financiero, amigo, y ante todo, compañero de juergas. Alex se siente eternamente en deuda conmigo desde el mismo instante en el que nos conocimos, ya que le salvé la vida cuando estaba a punto de morir ahogado una cálida mañana de julio, hace cinco años. Sucedió poco antes de mi accidente. Él pensaba que el baño de aquel día iba a ser uno más después de su habitual carrera matinal por la playa, pero un calambre en la pierna y un absoluto desconocimiento de las corrientes que imperaban en esa rompiente hicieron que toda su vida, incluidos dos matrimonios fallidos y una hija adolescente que ahora vive en la costa Este, pasaran por delante de sus ojos. Yo estaba surfeando el pico cercano a esa corriente desde el amanecer, y de pronto, distinguí sobre la superficie un bulto demasiado antropomorfo para ser una boya. Me acerqué remando con mi 9’7” noserider y me topé con una suplicante cabeza que ofrecía la palidez de un rostro que está lidiando con el absurdo proceso de la muerte. Cuando estuve lo suficientemente cerca, le ofrecí un borde donde poder sujetarse a la vida. Tras tranquilizarlo, dejar que vomitara y se cagase encima, lo subí a mi longboard y lo remolqué hasta la orilla, abroncándole al ritmo de mis amplias remadas sobre qué no se debía hacer en esa zona dependiendo del punto de la marea. Todavía recuerda perfectamente las palabras que le dije.

Actualmente, Alex y yo llevamos un negocio en el que invierto parte del capital que recibo por ser un lisiado y que él mismo sudó sangre por conseguirme. Nos hemos especializado en un activo que genera miles de millones de dólares en el estado de California: la marihuana. Su carácter alegal y la frontera blanda por la que transcurre han convertido al cannabis en un icono de rebeldía esnob para los progres ricos de las zonas residenciales. A simple vista vendemos semillas, esquejes, productos para el cultivo como fertilizantes o compost y artículos relacionados con la cultura del fumador, como pipas de agua.

Pero, ¿cómo es posible facturar cinco cifras a la semana dedicándose a la jardinería? El secreto está en la trastienda, donde Álex tiene montado su despacho. Allí puedes adquirir el cannabis ya elaborado y dispuesto para su consumo; pero claro, para ello debes ser de nuestra confianza, y eso sólo se puede conseguir si acudes a nosotros través del contacto que una única persona en todo Ventura te puede proporcionar. Ya os hablaré de Michel más adelante, el hippie más viejo y auténtico del sur de California. Tiene setenta y ocho años y una salud de hierro. Fue íntimo de Jerry Rubin y según dice, se folló a Grace Slick.

Hoy quiero hablar de Vicka, Paul y una familia que se instaló hace unas semanas del bungaló de al lado. Llegaron como otras tantas. Una familia de paso, una más de las cientos que he visto establecerse desde que Vicka y Paul se fueron. Ellos fueron mis vecinos durante años. Hacíamos surf, montábamos juergas y vivíamos, como se suele decir en los malos poemas, el momento. Jamás he conocido semejante estado de plenitud como aquella época en la que necesitábamos tan poco. Pero al final todo se fue a la mierda. Amor libre, ese oxímoron. Siempre hay alguien que quiere más, y eso, ocurre con todo. Como con las drogas y el alcohol, por ejemplo; no todas las almas son tan fuertes como para convivir con ellas a largo plazo. Vicka se volvió incontrolable y Paul depresivo.

