Puede que lo mío con la literatura se haya acabado para siempre. Me refiero a la parte del proceso creativo, no a las maravillosas tardes lluviosas de sofá y manta o a las cálidas mañanas de café y terraza. Sinceramente, pienso que escribir es la posibilidad de encontrarte con aquello que perdiste en la otra parte. ¿Sabes cuánto tiempo hace que no escribo algo de verdad? A lo mejor es que ya he encontrado todo, o puede que jamás perdiese nada, no lo sé. Lo que estás leyendo aquí es una mera ilusión. Sí, el escritor de vez en cuando se ve obligado a actuar como un mago, sobre todo para poder sobrellevar momentos como el que estoy pasando yo ahora.

Después de tres novelas publicadas, una cuarta que saldrá a la luz algún día, casi cuarenta relatos cortos, una web serie literaria de doce capítulos, participar en varías antologías y más de ciento veinte bolos a mis espaldas, parece que estoy por vez primera en dique seco. Ni si quiera encuentro inspiración para escribir algo decente en mi blog y me agobia la fecha límite de los textos que me comprometo a entregar para otras plataformas. Así que mejor ni hablamos de lo que supone para mi estabilidad psicológica organizar una modesta presentación de mi último libro.

En lugar de utilizar la baza del dramatismo –que en determinadas ocasiones viene bien para  según que textos– voy a ser honesto contigo. Estoy bien. Es más, estoy mucho mejor que cuando me encontraba sumergido en cualquiera de las hecatombes creativas que he enumerado en el anterior párrafo. Puede que ése sea el motivo por el cual no puedo escribir nada. Porque estoy bien. Fíjate, un escritor siendo honesto y lo que es más sorprendente, que se encuentra bien, ¡qué cosa!

Ahora mismo estoy en el salón de mi casa en el centro, que forma una cupulita desde la cual disfruto de una visión de ciento ochenta grados de toda la ciudad. Fumo y bebo cerveza y me acuerdo de cuando paseaba por la ciudad y miraba hacia arriba y veía cúpulas como la mía y pensaba: “¿Quién será el cabrón que vive ahí arriba?”. “La cantidad de historias que van a salir de aquí”, me dijo una amiga mirando por la ventana que tengo enfrente. Si se refería a historias literarias, cosa que estoy seguro, aún no ha salido ninguna.

La verdad es que echo de menos la violencia psicológica que ejercía sobre mi cuerpo el proceso creativo. Ese trance que te empuja a crear vida, a llenar de carne, olor y piel a unas letras que juntas terminan por dar forma a unos personajes que nacen de tus entrañas, unos seres que acabarán por desprenderse de ti cuando la palabra fin actúe a modo de tijera sobre el cordón umbilical que les une a todos ellos con tu cabeza.

Y qué decir de aquellos tensos momentos justo antes de acercarte un micrófono a los labios y plantarte delante de medio centenar de personas que te desestabilizan. Fui yonki de la sobre exposición. Siempre que tenía un evento de cara al público, lo único que quería era pasarme la noche encerrado, bajo la manta y bajar las persianas, pero a medida que me  mezclaba entre la gente y bebía para calmar los nervios, el miedo que el público me generaba maridaba a la perfección con el desprecio que sentía hacía mí, y todo eso, junto y a la vez, explotaba sobre el escenario y al final conseguía salir del paso con algo decente. A la gente le gustaba lo que hacía y me decían cosas y yo  interaccionaba con ellos dibujando en mi rostro la mirada de los mil metros que tienen todos aquellos que acaban de llegar de muy lejos. Una vez, puede que tras uno de esos bolos o puede que sin más lo soñase, mantuve una conversación con alguien, algún día, en un sitio que no recuerdo. Esto me sucede a menudo: recordar sólo la conversación o pensar que lo he soñado. Creo que se debe al al carácter humilde de mis sueños, que en lugar de hacerme sentir que vuelo o que salvo a la humanidad, me transportan a una tienda de menaje del hogar en la que tomo la trepidante decisión de comprarme una papelera más grande y de esas que si pisas, se abre la tapa. Necesito una de esas para la cocina. Es por eso también que mi vida, fuera del campo onírico, se encuentra plagada de deja vús. Bueno, a lo que iba, la conversación que mantuve en aquel lugar, algún día, con aquella persona y que puede que sólo la soñase, versaba sobre música y literatura, y de cómo prevalecen y triunfan en las artes en general los temas tristes sobre los alegres. Llegamos a la siguiente conclusión: lo bueno nos gusta vivirlo y lo malo preferimos que nos lo cuenten.

Me he tomado la licencia de contar esto último por ir cerrando este texto y unirlo con el momento de confidencia que he tenido contigo al inicio del mismo, ese momento en el que de pronto me he vuelto honesto al decirte que estoy bien y que probablemente sea esa la razón por la que no puedo escribir. Aprovecho este último tramo para decirte que puedes estar tranquilo, lector, porque te prometo que a partir de ahora llevaré la más perra de las vidas, la más atormentada de las existencias, prometo dejarlo todo para emprender un largo y tortuoso viaje por el rincón más peligroso del planeta, aullar en callejones oscuros con una botella de güisqui barato que se resbale entre mis sucios dedos, pelearme y enfrentarme con cualquiera que se me ponga por delante y ser un asiduo de los calabozos de cada ciudad a la que llegue haciendo autoestop. Prometo hacer eso y mucho más para que tú tengas algo que leer, pero por encima de todo, querido lector, prometo inventármelo para dejarte con la duda de si todo es verdad, porque ese es el mayor reto de un escritor: engañarte.

El mayor placer de sumergirte en la escritura consiste en la violencia psicológica de tener frente a ti un pasaporte en blanco que te permita ser quien tú quieras: hombre, mujer, niño o asesino.

Texto escrito para el blog de Krakens y Sirenas

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