Recuerdo una noche; fue de las últimas que compartimos en mi porche. Vicka se había ido a dormir después de tragarse dos Xanax con vodka y Paul se estaba liando el decimosexto canuto de la tarde. La voz rasgada de Paul rompió de súbito el silencio echando a la basura el envoltorio dulzón del hachís que nos abrazaba. “¿Sabes cuando estás ante un texto joven y con poco talento que trata de describir a una chica increíble?”, dijo con el tono recogido del que trata de contener el humo para que el THC ejerza sobre su organismo todo el efecto posible. Me ofreció el porro. “Sí”, contesté alargando la mano, aceptando que ya no éramos tres y que tal vez pronto, no seríamos ni dos. Vicka ya había entrado es su fase incontrolable y por las noches, esas que antes alargábamos hasta el alba para surfear las mejores olas, Paul y yo hablábamos del asunto con preocupación, barajando la posibilidad de que ella padeciese alguna enfermedad mental. “Bien, ¿pues sabes lo que le diría yo al niñato o niñata enamorado o enamorada que escribe cosas como: con ella cada día era una montaña rusa de emociones, una veces era volcán, otras hielo. Tan pronto me baja al infierno como al cielo…”. Su declamación se vio interrumpida por mi risa en clave de tos, a lo que él añadió: “¿Sabes de lo que te hablo, verdad?” Volví a asentir y él continuó con su monólogo. “Pues bien, a ése o a ésa le diría esto: muy bonito todo lo que has escrito, pero que le aguante su puta madre”. Reímos tanto como nos hizo falta.  Unos días más tarde llegaron dos personas con expresión preocupada que quizá fuesen familiares de alguno de ellos dos, y sin más, se esfumaron. Sabía que Vicka tenía un hermano mayor en la capital, pero poco más. No dejaron ni una nota, y no sabes cómo lo agradezco. La gente que se va y deja un mensaje o algún objeto es como si no se fuese nunca. Si te vas, vete del todo. Ya veré yo cómo gestiono tu recuerdo. Déjame esa libertad, no escribas una nota y me obligues a guardar el peor recuerdo que pueda tener de ti: el último. Por otra parte, si me dejas un objeto me obligarás a asociarlo contigo y con todo lo que he vivido a tu lado, y es muy posible que no coincidamos en lo que materialmente yo pueda resumir de lo que tú significabas para mí. Esa es mi conclusión en cuanto a las despedidas: son absurdas y egoístas. De acuerdo, perdí dos terceras partes de mí, y la verdad, si te soy sincero, tampoco se vive mal siendo un tercio. En los momentos jodidos cierro los ojos, lleno mis pulmones con todo el aire que puedan albergar y cuando lo expulso, sucede algo curioso: todo lo que me rodea se impregna del aroma que maridaban nuestros tres cuerpos cuando éramos uno. Parece que soy capaz de reproducir, aunque sea mentalmente y por unos segundos, aquel olor que siempre nos acompañaba.

Como decía, desde que el bungaló de al lado se quedó libre y el propietario decidió alquilarlo por semanas, mis vecinos mutan según temporada, y ellos, la familia de la que he hablado antes, llegaron un domingo por la tarde. Eran gente tranquila, educada y de mirada curiosa. Menciono lo de la mirada sobre todo por el padre, un hombre inquieto con ojos claros y de cuyas pupilas emanaban preguntas que nunca llegaba pronunciar. Hablaba a diario con él, me encantaba su ternura. El resto de la familia, mujer e hija, eran más reservados. Más que palabras, el sonido que a menudo emanaba de la madre era el afilado siseo resultante de abrir una lata de Desperados de medio litro; ruido que comenzaba a media mañana y se mantenía constante hasta la hora de acostarse. Al caer la noche, el padre se refugiaba en mi porche para compartir unas cervezas que disfrutábamos acompañados por el rugido del mar, un canto que nos conectaba de una manera especial, puesto que de joven había sido marino mercante. Con un brillo melancólico que reflejaba la luz de la luna en sus ojos, describía todas las novias que había tenido desgastando el tópico de “una en cada puerto” y relataba numerosas aventuras de juventud. Al de dos o tres botellines, nunca llegaba a un cuarto, se despedía agradecido y algo triste. No es que le notara insatisfecho, pero siempre me quedaba con la sensación de que por alguna razón, llevaba el peso sobre su espalda de haber frenado antes de tiempo.

Tengo por costumbre despertarme antes del alba para disfrutar de las mejores olas del día, esas que rompen solitarias al amanecer, y cuando regresaba a casa satisfecho después de un baño de unas tres horas, me encontraba a la familia al completo desayunando en el porche. Con la tabla bajo el brazo y el neopreno bajado hasta la cintura, les daba los buenos días y nada más girarme, sentía las pestañas de la hija revoloteando cual polilla sobre mi espalda. A primera vista, parecía conocer no muy de lejos esa edad en la que en lugar de disfrutar de unas vacaciones con tus padres más bien arrastras la carga de tener que soportarlos, y prueba de ello era que todas las mañanas, a eso de las once, cuando sus progenitores toalla al hombro acudían a la llamada playera tan típica de una familia en vacaciones, ella ponía cualquier excusa y se quedaba sola en el bungaló. Yo me daba una ducha, abría una cerveza, ponía música y me sentaba a escribir. Ella, al corriente de mis entradas y salidas del bungaló, aprovechaba el mejor momento para echarse agua por encima, darse la vuelta en la toalla y encenderse un cigarrillo que robaba del bolso de su madre o hacerse una coleta luciendo su espalda dorada mirando al mar. Hablaba tanto como su padre, sin embargo, lo hacía indirectamente a través del lenguaje corporal y con sus gestos, me arrancaba continuamente de la novela que estaba escribiendo. Obviamente, la historia trataba sobre Paul, Vicka y yo, sobre lo que fuimos: algo tan insoportable que terminó cayendo por su propio peso.

A parte de los ejercicios de respiración que realizaba en los momentos difíciles cuando más les echaba de menos, tener aventuras con vecinas de la urbanización también me ayudaba, y como comprenderás, tan sólo hizo falta una mañana de posturas y miraditas para que la hija de mi querido amigo el marino mercante se mostrase como una opción más para llenar el hueco que Vicka y Paul habían dejado en mi vida. No tengo un método especial de seducción, no sería capaz de mostrarte algo que se pueda traducir en un manual o en unas pautas regladas que digan “sigue estos pasos”; simplemente me dejo llevar e invito a la otra parte a que se suba un rato para compartir una parte del trayecto. Vale, de acuerdo, he de confesar que primero sí que dedico unas cuantas horas al delicioso arte de la observación.

La hija era capaz de todo con tal de que se fuesen sus padres y quedarse sola para fumar, hablar por el móvil, tomar el sol y mostrarse. Por las conversaciones que mantenía con su amiga, estaba harta, aburrida como un hongo y deseosa de volver a la ciudad para ir de fiesta en fiesta. Ninguna de las actividades que realizaban sus progenitores como ir a la playa, salir a comer, visitar lugares, montar en barco, ir a pescar, hacer esquí acuático o surcar los mares a bordo de los lomos de una orca, le parecían tan trepidantes como fumar a escondidas y quejarse del mundo blando y rosa que la oprimía. Ay, juventud, divino tesoro. Todas las mañanas cuando regresaba de surfear y sus padres desaparecían por el sendero de acceso a la playa, soportaba la misma monserga.

Como era de esperar, mi producción literaria mermó considerablemente. La distracción era de mi agrado, claro está, pero también consistía en algo efímero que tal cual llega, se va. No diré nada de sus muslos al sol perlados de gotas intencionadamente esparcidas y de lo mucho que se iba bajando la parte de abajo del bikini para disminuir progresivamente la marca del sol. Tampoco describiré el soslayo de sus senos cuando se quitaba la parte de arriba para tomar el sol boca abajo; eso son minucias. Lo verdaderamente importante aquí son sus sobacos, sus axilas tersas y cóncavas levemente menos bronceadas que exhibía cuando se hacía un recogido en su melena dibujando un gesto que pretendía decir lo mucho y a la vez lo poco que le importaba el mundo. Soy muy de sobacos, ya me iréis conociendo. Algunos hombres son de piernas, otros de culos, de labios, pechos e incluso orejas. Yo, Hank, soy hombre de sobacos y mantengo que toda la información que debes saber de una mujer en cuanto a la sensualidad se refiere, reside en sus sobacos y la forma en que ésta los airea.

Hubo una mañana en la que no aguanté más. Llevaba días sin poder escribir al menos una frase decente y a la vigésimo segunda vez que ella se cruzó en mi campo de visión, me levanté de la mesa y me dirigí dentro del bungaló para buscar las llaves de la furgoneta. Quería escapar de allí. Ir al pueblo. Quizás pasarme por la tienda para hablar con Alex, o si éste no estaba en su despacho, pasar el rato con Jayr, la chica que trabaja tras el mostrador. Arranqué la GMC y después de pisar en punto muerto dos veces el acelerador para calentar el motor, vi por el retrovisor la imagen de ella tosiendo y haciendo aspavientos para disipar la nube de humo blanco que había escupido el tubo de escape. Me sentí culpable de aquella intoxicación y me enternecí.

—¿Subes? —pregunté escuetamente, y cuando se diluyó por completo la neblina pude divisar su silueta caminando decididamente hacia la puerta del copiloto. Se subió de un salto, dio un suspiro y dijo por todo:

—Creía que no me lo ibas a proponer nunca —metí primera y salí de la urbanización.

Carretera. Rock clásico de los setenta. Voces muertas para ella. Silencio, a pesar de todo.

—Yo con tu edad también fumaba a escondidas y evitaba a mis padres —dije, sacando algo de conversación ya de camino a Ventura.

Otro bufido.

—Me tienen harta, es que no se dan cuenta de que…

Minuto tras minuto, metro tras metro, mientras la vieja GMC tragaba asfalto, volvió a reproducir el mismo rollo que le había estado soltando a su amiga durante las mañanas anteriores, como si yo no lo hubiera oído, como si yo no hubiese formado parte de toda su epopeya juvenil, de su desgracia adolescente. Ella no paraba de hablar, y yo, desde el mismo momento en que abrió la boca, había empezado a añorar las conversaciones que tenía con Vicka y Paul en los buenos tiempos. Llegado un momento y justo después de marcar con el intermitente para coger la salida hacia el centro, eché mano de mis ejercicios de respiración. Después contener el aire como lo hacía Paul después de dar una calada a un canuto, lo expulsé. Milagrosamente, ella paró de cotorrear, y dejándome atónito, giró su cabeza para preguntar:

—Joder, ¿qué es eso que huele tan fuerte?

Tras la pregunta no hablamos mucho más; al menos de nada relevante, pero he de reconocer que me dejó impresionado. Probé a ver qué tal se manejaba con el silencio, y superó la prueba. Fumó mientras escuchaba la música y miraba por la ventanilla, como si nos conociésemos de hace tiempo. Lo más probable es que mi percepción estuviera afectada por la excitación de tenerla cerca y que tal vez, si hubiese profundizado más sobre el asunto del olor, ella hubiera derrumbado el castillo alegando que era algo que se había colado desde fuera. Decidí dejarlo tal como estaba, y fue una buena decisión, porque de lo contrario no hubieran pasado cosas divertidas. ¿Qué somos, al fin y al cabo, sino anécdotas que poder recordar al final de nuestras vidas?

Aparqué junto a la tienda. Se fijó en mis pies cuando bajé de la furgoneta y dibujó un gesto lascivo. Ella iba descalza, con unos shorts del color del sol cuando se pone y la parte de arriba del bikini. Su piel parecía  poseer una pronta respuesta a mis preguntas, aunque algunas, aún flotaban en el ambiente. ¿Qué edad tendrá? ¿Cuál será su nombre?

Jayr acababa de abrir la tienda; aún no había clientes, era demasiado temprano. Jayr es una belleza jordana capaz de derribar imperios con la mirada, tiene un lunar sobre la ceja derecha e imprime minúsculas tormentas del desierto en cada sílaba que pronuncia. Siempre huele a bosque.

—Hola Jayr, buenos días.

—Hola Hank, todo en orden —contestó con la fuerza de mil ejércitos, y antes de seguir con lo que estaba haciendo, arqueó una ceja y su lunar dibujó una parábola parecida a un amanecer al revés. Mi vecina había entrado tras de mí y no me había dado cuenta.

—Oh, sí… —me rasqué la cabeza como un bobo adolescente— Ella viene conmigo, es… mi vecina.

—Sandra —completó ella acercándose a la vitrina de las pipas de agua. El reflejo de la luz sobre su abdomen evidenció que estaba en buena forma.

—Hola Sandra, bienvenida a Universo Hank —dijo Jayr.

—Yo soy Hank, y ésta…

—Esta es tu tienda, ya la veo. Me gusta tu universo, Hank.

Pude sentir lo que pensaban las dos, sobre todo Jayr. Debía huir de ahí, aunque sólo fuese un rato.

—Ehm… voy un momento al despacho. No tardaré, Sandra. Luego podemos ir por ahí a tomar algo o a comer, ¿qué te parece? —eso fue todo lo que se me ocurrió.

—Genial, yo me quedo por aquí echando un vistazo y hablando con Jayr —Cruzaron miradas.

Me altera cuando dos mujeres conversan sobre mí, y ya si lo hacen con gestos además de palabras, me pongo realmente nervioso; así que tras comprobar la hora por segunda vez en el reloj que hay tras el mostrador, entré en el despacho. Eran las once y media de la mañana.

Sobre el cenicero del despacho de Alex reposaba un canuto sin encender y nada más mirarlo, sentí su saludo. Era largo, fino por la boquilla y luego se iba ensanchando hacia el final. Me lo pasé por la nariz pensando en las piernas de Sandra y lo prendí; su potente sabor inundó mi cerebro. Lo siguiente que recuerdo es calor y humedad en el pie izquierdo, jadeos y la voz de Alex gritando “¡pero qué cojones!”; cerrando de golpe la puerta de su despacho. No había sentido a Alex entrar, ni si quiera me percaté de el sonido de la puerta; pero claro, tampoco caí en la cuenta de Sandra colándose en el despacho ni mucho menos, de cómo acabó abierta de piernas sobre la mesa. Todo lo que recuerdo es volver a un estado consciente y estar masturbando a Sandra con mi pie mutilado, hurgando con el dedo gordo en su interior mientras ella arqueaba su espalda recostada sobre la mesa con sus manos aferrándose al borde, ofreciéndome una imagen de Venus de Milo californiana que se retorcía de placer.

Afortunadamente, el incidente quedó en familia. Nadie más salvo Jayr, Álex Sandra y yo, saben algo acerca de lo ocurrido; o al menos eso espero. Más tarde, reconstruí con su ayuda los hechos sucedidos aquel día entre las 11:30 y las 12:10 a.m y pude enterarme de lo que pasó. Alex había recibido una importante llamada de un colgado de la new wave que dirigía una semi secta espiritual en Carpintería, el cual se había mostrado muy interesado por la cepa que nosotros habíamos comenzado a distribuir y que, según sus consumidores, tenía potentes efectos afrodisíacos. Me lo repitió muchas veces y tenía razón; Alex me había dejado varios mensajes en el buzón de voz e incluso me había mandado un correo con información de interés acerca del gurú en cuestión, pero claro, yo andaba muy ocupado siguiendo los movimientos de mi vecina Sandra y surfeando el swell de septiembre que acababa de rozar la costa Oeste del país. La reunión era a las 12:30 y Alex, por suerte, esa mañana se había levantado con energía y decidió acudir con tiempo al despacho para prepararlo todo, ya que el cliente podría proporcionarnos unos ingresos muy importantes. Uno de los preparativos se lo encargó a Jayr, y no era otro que dejar preparado un canuto de esa marihuana listo para catar. Por otro lado, Sandra, simplemente aprovechó el momento en el que Jayr fue al almacén que tenemos en la lonja de al lado para colarse en el despacho, y fue entonces cuando me encontró bajo los efectos de la “fálica afgana”, nombre con el se conoce a la cepa de la que somos responsables y que hoy en día pasa de boca en boca por una amplia mayoría de los fumetas del sur de California.

Después de que Álex me echara arreándome en la nuca con el periódico como si fuese un perro en celo que se hubiera amarrado a su pierna, cumplí con mi promesa y fui a comer algo con Sandra al Beach House Tacos, ubicado en el muelle de la playa. Nada como comida mexicana junto al mar después de un colocón; afrodisíaca o no, la hierba siempre deja el mismo final: un hambre de muerte. Conseguimos sitio en una de las mesas circulares de la terraza, desde la cual podía ver las series perfectas, lisas y brillantes de más de un metro entrar ordenadas por la costa; cada una de ellas única cual momento.

Pedimos lo más grasiento y grande del menú y nos lo sacaron con una jarra enorme de cerveza. Sandra  quiso una botella de agua. No nos costó iniciar una conversación. Resulta que se encuentra en ese año sabático que se suelen pillar los jóvenes que pertenecen a una clase acomodada antes de iniciar la universidad. Vive en Sacramento y quiere estudiar en UCLA. Mientras devoraba unos huevos rancheros y ella atacaba a los chilaquiles, no podía dejar de pensar en que había violado con mi pie tullido a una pre universitaria del norte del estado en el despacho de un asesor que, por si fuese poco, además de realizar asuntos de dudosa legalidad, tiene cámaras de seguridad por si algún día ocurriese algo que pudiéramos lamentar, como muertos por arma de fuego.

—Soy mayor de edad, puedes estar tranquilo —dijo tras dar un amplio trago a la botella de agua—. Puedo conducir y follar con gente adulta, pero este maldito estado puritano aún no me deja beber. “Mayor de dieciocho, menor de veintiuno”, pensé mientras se me abría el esófago; el siguiente bocado me entró mejor. Ella sonrió—. Esa hierba que vendéis es la hostia.

Valoré la idea de hablar de la cepa que estábamos cultivando, ya que tras la euforia de comprobar que no iba a ser condenado por estupro, sentí que se me soltaba la boca.

—La verdad es que sí —dije prudentemente.

—¿No tienes problemas para hacer surf con tu pie?

—No, me manejo bastante bien.

—Y que lo digas. Siempre he querido aprender a hacer surf.

—Si quieres puedo enseñarte por las tardes. Yo surfeo al amanecer, después me dedico a varios asuntos y por la tarde, a partir de las cinco, estoy más o menos libre.

—No seas duro conmigo, soy algo patosa.

—Intentaré tener paciencia.

Intercambiamos miradas cómplices y seguimos comiendo, hablando de diversos asuntos.

En algún momento de la tarde, cuando el cielo hacía juego con los pantalones de Sandra, Alex me mandó un mensaje que, además de buenas noticias, incluía insultos hacia mi persona. “El gurú ha entrado por el aro y quiere un suministro estable para su comuna de neo hippies. Son tres cientos ochenta y cuatro adeptos con ganas de fumar y follar. Tú ya la has catado, cabrón pervertido fetichista masturba niñas, y ya has visto lo que es capaz de hacer. Imagínate”.

Aunque al relatar todos estos acontecimientos hable en pasado, tan sólo han transcurrido unos cuantos días desde que los hechos sucedieron, al menos la parte en la que he narrado la llegada de mis nuevos vecinos y lo sucedido en la tienda. Sigue siendo septiembre en la costa Oeste. Sandra y su familia continúan como inquilinos en el bungaló de al lado. Su padre, el marino mercante, acude cada noche a mi porche para compartir unas cervezas y su mujer, mantiene el ritmo constante desde la mañana. Ambos están encantados porque piensan que le doy clases de surf a su hija por las tardes y que la mantengo entretenida hasta la noche, lo cual, en cierto modo, es verdad.

Me llamo Hank, bienvenido a mi universo.

 

 

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